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domingo, 10 de mayo de 2020

Capítulo VII: La vida de Oración.




De la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor (Sb 13:5).

Recordando lo que ya dijimos en el Capitulo VI de la Vida de oración; en cuanto a la oración afectiva y de simplicidad que señalan el paso de la oración ascética a la mística. Los elementos infusos de los que comienza ya a participar acaban por prevalecer sobre los adquiridos de un modo gradual y progresivo hasta que el alma entra de lleno en la oración mística o contemplación.

Antes de describir sus diferentes grados y manifestaciones, se impone un estudio previo de la oración mística en general, que no es otra cosa que la contemplación infusa. en la descripción de la etapa ascética.  Si se quiere hablar con propiedad y precisión, no se puede hablar de etapa ascética y etapa mística sin más. Ambos aspectos de la vida cristiana se compenetran mutuamente, de tal forma que los ascetas reciben a veces ciertas influencias místicas a través de los dones del Espíritu Santo, que posee toda alma en gracia y los místicos proceden a veces ascéticamente (siempre que el Espíritu Santo no actúe en ellos con sus dones). 

Lo único cierto es que en la primera etapa predominan los actos ascéticos, y en la segunda los místicos; pero sin que; puedan atribuirse exclusivamente ninguno de ellos a una determinada fase de la vida espiritual.

1.La Contemplación en General: He aquí los puntos fundamentales que vamos a examinar en esta previa visión de conjunto: La Naturaleza de la contemplación, la excelencia de la vida contemplativa y si ¿Es deseable la divina contemplación?; Las Disposiciones para ella y el llamamiento inmediato a la contemplación.

2. Naturaleza de la contemplación: La palabra contemplación, en su acepción más amplia y genérica, sugiere la idea de un grandioso espectáculo que llama poderosamente la atención y cautiva el espíritu. Contemplar en general es mirar un objeto con admiración.  Se contempla la inmensidad del mar, el paisaje dilatado de una verde campiña, un vasto sistema de montañas, la belleza del firmamento en una noche serena cuajada de estrellas, las grandes creaciones artísticas del espíritu humano y, en general, todo aquello que es apto para excitar la admiración y cautivar el alma.

 A) Contemplación Natural: Toda potencia cognoscitiva puede realizar, más o menos perfectamente, un acto de contemplación. De ahí que puedan darse ciertos actos de contemplación puramente natural, que, según la potencia a quien afecta, serán de orden sensible, imaginativo o intelectual:

+«Es sensible cuando se mira por mucho tiempo y con admiración alguna cosa bella, por ejemplo, la inmensidad del mar o la majestad de una cordillera».

+«Es imaginativa cuando con la imaginación nos representamos largo rato con admiración y cariño una cosa o persona amada».

 +«Es Intelectual o filosófica cuando se para admirativa la mirada de la mente, con sólo considerar y sin discurrir, en alguna gran síntesis filosófica, por ejemplo, en el concepto del ser absolutamente simple e inmutable, principio y fin de todos los otros seres».

Claro que todos estos actos de contemplación puramente naturales tienen que ser forzosamente muy imperfectos y transitorios. Los dos primeros—sensibles e imaginativos—no son, propiamente hablando, actos contemplativos, ya que, como veremos más abajo, ninguna potencia puramente orgánica puede ser principio electivo de contemplación. Y el tercero—el de la contemplación intelectual o filosófica no puede ser muy perfecto y duradero, puesto que la visión intuitiva y sin discurso no es propia de la naturaleza racional del hombre, que va de suyo analizando y discurriendo.

El espíritu humano cae indefectiblemente en una especie de pasmo o embobamiento cuando se empeña en atajar naturalmente el discurso antes de recibir una luz infusa que lo supla o substituya con ventaja.

B) Contemplación Sobrenatural o Infusa: La contemplación cristiana, sobrenatural o infusa, ha sido definida con muy variadas fórmulas a través de los siglos, pero todas ellas coinciden en lo fundamental; se trata de una suspensión admirativa del entendimiento ante el esplendor de la verdad sobrenatural.

Recojamos brevemente algunas de las más bellas definiciones que nos ha legado la tradición cristiana:

+ «La contemplación es una deliciosa admiración de la verdad resplandeciente» (El autor del libro De Spiritu et Anima (c.32), atribuido antiguamente a San Agustín).

Una santa embriaguez que aparta al alma de la caducidad de las cosas, temporales y que tiene por principio la intuición de la luz eterna de la Sabiduría». (San Agustín, Contra Fausta Múnich. I.12 c.48).

Una elevación y una suspensión del espíritu en Dios que es un anticipo de las dulces alegrías eternas”. El autor de la famosa Scala Claustralium (atribuida a San Bernardo).

Una mirada libre y penetrante del espíritu suspendida de admiración ante los espectáculos de la divina Sabiduría». (Ricardo De San Víctor, Beniamin Maior ).

Una sencilla intuición de la verdad que termina en un movimiento afectivo». Suma Teológica Santo Tomas de Aquino.TH., II-II, I8O,3 ad 1 et ad 3).

La contemplación es ciencia de amor, la cual es noticia infusa de Dios amorosa y que juntamente va ilustrando y enamorando al alma hasta subirla de grado en grado a Dios, su Creador».( San Juan de la Cruz, noche ii, i8,5)

+ «La contemplación no es más que una amorosa, simple y permanente atención del espíritu a las cosas divinas»(San francisco de Sales, Tratado del amor de Dios 1.6 c.3).

La contemplación es una vista de Dios o de las cosas divinas simple, libre, penetrante, cierta, que procede del amor y tiende al amor» Pbro. LLalemán, La doctrine spirituelle).

Las fórmulas y definiciones podrían multiplicarse indefinidamente. Nosotros vamos a exponer la naturaleza de la contemplación infusa siguiendo las huellas del Doctor Angélico, Santo Tomás de Aquino. Para proceder con claridad y orden, vamos a establecer una serie de conclusiones escalonadas. Al final daremos la definición sintética de la divina contemplación.

3.Principio Psicológico de la contemplación:El principio inmediato de la contemplación no es la esencia misma del alma. Esta conclusión se opone a la doctrina defendida por algunos místicos Eckart, Ruysbroeck, Taulero,etc.), según la cual el principio supremo de la contemplación consistiría en la absoluta quietud y silencio de las potencias del Alma(la razón, la voluntad y la memoria).

La conclusión Anterior se prueba porque la naturaleza y esencia del alma no es inmediatamente operativa. Es decir, ya que ninguna substancia creada puede serlo, porque ninguna esencia creada es o puede, ni puede ser, por consiguiente, El ser es acto de la esencia del Espíritu de Dios que obra en ella con absoluta libertad y gracia del Espíritu Santo. Si el alma, pues, obrase por su esencia, su operación se confundiría con su ser y con su propio acto; y tendríamos por sí mismo, un verdadero acto puro, lo cual repugna absolutamente en el ser creado.

Por muy elevada que sea la contemplación que pueda alcanzarse en esta vida, siempre será inferior a la del cielo. Pero la del cielo se realiza por el entendimiento, que es una potencia del alma; luego con mayor razón la de la tierra.

La contemplación cristiana es altamente meritoria, como admiten todos. Ahora bien: el mérito no puede consistir en la esencia del alma, sino en un acto segundo y libre de necesidad Luego consiste en un acto de las potencias del alma.

¿Cómo se justifican entonces aquellas expresiones de los místicos a que antes aludíamos? Aquella quietud absoluta de que hablan hay que entenderla de los sentidos interiores y exteriores y del esfuerzo violento de las potencias del alma.

La contemplación altísima a que se refieren procede de un modo tan suave y delicado, que da la impresión de que no hay operación alguna de las potencias; y, sin embargo, hay operación en grado sumo, para la que se nos dan las virtudes teologales y los dones. La operación, como es sabido, cuanto más alta y perfecta es (por ejercicio, por la experiencia o por la perfección del sujeto), tanto es más fácil, suave y menos agitada.

Puesto en claro que la esencia del alma no puede ser el principio de la voluntad inmediato de la contemplación, es preciso averiguar ahora a cuál de sus potencias corresponde.

4.Las potencias del Alma son de dos géneros:

 a) Puramente espirituales, y éstas son del alma sola en cuanto al principio y en cuanto al sujeto.

 b) Orgánicas, y éstas son del alma en cuanto al principio, pero de todo el compuesto en cuanto al sujeto. Y estas últimas todavía se subdividen en vegetativas (en las y sensitivas, que se desdoblan, a su vez, en los (sentidos interiores y exteriores) y apetitivas (apetito sensitivo donde se inclina el Alma hacia el Sumo Bien que es Dios o las pasiones desordenas de la Carne.

La contemplación no puede proceder de las potencias orgánicas, cualesquiera que sean, como de su principio de la Voluntad movida por la gracia. La vida contemplativa es propia de la vida humana, pero no es propia y no es común a todos los hombres, y mucho menos a  los animales.

La contemplación se da también en los ángeles y en las almas, ya que la contemplación de la tierra no difiere de la del cielo sino en el grado de perfección. Pero los ángeles no tienen ninguna potencia orgánica (Cuerpo), pues son seres Espirituales y su esencia y naturaleza está compuesta solamente por su Voluntad e inteligencia.

Las almas adelantadas tienen la virtud, movidas por la gracia y pueden alcanzar la contemplación si el objeto propio y el fin de la contemplación es la verdad, que es nuestro señor Jesucristo que es el camino la verdad y la vida… y nadie va el padre si no atreves de Él.

Porque la contemplación es un acto libre en cuanto a la especificación y al ejercicio. Luego antecedentemente depende de la voluntad, que aplica al entendimiento a contemplar. La contemplación de las cosas divinas enardece en el alma el fuego del amor divino y el deseo de poseer plenamente a Dios en la visión beatífica; y estos actos son propios de la caridad y de la esperanza teologales, que están en la voluntad. Además, la contemplación cristiana es grandemente meritoria en el orden sobrenatural, y no podría serlo sin el influjo de la caridad, que es virtud afectiva y reside en la voluntad.

Consiguientemente: La contemplación cristiana produce una gran, quietud, paz y delectación de espíritu. Su dulzura y suavidad supera con mucho todos los deleites de esta vida, como dicen reiteradamente los místicos. Estos deleites enardecen la caridad; y ésta, a su vez, mueve y excita a seguir contemplando para gozarlos más y más…

Por donde aparece claro que la contemplación cristiana, aunque formalmente es acto del entendimiento que consiste también en el afecto de la voluntad. Se Prueba entonces porque la contemplación es substancialmente sobrenatural en cuanto a la forma y las gracias “gratis dadas” lo son tan sólo en cuanto al modo de alcanzarla.

La contemplación se ordena al bien espiritual del que la alcanza y las gracias “gratis dada”; se ordenan al bien de los demás. ¿Entonces Porque la contemplación infusa es formalmente santificadora y las gracias gratis dadas no?

Respuesta; Es porque La contemplación infusa requiere necesariamente la gracia habitual o santificante. Porque—como veremos en seguida—no se da jamás contemplación infusa sin intervención de los dones intelectivos del Espíritu Santo, que son inseparables de la gracia y la caridad.

La contemplación se realiza a impulsos del amor de Dios que supone gracia santificante—y, a su vez, aumenta y enardece el amor.  De lo contrario, la contemplación sería una gracia” gratis dada”, no formalmente santificadora.

No basta la gracia habitual; se requiere necesariamente el impulso de la gracia y la caridad actual. Porque la contemplación es un acto sobrenatural que requiere la previa moción divina sobrenatural, y eso es la gracia actual.

La gracia actual ordinaria que mueve las virtudes infusas no basta para el acto contemplativo; se requiere la gracia actual que mueve el hábito de los dones. Porque de lo contrario, todo acto de virtud infusa—al menos las de orden de la razón y la inteligencia sería contemplativo, lo cual es completamente falso.

La contemplación infusa procede de los dones, como veremos en seguida. En conclusión, Además de la gracia habitual y actual, se requiere para la contemplación el hábito de las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo.

Porque la gracia habitual no es inmediatamente operativa. Obra siempre mediante sus potencias, que son los hábitos infusos de las virtudes y dones. La gracia actual sin el hábito de las virtudes y dones produciría un acto sobrenatural violento: tránsito de la potencia radical al acto segundo, sin pasar por el acto primero (disposiciones infusas habituales); y la contemplación es un acto lleno de suavidad y dulzura, que nada tiene de violento.

Ninguna virtud infusa o don del Espíritu Santo de orden afectivo puede ser formal y principio inmediato del acto contemplativo, aunque sí pueden ser principios dispositivos antecedentes y consiguientemente a la contemplación. Como vimos, es un acto libre y voluntario del entendimiento; luego los hábitos operativos de la contemplación deben ser de orden cognoscitivo, no afectivo.

La contemplación no puede realizarse sin la purificación de las pasiones. El que se entrega a los vicios; sobre todo a los de la carne y el que vive entre risas y tumultos no tiene su alma dispuesta para el sosiego y quietud de la contemplación. Luego las virtudes infusas de orden afectivo concurren dispositiva y terminativamente a la contemplación.

Pero de modo y en grados distintos según se trate de las virtudes morales, de los dones o de las virtudes teologales afectivas. Y así:

a)Las virtudes morales concurren de una manera remota, indirecta, o sea, rectificando el apetito acerca de los medios. Ya sea negativamente, removiendo los obstáculos; ya positivamente, estableciendo la armonía y la paz contra las diversas partes inferiores del hombre. Son las que producen la purificación activa de los sentidos y de las pasiones (ascética).

b) Los dones correspondientes a las virtudes morales producen la purificación pasiva de los sentidos y de las pasiones. Porque los dones son también hábitos activos; sólo por orden al Espíritu Santo que los mueve son hábitos receptivos o pasivos. En la purificación pasiva intervienen principalmente los dones.

c)Las virtudes teologales afectivas (esperanza y caridad) concurren a la contemplación, causando la rectitud y purificación del apetito en orden al fin. Ya sea negativamente, quitando el sopor o pereza de la voluntad; ya positivamente, elevando al hombre a la unión afectiva con Dios (purificación activa de la voluntad).

d) Los dones correspondientes a la esperanza (temor) y a la caridad (sabiduría) causan la purificación pasiva de la voluntad, que es excelentísima disposición para la contemplación.

La fe puede ser muerta o viva; por la caridad  ninguna de las dos puede ser el principio elegido de la contemplación  así se deducen estos principios:

+Primero,La fe muerta es compatible con el pecado mortal, y con la contemplación infusa jamás lo será.

+ Segundo, No la fe viva por la caridad: sería la razón formal de la contemplación o sólo una condición.  porque la contemplación pertenece esencialmente al entendimiento, y esta información procede de la caridad, que reside en la voluntad.

La caridad concurre a la contemplación como disposición próxima, pero no da la. esta es una condición siempre y cuando para que pueda darse la contemplación, pero esta condición no da la causalidad; es un mero requisito previo.

Además, el acto de fe es creer, o sea, esencialmente, de “cosas obscuras”, y la contemplación—como veremos—- es cierta manera de visión. Por esto, no todos los justos son contemplativos ni tienen a su disposición el acto de la contemplación, como tienen el acto de la fe.

Los dones no pueden darse sin la fe, Ahora bien: estos dones son a la fe, porque los dones obran con las virtudes correspondientes acerca de la misma materia. No tienen actos propios independientes de los de las virtudes; no se dan actos que no sean, a la vez, actos de virtud infusa correspondientes a la contemplación.

El hábito inmediato o acto de contemplación es la fe movida por la caridad y reforzada por los dones intelectuales del Espíritu Santo. La fe proporciona la substancia del acto, y los dones intelectuales (sabiduría, entendimiento y ciencia) proporcionan el modo sobrehumano.

Como quiera que un solo y mismo acto de amor y de contemplación no pueden proceder por igual de los hábitos específicamente diferentes, tiene que proceder de ellos según lo anterior y posterior. Y así:

a) La fe proporciona la substancia o materia del acto, estableciendo formalmente el contacto con la primera Verdad en sí misma, pero sin dar la visión. Concurre como causa que pone intelectualmente en contacto formal con la primera Verdad, pero de una manera obscura. Da el mismo acto de conocer.

b) La fe proporciona la materia de la contemplación: Dios, objeto primario, y las verdades divinas de la fe. Los dones intelectuales hacen el papel de forma, como veremos en seguida.

c)La fe concurre como causa propia principal proporcionando la substancia del conocimiento. Los dones intelectuales concurren como causa propia secundaria, proporcionando el modo contemplativo, sabroso, experimental, de la Verdad Primera como presente y connatural.

d) La caridad concurre, no estableciendo el contacto formal, sino como disposición próxima que aplica el objeto al sujeto; por la caridad el objeto de la fe se hace presente al sujeto bajo la razón de don presente y connatural. Concurre, pues, no elegido sino dispositivamente; pero necesariamente, ya que es indispensable que la fe esté formada por la caridad.

Los dones intelectuales del Espíritu Santo concurren proporcionando el modo sobrehumano, contemplativo, experimental; y la permanencia y estabilidad de la contemplación. La fe proporciona la materia del acto contemplativo; los dones le proporcionan la forma contemplativa.

Pero la forma no puede darse sin la materia, ni el modo sin la substancia; luego los dones dependen de la fe, y en todas las operaciones contemplativas concurre la fe. Pero veamos en qué forma concurren cada uno de los dones intelectuales:

+ El don de entendimiento da el conocimiento formal místico; el objeto se hace presente bajo la razón de conocido. Por eso dice Santo Tomás: «Esta misma vida, purificado el ojo del espíritu por el don de entendimiento, puede verse en cierto modo a Dios»

+El don de sabiduría conforma al hombre con Dios por cierta filiación adoptiva. En cuanto implica conocimiento de Dios no discursivo, sino intuitivo y experimental, pertenece a la fe; en cuanto importa experiencia sabrosa de Dios y de los misterios sobrenaturales, responde a la caridad. Es un conocimiento sabroso y afectivo. Radicalmente responde a la fe.

+El don de ciencia se refiere al objeto secundario de la contemplación: las cosas creadas. Por ellas el hombre se eleva al conocimiento de Dios, objeto primario de la contemplación.

Los dones de entendimiento y sabiduría causan la llamada visión mística, irreductible a las categorías de visión de esta vida terrenal. La fe da la materia, la substancia de la contemplación; más perfectamente que los dones por razón de su objeto o motivo formal, pero inferior a ellos en cuanto al modo de conocer.

+Por los dones—en efecto—se tiene este modo de evidencia experimental. Es un conocimiento afectivo, una experiencia gustada de los misterios sobrenaturales.

+Es cierto conocimiento inmediato, no por discurso ni remoto (como el conocimiento del fin por los medios). Es un contacto con Dios, no esta ahi como es en sí, en su misma esencia, sino por los efectos sobrenaturales que Dios produce en el alma; no considerados de una manera abstracta, sino contemplados, gustados, saboreados. Estos efectos son los medios objetivos de este modo de conocer; y no se conoce a Dios por este medio de una manera abstracta y por el entendimiento, sino afectiva y experimentalmente.

+Este conocimiento es, en parte, positivo (existe cierto sentido espiritual para captarlo), pero principalmente negativo. Cuanto mayores son estos efectos amorosos, más se acerca negativamente el alma a Dios, concibiendo una idea más pura de Él, removiendo de La toda imperfección, Es cierta tiniebla (coligo mentís)—como dice el Pseudo-Dionisio:

por cuanto todos los efectos exteriores distan infinitamente de Dios. Y porque la fe formada supone la caridad, supone también la unión afectiva (efecto formal del amor, el amor mismo) y la efectiva (efecto de la unión afectiva; se pasa al efecto, a la cosa: la unión misma). Y aunque la caridad en esta vida, por razón del estado, sea de objeto distante (Dios), sin embargo, de suyo, por su propia esencia, exige la presencia.

Esto no significa que el conocimiento de fe sea inferior según su esencia, o sea, en cuanto al objeto formal, al conocimiento de los dones; sino que los dones tienen este modo superior en cuanto unidos a la caridad. Quitan en cierto modo la obscuridad de la fe por la connaturalidad que proviene de la caridad y del Amor de Dios impresos en el Alma.

 

+++ Bendiciones.


Bibliografía de Referencia

SAN BUENAVENTURA, Itinerario; BEATO SUSÓN, El libro de la Sabiduría;

TAULERO, Instituciones divinas; RUYSBROECK, El ornato de las nupcias espirituales;

SANTA TERESA y SAN JUAN DE LA CRUZ, Obras; ALVAREZ DE PAZ, De vita spirituali t.3 1.5;

SCARAMELLI, Directorio místico; P. LALLEMANT, Doctrina espiritual princ.7; RIBET, La Mystique

mystique; MEYNARD, Tr. de la vie intérieure; ARINTERO, Evolución mística; Cuestiones místicas;

 TANQUEREY, Teología ascética y mística; JORET, La contemplation

mystique d'aprés Saint Thomas; D E GUIBERT, Theologia spiritualis; GARRIGOU-LAGRANGE,

Contemplation en el Dictionnaire de Spiritualité facs.XIV-XV cols.1643-2193.

 


domingo, 26 de abril de 2020

Capítulo VI: La Vida de Oración.


Cuando un sosegado silencio todo lo envolvía y la noche se encontraba en la mitad de su carrera, tu Palabra omnipotente, cual implacable guerrero, saltó del cielo, desde el trono real, en medio de una tierra condenada al exterminio. Empuñando como afilada espada tu decreto irrevocable (Sabiduría 18:14-15).

Continuando con nuestro estudio de la Vida de oración en el presente capitulo vamos a tratar de manera resumida la Oración Afectiva y la Oración de simplicidad, siguiendo el orden y grados de oración descritos en el Capítulo III.

1-Tercer grado de oración, La oración afectiva: En este grado de   oración predominan los afectos de la voluntad sobre el discurso del entendimiento. Es decir; como Oración de meditación simplificada en la que cada vez va tomando mayor preponderancia el corazón por encima del previo trabajo discursivo del entendimiento. Creemos, por lo mismo, que no hay diferencia específica entre ella y la meditación, como la hay entre ésta y la contemplación.

Se trata, repetimos, de una meditación simplificada y orientada al corazón; nada más. Esto explica que el tránsito de la una a la otra se haga de una manera gradual e insensible, aunque con más o menos rapidez o facilidad, según el temperamento del que la ejercita, el esfuerzo que ponga, la educación recibida, el método empleado y otros factores semejantes.

Advierte con razón el Padre Crisógono de Jesús Sacramentado, en su (Compendio de Ascética y Mística), considerando que «los caminos para llegar a la perfección son dos, la ascética y la mística lo siguiente: «Hay espíritus que por su natural entrañable y afectuoso llegan muy pronto a poder prescindir casi completamente del discurso porque una ligera reflexión excita suficientemente los afectos. Otros, en cambio, de carácter frío y enérgico, necesitan que vaya siempre por delante el discurso reflexivo, y, aun así, no son los afectos numerosos; con frecuencia cada afecto exige un nuevo discurso. Estas almas necesitarán evidentemente más tiempo y más ejercicio que las anteriores para llegar a la oración afectiva».

 Finalmente, hasta el método seguido en la meditación influye eficazmente en esto. Así, por ejemplo, el método de San Ignacio, que da tanta importancia a la parte intelectual, no favorece el tránsito a la oración afectiva como el método franciscano, que ya desde sus principios resta importancia al entendimiento para dársela al corazón.

¿Cuándo debe hacerse el tránsito? Hay que evitar dos escollos: demasiado pronto o demasiado tarde. Creemos, sin embargo, que en la práctica pueden evitarse fácilmente, si se tiene cuidado en ir simplificando la meditación de una manera lenta, insensible, sin esfuerzo ni violencia alguna. No se empeñe el alma en provocar violentamente afectos hacia los que no se siente impulsada ni con fuerzas para ello; pero entréguese a ellos dócilmente si siente el atractivo de la gracia, sin preocuparse poco ni mucho de recorrer los puntos o momentos de su acostumbrada oración discursiva. De este modo, con suavidad y sin esfuerzo, evitando toda violencia, se hará el tránsito de la meditación a la oración afectiva, que acabará por reducir a su mínima expresión, cuando no a suprimirlo del todo, el previo trabajo del entendimiento discursivo.

Lo que nunca puede darse es una oración pura y exclusivamente afectiva sin ningún conocimiento previo. La voluntad es potencia ciega, y sólo puede lanzarse a amar el bien que el entendimiento le presenta. Pero acostumbrado el entendimiento por las meditaciones anteriores a encontrar fácilmente ese bien, se lo presentará cada vez con mayor prontitud a la voluntad, proporcionándole la materia de la oración afectiva, para la práctica de la oración afectiva, Nos parecen muy acertados los siguientes consejos del Padre Crisógono:

+No suspender el discurso antes de que haya brotado el afecto. Sería perder el tiempo en una necia ociosidad y fomentar una ilusión peligrosísima.
+No forzar los afectos. Cuando no broten espontáneos o se hayan; extinguido, volver a excitarlos suavemente por el discurso, pero nunca querer mantenerse en uno más de lo que él dé, de sí mismo.
+ No tener prisa por pasar de unos afectos a otros. Es el extremo contrario al anterior. Se expondría el alma a perder el fruto del primero y a no conseguir luego el segundo, como el que deja una presa segura por otra incierta.
+Procurar ir reduciendo y simplificando progresivamente los afectos. Al principio no importa que sean muchos, para que la falta de intensidad sea suplida por el número; pero, a medida que el alma va adelantando, conviene irlos reduciendo hasta llegar, si es posible, a la unidad. Así la intensidad será mayor.

2-Ventajas de esta oración Afectiva: Psicológicamente hablando, esta oración representa un verdadero alivio para el alma, que viene a disminuir la ruda labor de la meditación discursiva. Pero mucho más importantes son las ventajas espirituales que reporta. Las principales son:

a) Una unión más íntima y profunda con Dios, efecto infalible del ejercicio del amor, que nos va acercando cada vez más al objeto amado.
b) Un desarrollo proporcionado de todas las virtudes infusas, ya que, estando en conexión con la caridad, crecen todas a la vez como los dedos de una mano.
c) Suele producir consuelos y suavidades sensibles, que, si el alma sabe explotarlos, sin apegarse desordenadamente a ellos, le servirán de gran estímulo y aliento para la práctica de las virtudes cristianas.
d) Es una excelente preparación para la oración de simplicidad y primeras manifestaciones de la contemplación infusa.

3-Obstáculos e inconvenientes de la oración Afectiva. Pero como tan preciosas ventajas pueden verse comprometidas por ciertos inconvenientes contrarios. Hay que evitar cuidadosamente sobre todo lo siguiente:

a) El Esfuerzo Violento para producir los afectos. El alma debe convencerse de que el verdadero fervor reside en la voluntad, no en la sensibilidad. Hay algunos que creen hacer un acto intensísimo de amor de Dios apretando fuertemente los puños y encendiendo su rostro hasta la congestión al mismo tiempo que lanzan la exclamación amorosa. No es esto. Sin tanto aparato ni espectacularidad se puede llegar a un acto perfectísimo con sólo rectificar y elevar de plano los motivos del mismo, o sea, haciéndolo llana y simplemente por glorificar a Dios en plan de puro amor, aunque no nos reportara a nosotros ninguna utilidad ni ventaja. Son los motivos cada vez más puros y elevados los que dan tanto precio a los actos más insignificantes de los santos.

b) El Creerse más Adelantado en la vida espiritual de lo que en realidad se está. Hay almas que, al sentir su corazón lleno de dulces emociones y al ver la facilidad y prontitud con que les brotan del alma los actos de amor de Dios, se creen poco menos que en los confines del éxtasis. Cuan falsa sea su apreciación, se comprueba sin esfuerzo pocos minutos después de terminada su oración, cuando empiezan sin escrúpulo a faltar al silencio, a criticar a fulanito, a despachar mal y de prisa las obligaciones de su estado, cuando no las omiten totalmente, etc., etc.

El verdadero adelanto en la vida espiritual consiste en la práctica cada vez más seria y perfecta de las virtudes cristianas, no en las dulzuras que se puedan experimentar en la oración, que a tantas ilusiones se prestan.

c) La gula espiritual, que impulsa a buscar en la oración afectiva la suavidad de los consuelos sensibles. En vez de estímulo y aliento para la práctica austera de las virtudes cristianas. Dios suele castigar este afán egoísta del alma sensiblera retirándola sus consuelos y sumergiéndola en la aridez y sequedad más desoladoras para que aprenda a rectificar la intención y vea por experiencia lo poco que vale cuando Dios se le retira.

d) La dejadez y pereza del alma, que la impulsa a una estéril ociosidad cuando faltan los afectos por no molestarse en volver a los discursos de la simple meditación. Es una ilusión muy grande pensar que, una vez llegada el alma a la oración afectiva habitual, ya nunca tendrá necesidad de volver a la meditación. Jamás ocurre esto ni siquiera a las almas que han logrado remontarse hasta la cumbre de la perfección.

Hablando de las almas que han logrado escalar las séptimas moradas, Santa Teresa de Jesús escribe expresamente: «No habéis de entender, hermanas, que siempre en un ser están estos efectos que he dicho en estas almas, que por eso, adonde se me acuerda, digo lo ordinario; que algunas veces las deja Nuestro Señor en su natural, y no, parece sino que entonces se juntan todas las cosas ponzoñosas del arrabal y moradas de este castillo para vengarse de ellas por el tiempo que no las pueden haber a las manos».

Pues si esto sucede a veces a las almas llegadas a la plena unión con Dios, ¡cuánto más ocurrirá a las que no han logrado trascender ni siquiera las fronteras de la ascética en la oración afectiva! Es menester en estos casos luchar contra la ociosidad y distracciones, haciendo lo que se pueda con los recursos de la simple meditación u oración discursiva. Lo contrario sería dar de bruces en una actitud perezosa y quietista que abriría la puerta a todo un mundo de ilusiones.

4- Frutos de la oración Afectiva. Hay una norma infalible para juzgar de la legitimidad o bondad de la oración: examinar los frutos. Es la norma suprema del discernimiento de los espíritus, como dada por Nuestro Señor Jesucristo (Mt. 7.16). El fruto de la oración afectiva no puede medirse por la intensidad de los consuelos sensibles en ella experimentados, sino por la mejora y perfeccionamiento manifiesto del conjunto de la vida. La práctica cada vez más intensa de las virtudes cristianas, la pureza de intención, la abnegación y desprecio de sí mismo, el espíritu de caridad, el cumplimiento exacto de los deberes del propio estado y otras cosas semejantes nos darán el índice de la legitimidad de nuestra oración. «Lo demás son lagrimillas …que se evaporan, suspiros que se desvanecen en la atmósfera» (Padre Crisógono).

5- Cuarto Grado de Oración: La Oración De Simplicidad: El primero en emplear esta expresión fue Bossuet a él al menos se atribuye generalmente su tratado (el opúsculo Maniere courte et facile pour faite Voraison en foi et de simple présence de Dieu). Pero el modo de oración designado con este nombre ya se conocía anteriormente. 

Santa Teresa habla de ello largamente la Santa en varios pasajes de sus obras, sobre todo en el Camino de perfección con el nombre de oración de recogimiento activo o adquirido, en contraposición al recogimiento infuso, que constituye el primer grado de contemplación manifiestamente sobrenatural o mística.

La naturaleza de la oración de simplicidad, fue definida por Bossuet como una simple visión, mirada o atención amorosa hacia algún objeto divino, ya sea Dios en sí mismo o alguna de sus perfecciones, ya sea Nuestro Señor Jesucristo o alguno de sus misterios, ya otras verdades cristianas.

Como se ve, se trata de una oración ascética extremadamente simplificada. El discurso se ha transformado en simple mirada intelectual; los afectos variados, en una sencilla atención amorosa a Dios. La oración continúa siendo ascética—el alma puede ponerse en ella cuando le plazca después de haber adquirido el hábito de la misma—, pero ya empieza a sentir las primeras influencias de la oración infusa, para la que la oración de simplicidad es excelente disposición. Lo dice expresamente Bossuet inmediatamente después de las palabras de la definición que acabamos de subrayar. He aquí sus propias palabras:

«El alma deja entonces el discurso, y se vale de una dulce contemplación, que la mantiene en dulce sosiego y atención y la hace susceptible de las operaciones e impresiones divinas que el Espíritu Santo le quiere comunicar; trabaja poco y recibe mucho; su trabajo es grato, y no por eso deja de ser fructuoso; y como cada vez se llega más de cerca a la fuente de donde manan la luz, la gracia y las virtudes, recibe más y más de ella».

Por donde aparece claro que la oración de simplicidad señala exactamente el tránsito de la ascética a la mística, de la adquirida a la oración infusa. El mismo Bossuet nos habla en el texto citado, de una dulce contemplación que el alma comienza a recibir y la hace susceptible de las impresiones del Espíritu Santo.  A esto alude Bossuet a la contemplación infusa, que comienza a nacer en la oración de simplicidad.

Hay en ella elementos adquiridos e infusos que se mezclan y entrelazan en diversas proporciones. Si el alma es fiel, los elementos infusos se irán incrementando progresivamente hasta llegar a prevalecer del todo. De esta forma, sin violencia ni esfuerzo, casi insensiblemente, el alma irá saliendo de la ascética para entrar de lleno en la mística, como prueba evidente de la unidad de la vida espiritual, o sea, de un solo camino de perfección que empieza en las primeras manifestaciones ascéticas (oración vocal, meditación) y acaba en las cumbres de la mística (unión transformativa) sin la menor violencia, trastorno o solución de continuidad.

Que la llamada contemplación adquirida; cuya expresión material era conocida desde antiguo coincide con la oración de simplicidad de Bossuet, lo declaran expresamente sus más devotos partidarios., por ejemplo, el Padre Crisógono en su Compendio de ascética y mística, donde, después de describir las dos fórmulas de contemplación adquirida que él admite, escribe textualmente:

 «A estas dos formas se reducen las llamadas oraciones de simple mirada, de presencia de Dios y de simplicidad, que no son más que una cosa con nombres distintos».

6-Práctica de la oración simplicidad—Precisamente por su misma simplicidad, no cabe en esta oración un método propiamente dicho. Todo se reduce a mirar y amar. Pero pueden ser útiles algunos consejos sobre el modo de conducirse en ella. Helos aquí:

a) Antes de La Oración: Cuide el alma de no adelantarse -a la hora de Dios. Mientras pueda discurrir y saque fruto de la meditación ordinaria, no intente paralizar el discurso. Caería en una lamentable ociosidad, que Santa Teresa no duda en calificar de verdadera bobería.

Evite también el extremo contrario. No se aferré a la meditación, ni siquiera a la multitud de actos de la oración afectiva, si nota claramente que su espíritu gusta de permanecer en atención amorosa a Dios sin particular consideración ni multiplicación de actos. Santa Teresa sale al paso de los que califican de ociosidad y pérdida de tiempo este dulce reposo en Dios, diciendo: «Luego les parece es perdido el tiempo, y tengo yo por muy ganada esta pérdida»

San Juan de la Cruz lanza terribles anatemas contra los directores ignorantes que tratan de mantener a las almas a toda costa en los procedimientos discursivos haciéndolas «martillar con las potencias» y estorbándolas el sosiego y la paz en Dios

b) Durante La oración de simplicidad: Hay que tener en cuenta algunas normas para sacar el máximo rendimiento de esta forma de oración. He aquí las principales:

+Primera Norma, Conviene que el alma tenga preparada de antemano una materia determinada como si se tratara de una simple meditación, sin perjuicio de abandonarla inmediatamente si el atractivo de la gracia así lo pide. Nada perderemos con haber hecho esa preparación, aunque el Espíritu Santo nos lleve a otra materia distinta, y, en cambio, podríamos perder mucho—permaneciendo en la ociosidad—sino sintiéramos el atractivo especial de la gracia hacia una materia determinada. Pero procúrese que esa preparación sea muy sencilla: el simple recuerdo de un misterio de la vida de Cristo, un texto de la Sagrada Escritura, una breve fórmula de oración, etc.

+Segunda Norma, Procure el alma mantener la atención amorosa a Dios con suavidad y sin violencia, pero luchando contra las distracciones y el embobamiento ocioso. Ayúdese, si es preciso, de la imaginación y multiplique los actos afectivos si el espíritu se distrae o disipa fácilmente cuando se le quiere sujetar a uno solo. Y si no basta esa multiplicidad de afectos, eche mano sin vacilar del discurso de la razón.

Precisamente por su misma simplicidad es muy difícil permanecer mucho tiempo en este modo de oración; habrá que hacer frecuentes excursiones a la oración afectiva y aun a la simple meditación para evitar las distracciones o la pérdida de tiempo. Pero hágase todo con suavidad y sin violencia, sacando en cada momento el mayor partido que se pueda, y no más.

Mientras la voluntad permanezca unida a Dios en atención amorosa confusa y general, déjesela tranquila a pesar de las distracciones involuntarias. Únicamente cuando estas distracciones extinguieran del todo la atención amorosa de la voluntad habría que reanudarla con los procedimientos indicados.

+Tercera Norma, No se desanime el alma por las sequedades. La oración de simplicidad está muy lejos de ser una oración siempre dulce y sabrosa. Precisamente por representar el tránsito de la oración ascética a la mística, en ella comienzan las sequedades y arideces de la noche del sentido. Hemos hablado largamente en otro lugar de la conducta que debe observar el alma en esta dolorosa prueba.:

7-Efectos en la alama después de La Oración de simplicidad: No se olvide que el fruto de la oración se ha de traducir en una mejora general del conjunto de la vida cristiana. Toda ella ha de experimentar la benéfica influencia de la oración de simplicidad. Y como la gracia tiende cada vez más a simplificar nuestra conducta hasta reducirla a la unidad en el amor, hemos de fomentar esta tendencia huyendo de todo amaneramiento y complicación en nuestras relaciones con Dios y con el prójimo.

«Esa simplificación advierte oportunamente Tanquerey en sus escritos de teología y ascética; se extiende muy pronto a todo nuestro vivir.». El ejercicio de esta clase de oración, dice Bossuet, ha de comenzar desde que despertamos, haciendo un acto de fe en Dios, que está en todas partes, y en Jesucristo, cuya mirada jamás se apartará de nosotros, aunque nos halláramos en lo más escondido del centro de la tierra». Continúa durante todo el día. Aun ocupados en nuestros quehaceres ordinarios, nos unimos con Dios, le miramos y le amamos. En las oraciones litúrgicas y en las vocales cuidamos más de la presencia de Dios que del sentido de las palabras y procuramos manifestarle nuestro amor.

El examen de conciencia se simplifica; con una mirada rápida echamos de ver las faltas apenas cometidas y nos dolemos al punto de ellas. El estudio y las obras exteriores de celo las hacemos con espíritu de oración, en la presencia de Dios y con ardiente deseo de darle gloria: «ad maiorem Dei gloriam». Ni aun siquiera las obras más ordinarias dejan de estar penetradas del espíritu de fe y de amor y de convertirse en hostias ofrecidas de continuo a Dios: «Como, hostias y sacrificios aceptables a Dios» (1 Pe. 2,5).

Ventajas de la Oración de Simplicidad: Las ventajas que señalábamos a la oración afectiva sobre la meditación, hay que trasladarlas aquí corregidas y aumentadas. Así como la oración afectiva es excelente disposición para la de simplicidad, ésta lo es para la contemplación infusa, de la que ya comienza a participar. El alma, con menos trabajo y esfuerzo, consigue resultados santificadores más intensos. Todo el conjunto de la vida sube de plano y se va perfeccionando y simplificando. cada vez más. Es que no lo perdamos nunca de vista; cada nuevo grado de oración representa un nuevo avance en el conjunto de toda la vida cristiana, como declaró expresamente San Pío X, y se comprende que tiene que ser así por la misma naturaleza de las cosas.

6-Objeciones Contra la oración de simplicidad: Se pusieron de antaño algunas objeciones, que ya están del todo desacreditadas y resueltas; pero bueno será recordarlas brevemente.

Primera Objeción: «Es una pérdida de tiempo y una puerta abierta a la ociosidad».
Respuesta: A Santa Teresa de Jesús le parecía lo contrario, y la experiencia diaria en la dirección de las almas confirma plenamente su criterio. Lo que ocurre es que a veces «se ponen» en oración de simplicidad—nunca tan bien empleado el nombre en su sentido peyorativo, almas ilusas que están muy lejos de encontrarse en ese grado de oración. Pero entonces acháquense los inconvenientes a la bobería de esas almas o a la inexperiencia de sus directores, no a la oración en sí misma, que es excelente y altamente santificadora.

Segunda Objeción: “Concretar la atención en una idea fija y en un solo afecto es romperse la cabeza y violentar el corazón».
Respuesta: Si el alma no está preparada para ello, estamos completamente de acuerdo. Pero si lo está, lejos de ser un ejercicio violento, es incomparablemente más sencillo y fácil que el de la meditación discursiva y el de la oración afectiva multiforme y variada. Todo está en no adelantarse a la hora de Dios ni retrasarse cuando ha sonado ya.

Tercera Objeción: «Siempre es más perfecto hacerse violencia».
Respuesta: Es completamente falso. Santo Tomás enseña que la mera dificultad de una acción no aumenta su mérito a no ser que se ponga mayor amor en realizarla. y Con esa violencia nos exponemos, además, a paralizar la acción del Espíritu Santo, que quiere mantener al alma sosegada y tranquila para comenzar a comunicarle la contemplación infusa.

Repetimos aquí lo que ya dijimos al empezar la descripción de la etapa ascética. Si se quiere hablar con propiedad y precisión, no se puede hablar de etapa ascética y etapa mística sin más. Ambos aspectos de la vida cristiana se compenetran mutuamente, de tal forma que los ascetas reciben a veces ciertas influencias místicas—a través de los dones del Espíritu Santo, que posee toda alma en gracia y los místicos proceden a veces ascéticamente (siempre que el Espíritu Santo no actúe en ellos con sus dones). Lo único cierto es que en la primera etapa predominan los actos ascéticos, y en la segunda los místicos; pero sin que puedan atribuirse exclusivamente ninguno de ellos a una determinada fase de la vida espiritual.

La oración de simplicidad señala el paso de la oración ascética a la mística. Los elementos infusos—de los que comienza ya a participar— acaban por prevalecer sobre los adquiridos de un modo gradual y progresivo hasta que el alma entra de lleno en la oración mística o contemplación. Antes de describir sus diferentes grados y manifestaciones, se impone un estudio previo de la oración mística en general, que no es otra cosa que la contemplación infusa como lo trataremos a profundidad en el próximo Capitulo.

+++Bendiciones

lunes, 20 de abril de 2020

Capítulo V: La vida de oración


No se aparte el libro de esta Ley de tus labios: medítalo día y noche; así procurarás obrar en todo conforme a lo que en él está escrito, y tendrás suerte y éxito en tus empresas.(Jos 1:8).

Segundo  Grado de Oración, La Meditación:
Siendo abundante y extensa la literatura religiosa sobre la oración y meditación discursiva como forma ordinaria de oración mental en la mayor parte de las personas piadosas, nos limitaremos a recoger aquí con brevedad los puntos fundamentales.

1)Naturaleza de La meditación Discursiva: 
Puede definirse como la aplicación razonada de la mente a una verdad sobrenatural para convencernos de ella y movernos a amarla y practicarla con ayuda de la gracia. El examen detallado de la definición nos dará a conocer los elementos fundamentales de este modo de oración «la aplicación razonada de la mente...». Es el elemento más típico y característico de la meditación, que la distingue perfectamente de los restantes grados de oración mental.

Todos suponen una aplicación de la mente al objeto que se está considerando o contemplando (es, sencillamente, la atención, que es indispensable y común a todos los grados de oración ascéticos o místicos), pero la meditación tiene como nota típica y característica una aplicación razonada, discursiva, a modo de raciocinio.

De tal manera es esencial este elemento, que, si falta, ha desaparecido la meditación en cuanto y cuando el discurso desaparece, el alma en este estado se ha dado en la distracción, o en una más profunda oración afectiva, o en la contemplación; y en cualquiera de los tres casos, la meditación ya no existe. Claro que el discurso de la razón está muy lejos de ser el fin de la meditación como oración cristiana.

 ¿En qué se distinguiría entonces del simple estudio o especulación sobre la verdad revelada? Como veremos en seguida, ese discurso se encamina a una finalidad afectiva y práctica, sin la cual dejaría de ser oración. Pero como elemento previo o preparatorio es tan indispensable, que sin él no hay meditación propiamente dicha. Toda meditación implica discurso, aunque no sea éste el elemento más importante de la misma. «... A una verdad sobrenatural...».Es evidente desde el momento en que nos encontramos ante una oración, no ante un estudio científico de una rama cualquiera del saber humano.

Esa verdad sobrenatural puede ser muy variada: un texto de la Sagrada Escritura, un pasaje de la vida de Cristo o de un santo cualquiera, un principio teológico, una fórmula litúrgica, etc., etc.; pero siempre con la doble finalidad que vamos a explicar a continuación.«... Para convencernos de ella...» La meditación como oración cristiana tiene dos finalidades, una intelectiva y otra afectiva:

a) La Intelectiva: Tiene por objeto llegar a convicciones firmes y enérgicas que resistan el embate de las influencias contrarias que puedan sobrevenir por parte de los enemigos del alma. Sin estas convicciones firmes, el alma sucumbiría fácilmente ante tales acometidas.
Lo puramente sentimental y sensiblero puede producir un efecto momentáneo de felicidad y de paz; pero no teniendo su apoyo y fundamento en la firme convicción intelectiva, se hundirá sin resistencia al menor soplo de pasión.

No se puede construir una casa sólida sobre la arena movediza del sentimiento; es preciso el fundamento pétreo e inconmovible de las convicciones hondamente arraigadas en la inteligencia.  Al lograrlas se endereza directamente esta primera finalidad de la meditación.  Pero ésta sola no basta. Ni siquiera es la principal en cuanto oración. Esas firmes convicciones pueden también adquirirse con el simple estudio de la verdad sagrada sin intención alguna de oración. 

b)La Afectiva: Por esto es menester añadir la segunda y más importante finalidad, que acabará de perfilar el concepto cabal de la meditación cristiana. «... Y movernos a amarla...»—He aquí el elemento más importante de la meditación en cuanto oración cristiana. Es menester que la voluntad se lance al amor de la verdad que el entendimiento le presenta elaborada por su discurso. Si transcurriera todo el tiempo dedicado a la meditación en los procedimientos discursivos preliminares, en realidad no habría oración.

Sería un estudio más o menos orientado a la piedad, pero en modo alguno un ejercicio de oración. Esta comienza propiamente cuando el alma, enardecida por la verdad sobrenatural que el entendimiento convencido le presenta, prorrumpe en afectos y actos de amor a Dios, con quien establece un contacto íntimo y profundo que da a la meditación anterior toda su razón de ser en cuanto oración cristiana.

Claro que es preciso que este amor y entusiasmo afectivo no quede en las puras regiones del corazón o de la fantasía. Es menester que se traduzca en enérgicas resoluciones prácticas. Y a ello responde el nuevo elemento de la definición, que termina y redondea el concepto integral de la oración discursiva. «... Y practicarla con ayuda de la gracia». Toda meditación bien hecha ha de terminar en un propósito y en una plegaria.

Un propósito enérgico de llevar a la práctica las consecuencias que se desprenden de aquella verdad o misterio que hemos considerado y amado y una plegaria a Dios pidiéndole su gracia y bendición para poderlo cumplir de hecho, ya que nada absolutamente podemos hacer sin El. Nunca se insistirá bastante en estos dos últimos elementos de la definición: el amor de Dios y el propósito práctico, enérgico y decidido. Son legión incontable las almas piadosas que se ejercitan diariamente en la meditación y que, sin embargo, apenas sacan de ella ningún provecho práctico.

La explicación hay que buscarla en el modo defectuoso de hacerla. Insisten demasiado en lo que no es sino mera preparación para la oración propiamente dicha. Se pasan el tiempo leyendo, discurriendo o en perpetua distracción semivoluntaria. El resultado es que cuando termina el tiempo destinado a la oración no han permanecido en ella, en realidad, un solo instante. De su alma no ha brotado un solo acto de amor, una aspiración a Dios, un propósito práctico concreto y enérgico. «Son almas tullidas—decía Santa Teresa de Jesús—, que, si no viene el mismo Señor a mandarlas se levanten, como al que había treinta años que estaba en la piscina de Siloé, tienen harta mala ventura y gran peligro».

2)Importancia y necesidad de la meditación: La meditación, que es muy conveniente para salvarse, es absolutamente imprescindible para emprender seriamente el camino de la propia santificación. Vamos a examinar estas dos afirmaciones.

a) Es conveniente para salvarse: La inmensa mayoría de los que viven habitualmente en pecado es sencillamente porque no reflexionan. Ya lo dijo hace muchos siglos el profeta Jeremías, y sus palabras continúan siendo de palpitante actualidad: «Toda la tierra es desolación, por no haber quien recapacite en su corazón» (Jer. 12,11). En el fondo no tienen mal corazón ni sienten enemistad alguna con las cosas de Dios o de su eterna salvación; pero, entregados con desenfreno a las actividades puramente naturales (negocios, etc.) y olvidados enteramente de los grandes intereses de su alma, fácilmente se dejan llevar del ímpetu de sus pasiones desordenadas que no encuentran ningún obstáculo ni freno para el placer y pasiones desordenadas y libertinaje; se pasan años enteros y a veces la vida entera sumergidos en el pecado.

La prueba más clara y evidente de que su triste situación espiritual obedecía en el fondo, más  que la maldad de su corazón, a un atolondramiento irreflexivo procedente de la ausencia absoluta de todo movimiento de introspección, es que cuando estos tales, por azar o providencia divina, aciertan a practicar una tanda de ejercicios espirituales o asisten a los actos de una misión general suelen experimentar una impresión fuertísima, que les lanza muchas veces a una verdadera conversión, traducida en adelante en una vida cristiana seria e intachable.

Con razón, pues, afirma San Alfonso de Ligorio que la oración mental es incompatible con el pecado. Con los demás ejercicios de piedad puede el alma seguir viviendo en pecado, pero con la oración mental bien hecha no podrá permanecer en él mucho tiempo: o dejará la oración o dejará el pecado. Es asi, de la mayor importancia  para la salvación eterna la práctica asidua y cuidadosa de la meditación cristiana.

b)Es absolutamente imprescindible para el alma que aspire a santificarse: El conocimiento de sí mismo, la humildad profunda, el recogimiento y soledad, la mortificación de los sentidos y otras muchas cosas absolutamente necesarias para llegar a la perfección a penas se conciben ni son posibles moralmente sin una vida seria de meditación bien preparada y asimilada.

El alma que aspire a santificarse entregándose de lleno a la vida apostólica con mengua y menoscabo de su vida de oración, ya puede despedirse de la santidad. La experiencia confirma con toda certeza y evidencia que nada absolutamente puede suplir a la vida de oración, ni siquiera la recepción diaria de los santos sacramentos.

Son legión las almas que comulgan y los sacerdotes que celebran la santa misa diariamente y que llevan, sin embargo, una vida espiritual mediocre y enfermiza. La explicación no es otra que la falta de oración mental, ya sea porque la omiten totalmente o porque la hacen de manera tan imperfecta y rutinaria, que casi equivale a su omisión.

Repetimos lo que dijimos, he aquí las propias palabras de San Alfonso de Ligorio: «Sin oración, sin mucha oración, es imposible llegar a la perfección cristiana, cualquiera que sea nuestro estado de vida o las ocupaciones a que nos dediquemos. Ninguna de ellas, por santa que en sí sea, puede suplir a la oración».

El director espiritual debe insistir sin descanso en este punto. Lo primero que ha de hacer cuando un alma se confíe a su dirección es llevarla a la vida de oración. No ceda en este punto. Pídale cuenta de cómo le va, qué dificultades encuentra, indíquele los medios de superarlas, las materias que ha de meditar con preferencia, etc. No logrará centrar un alma hasta que consiga que se entregue a la oración de una manera asidua y perseverante, con preferencia a todos los demás ejercicios de piedad. Pero si su diario y largo ejercicio es absolutamente indispensable, está muy lejos de serlo el método o procedimiento concreto que haya de seguirse. Vamos a examinar esta cuestión.

3)Método de la meditación: Un doble escollo hay que evitar en lo relativo al método o forma de practicar la meditación: La excesiva rigidez y el excesivo abandono. Al principio de la vida espiritual es poco menos que indispensable la sujeción a un método concreto y particularizado. El alma no sabe andar todavía por sí sola, y necesita, como los niños, unas andaderas. Pero a medida que va ya creciendo y desarrollándose sentirá cada vez menos la necesidad de aquellos moldes, y llegará un momento en que su empleo riguroso representaría un verdadero obstáculo e impedimento para la plena expansión del alma en su libre vuelo hacia Dios.

Vamos a recoger aquí con brevedad esquemática algunos de los principales métodos de meditación que se han propuesto a lo largo de los siglos. Todos ellos se practican en la Iglesia y todos tienen sus ventajas e inconvenientes. El alma, orientada por su director espiritual, ensayará el procedimiento que mejor encaje con su propio temperamento y procurará atenerse a él mientras el movimiento interior de su espíritu no se oriente hacia otros horizontes.

Al hacer la elección téngase en cuenta, sobre todo, que el mejor procedimiento para cada uno es el que le empuje con mayor eficacia al amor de Dios y desprecio de sí mismo.

San Ignacio de Loyola: Señala en sus Ejercicios espirituales varios métodos de oración mental. La aplicación de las tres potencias: memoria, entendimiento y voluntad,la Contemplación imaginaria de los misterios de la vida de Cristo; y la aplicación de los cinco sentidos; tres «modos de orar» que consisten:

+El primero, en una especie de examen en torno a los mandamientos, pecados capitales, etc.

+El segundo, en considerar una por una las palabras de una determinada fórmula de oración, por ejemplo, el Padrenuestro.

+El tercero (que el Santo llama «oración por compás»), en pronunciar de una manera rítmica y acompasada (a cada respiración) alguna palabra de una fórmula determinada (el Padrenuestro, por ejemplo) mientras se va meditando en ella. En la famosa «contemplación para alcanzar amor» (propone este método para ascender de las criaturas a Dios.

San Alfonso de Ligorio: Propugna un método muy parecido: preparación (fe, humildad, contrición, petición), consideración, afectos, petición, propósitos, conclusión (acción de gracias, renovación de los propósitos, petición de auxilio como ramillete espiritual).

San Juan Bautista de La Salle:  Propone un método muy parecido que consiste en prepararse, ante la presencia de Dios (en las criaturas, en nosotros, en la Iglesia); siguen tres actos en torno a Cristo (fe, adoración y acción de gracias), tres en torno a sí mismo (confesión, contrición y aplicación del misterio) y tres actos últimos (unión con Cristo, petición e invocación de los santos).

Como se ve, las fórmulas son variadísimas (prueba de que ninguna de ellas es esencial o indispensable), aunque todas vienen a coincidir en el fondo.  Se trata de que el alma se ponga en la presencia de Dios, recapacite sobre lo que ha hecho y lo que debe hacer y se entregue a una conversación afectiva con Dios en demanda de sus gracias y bendiciones, terminando con una resolución enérgica, muy concreta y particularizada.

Estas son las líneas generales en las que vienen a coincidir todos esos métodos. Cada alma, repetimos, debe escoger el que mejor encaje con su temperamento y psicología, pero sin atarse demasiado, ni mucho menos dejarse esclavizar por él. Deje a su espíritu seguir con facilidad y sin esfuerzo las distintas mociones que le inspire en cada momento la acción santificadora del Espíritu Santo.

4)Materias que se han de meditar: En esto, como en todo, es menester discreción y prudencia. No todas las materias convienen a todos, ni siquiera a una misma alma en situaciones distintas. Los principiantes insistirán, ante todo, en las materias que puedan inspirarles horror al pecado (novísimos, necesidad de purificarse, etc.); las almas adelantadas encontrarán pasto abundantísimo en la vida y pasión de nuestro Señor; y las muy unidas a Dios, en realidad no tienen ni necesitan materia; siguen en cada caso la moción del divino Espíritu, que suele llevarlas a la contemplación de las maravillas de la vida íntima de la Trinidad Beatísima: «ya por aquí no hay camino, que para el justo no hay ley», decía admirablemente San Juan de la Cruz.

Al inicio, sin embargo, conviene escoger la materia más apta para el estado y situación del alma, sin perjuicio de dejarse llevar sin resistencia del atractivo interior de la gracia cuando empuja hacia otros horizontes:

 «Déjela andar por estas moradas arriba y abajo y a los lados, pues Dios la dio tan gran dignidad; no se esfuerce en estar mucho tiempo en una pieza sola». No conviene tampoco recargar demasiado la materia. He aquí unos consejos muy acertados de un célebre autor, que hacemos enteramente nuestros:

En principio, la materia debe ser corta, simple y clara, sin complicaciones, refinamientos ni sutilezas. La oración no es un entretenimiento de espíritus ligeros, sino un humilde comparecer del alma ante Dios. Incluso cuando la impotencia o la aridez obligan a una lectura meditada o a una lenta oración vocal en la que se va considerando sucesivamente cada palabra o pensamiento, es preciso no correr de una a otra palabra, sino detenerse el mayor tiempo posible para exprimir y saborear el contenido de cada una de ellas hasta que el corazón se mueva y se caldee.

En las condiciones ordinarias no conviene proponer al espíritu más que un pequeño número de pensamientos. Cuando se sabe orar, uno, dos, tres a lo sumo, bastan para alimentar la más larga oración. No se olvide nunca: no se trata aquí de ver sino para amar o querer.

La oración es, ante todo es un ejercicio del corazón. En general, los libros presentan una abundancia tal, que transforman la meditación en lectura espiritual. Claro que no toda la culpa la tienen los libros; de una mesa servida con demasiada abundancia no se debe comer de todo, sino tan sólo según el gusto y apetito. Son preferibles, sin embargo, los libros que no indican para cada día más que dos o tres pensamientos; éstos son los mejores en su clase.
Los que para una sola meditación condensan tratados enteros sobre la materia, acusan en sus autores una noción muy defectuosa de la oración; en lugar de simplificarla y facilitarla, la complican y en parte la suprimen.

Es cierto, sin embargo, que muchas personas no aciertan a meditar sino valiéndose de algún libro. La misma Santa Teresa dice de sí misma que pasó más de catorce años en esta forma. En estos casos, el alma debe ayudarse del libro, o rezar vocalmente muy despacio y esforzarse en hacer lo que pueda hasta que Dios disponga otra cosa. Lo que nunca debe hacer es transformar la meditación en simple lectura espiritual. Sería preferible, antes que esto, limitarse a rezar vocalmente. La oración vocal es oración, pero no lo es la simple lectura espiritual.

En cuanto a las materias concretas que conviene elegir, ya hemos dicho que son muy variadas según el estado y situación del alma. He aquí unas indicaciones muy prácticas del autor que acabamos de citar:

+Las materias ordinarias que es conveniente meditar son las que unen al alma con Dios, la mantienen en la fiel observancia de sus mandamientos y la ayudan a santificar su vida.

+Las obligaciones de su estado, los vicios y las virtudes, los novísimos, Dios y sus perfecciones, Jesucristo, sus misterios, sus ejemplos y palabras; la bienaventurada Virgen María y los santos,

+Las solemnidades y los aspectos diversos del ciclo litúrgico; tales son las consideraciones más propias para excitar la devoción y alimentar la piedad. Pero hay para cada uno puntos particulares sobre los que conviene insistir con frecuencia, tales como el defecto dominante, el atractivo especial de la gracia, los deberes y peligros de su condición y estado. Fuera de éstos y en ellos mismos, las circunstancias, el movimiento interior y los consejos de un sabio director determinan el verdadero campo de la meditación.

En todo caso Nunca se insistirá bastante en la necesidad de ponerse en guardia para no transformar la meditación en simple lectura espiritual. En todo caso es siempre útil repetir, aunque sea muchas veces, las que más nos han movido y empujado a la oración... Pero, cualquiera que sea la materia particular que se medite, el objeto principal de nuestras consideraciones y afectos ha de ser siempre Nuestro Señor Jesucristo. Nuestras oraciones, lo mismo que nuestras obras, no son agradables a Dios sino en la medida en que hayan sido hechas en unión con el divino Mediador. Pero nada asegura tanto esta comunión como el mantenerse durante la oración en presencia y bajo la mirada de Jesucristo y dirigir hacia las consideraciones de la mente y los afectos del corazón».

5)Detalles complementarios: Se refieren principalmente al tiempo, lugar, postura y duración de la oración mental.

a)Tiempo: Dos cosas hay que tener muy en cuenta: la necesidad de señalar un tiempo determinado del día y la elección del momento más oportuno. Cuanto a lo primero, es evidente la conveniencia de señalar un tiempo determinado para no  divagar en la oración. Si se altera el horario o se va dejando para más tarde, se corre el peligro de omitirla totalmente al menor pretexto. La eficacia santificadora de la oración depende en gran escala de la constancia y regularidad en su ejercicio.

Pero no todos los tiempos son igualmente favorables para el ejercicio de que hablamos. Los que siguen a la comida, al recreo o al tumulto de las ocupaciones no son aptos para la concentración de espíritu; el recogimiento y la libertad de espíritu son necesarios para la ascensión del alma hacia Dios.

Según los maestros de la vida espiritual, los momentos más propios son. por la mañana temprano, por la tarde antes de la cena y a medianoche. Si no se puede dejar a la oración más que una sola vez al día, es preferible la mañana. El espíritu, refrescado por el reposo de la noche, posee toda su vivacidad; las distracciones no le han asaltado todavía, y este primer movimiento hacia Dios imprime al alma la dirección que ha de seguir durante el día

Los sagrados libros señalan también la mañana y el silencio de la noche como las horas más propias para la oración: «Ya de mañana, Señor, te hago oír mi voz; temprano me pongo ante ti, esperándote» (Salmo. 5,4); «... y mis plegarias van a ti desde la mañana» (Salmo 87,14); «Me levanto a medianoche para darte gracias por tus justos juicios» (Salmo. 118,62); «... y pasó la noche orando a Dios» (Lc. 6,12).

b)Lugar: Para algunos religiosos, seminaristas, etcétera; está determinado expresamente por la costumbre de la comunidad cuando la oración se hace en común. Suele ser la capilla o el coro. Y aun en privado conviene hacerla allí por la santidad y recogimiento del lugar y la presencia augusta de Jesús sacramentado. Pero en absoluto se puede hacer en cualquier lugar que convide al recogimiento y concentración del espíritu.

La soledad suele ser la mejor compañera de la oración bien hecha. Jesucristo la aconseja expresamente en el Evangelio; y es útil no sólo para evitar la vanidad (Mt. 6,6), sino también para asegurar su intensidad y eficacia. En ella es donde Dios suele hablar al corazón (Os. 2,14).

«¿Sería bueno hacer la oración ante los espectáculos de la naturaleza; sobre las montañas, a la orilla del mar, en la soledad de los campos? Hay que responder que lo que para unos es conveniente, representa para otrosun obstáculo. Las disposiciones particulares y la experiencia deben señalar ;aquí la regla de conducta».

c)Postura: La postura del cuerpo tiene una gran importancia en la oración. Sin duda es el alma quien ora, no el cuerpo; pero, dadas sus íntimas relaciones, la actitud corporal repercute en el alma y establece una especie de armonía y sincronización entre las dos. En general, conviene una postura humilde y respetuosa. Lo ideal es hacerla de rodillas, pero esta regla no debe llevarse hasta la rigidez o exageración. En la Sagrada Escritura hay ejemplos de oración en todas las posturas imaginables: de pie; sentado; de rodillas; postrado en tierra y hasta en el lecho para dormir.

Evítense, cualquiera que sea la postura adoptada, dos inconvenientes contrarios: la excesiva comodidad y la mortificación excesiva. La primera, porque, como dice Santa Teresa, «regalo y oración no se compadecen»; y la segunda, porque una postura excesivamente penosa e incómoda podría ser motivo de distracción y aflojamiento en el fervor, que es lo principal de la oración.

d)Duración: La duración de la oración mental no puede ser la misma para todas las almas y géneros de vida. El principio general es que debe estar en proporción con las fuerzas, el atractivo y las ocupaciones de cada uno. Puestos a concretar, San Alfonso de Ligorio dice que no se imponga a los principiantes más de media hora diaria, y que se vaya aumentando el tiempo a medida que crezcan las fuerzas del alma  San Francisco de Sales, escribiendo especialmente para las personas del mundo y las de vida activa, pide una hora , y lo mismo San Ignacio en sus Ejercicios . Los que escriben más especialmente para religiosos reclaman de hora y media a dos horas diarias.

En este sentido, advierte San Ignacio de Loyola en el mismo lugar, la oración ha de ser continua e inenterrumpida. Mucho ayudará a conseguir esto la práctica asidua y ferviente de las oraciones jaculatorias, que mantendrán a letargo del día el fuego del corazón. Pero, sea como fuere, hay que conseguirlo a todo trance si queremos llevar una vida de oración que: nos conduzca gradualmente hasta la cumbre de la perfección cristiana. Sin vida de oración sería escasísimo  el fruto que obtendríamos de media hora diaria y de meditación aislada.

+++ Bendiciones.