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jueves, 23 de enero de 2020

La Virtud Moral de la Prudencia.


Inmediatamente después del estudio de las virtudes teologales, Santo Tomás comienza el tratado las virtudes morales. El orden lógico lo exige así. Rectificadas ya las potencias de nuestra alma en orden al fin sobrenatural por las virtudes teologales, es preciso rectificarlas también en orden a los medios para alcanzarlo. Tal es el papel de las virtudes morales infusas. Como ya advertimos, las virtudes morales son muchas, sin que pueda precisarse exactamente su número.

Santo Tomás estudia y propone solamente cuatro en la Suma Teológica, pero es muy posible que no tuviera intención de agotar en absoluto el número de las posibles o realmente existentes. En todo caso, destacan entre todas cuatro fundamentales, alrededor de las cuales giran todas las demás, como la puerta sobre sus goznes o quicios. Por eso se llaman cardinales (del latín cardo, el quicio de la puerta).  En otro sentido son las virtudes que orientan el corazón y la razón del hombre a inclinarse en la búsqueda del Bien, la Santidad y la perfección; Tales Virtudes Morales son:

1-La prudencia, 2- justicia,3- fortaleza y 4- templanza, con las cuales—y el conjunto de sus virtudes anejas o derivadas—queda rectificada toda la vida moral con relación a los medios. Nosotros vamos a estudiar con alguna extensión estas cuatro virtudes cardinales y algunas de sus derivadas más importantes, limitándonos a ligeras alusiones a todas las demás. No permite otra cosa la naturaleza y extensión. El lector que desee información más abundante no podría encontrar nada más profundo y sintético a la vez que lo que enseña Santo Tomás en la segunda parte de su maravillosa Suma Teológica.

La prudencia natural: Es una virtud especial infundida por Dios en el entendimiento práctico para el recto gobierno de nuestras acciones particulares en orden al fin sobrenatural. Expliquemos un poco los términos de esta definición.
La prudencia natural puede ser adquirida también por el entendimiento práctico, ya que las dos recaen sobre el mismo objeto material, que son los actos humanos particulares o concretos; pero difieren substancialmente tanto por su origen (la repetición de actos naturales o el mismo Dios), como por su extensión (del orden natural o el sobrenatural), como, principalmente, la simple capacidad para juzgar la naturaleza del bien o los motivos de la fe formada por la caridad.

La prudencia Sobrenatural: Para el recto gobierno de nuestras acciones particulares, el acto propio de la virtud de la prudencia Sobrenatural es necesarios los auxilios del Espíritu Santo que nos ayudan a dictar (en sentido perfecto lo que hay que hacer en sentido concreto); en relación al medio y/o las circunstancia una vez madurado y reflexionado deliberadamente en conciencia en el Orden al Fin Sobrenatural, del objeto o motivo a juzgar más próximo. Des esta forma se distingue radicalmente la prudencia sobrenatural de la natural o adquirida, que sólo se fija en las cosas de este mundo.

La prudencia es la más perfecta y necesaria de todas las virtudes morales. Su influencia se extiende absolutamente a todas las demás señalándolas el justo medio, en qué consisten todas ellas, para no pecar por carta de más ni por carta de menos. De alguna manera, incluso las virtudes teologales necesitan el control de la prudencia; no porque ellas consistan en el medio (ya que la medida de la fe, de la esperanza y del amor de Dios es creer en El, esperarle y amarle sin medida), sino por razón del sujeto y del modo de su ejercicio, esto es, a su debido tiempo y teniendo en cuenta todas las circunstancias; porque sería imprudente ilusión divagar todo el día en el ejercicio de las virtudes teologales, descuidando el cumplimiento de los deberes del propio estado.

La importancia y necesidad de la prudencia queda de manifiesto en multitud de pasajes de la Sagrada Escritura. El mismo Jesucristo nos advierte que es menester ser «prudentes como serpientes y sencillos como palomas» (Mt. 10,16). Sin ella, ninguna virtud puede ser perfecta. A pesar de ser una virtud intelectual, es, a la vez, eminentemente práctica. Es la encargada de decirnos en cada caso particular lo que conviene hacer u omitir para alcanzar la vida eterna. Por esto la prudencia dirige y gobierna a todas las demás virtudes.

La prudencia es absolutamente necesaria para la vida humana. Sobre todo, en el orden sobrenatural o cristiano nos es indispensable:

a) Para evitar el pecado, dándonos a conocer—adoctrinada por la experiencia—las causas y ocasiones del mismo y señalándonos los remedios oportunos. ¡Cuántos pecados cometeríamos sin ella y cuántos cometeremos de hecho si no seguimos sus dictámenes!.

b) Para adelantar en la virtud, dictándonos en cada caso particular lo que hay que hacer o rechazar en orden a nuestra santificación. A veces es difícil encontrar la manera de conciliar en la práctica dos virtudes aparentemente opuestas, como la humildad y la magnanimidad, la justicia y la misericordia, la fortaleza y la suavidad, el recogimiento y el celo apostólico, etcétera, etc. Es la prudencia quien nos ha de sacar del apuro, señalando el procedimiento concreto para conciliar ambas tendencias sin destruirlas mutuamente.

 En el Tratado de pensamientos de Pascal, escribió estas profundas palabras: «No admiro el heroísmo de una virtud como la del valor si al mismo tiempo no veo el heroísmo de la virtud opuesta, como en que poseía el extremo valor y la extrema benignidad; pues lo contrario no sería ascender, sino descender. No se demuestra grandeza por estar a un extremo, sino reuniendo los dos y cumpliéndolo todo entre los dos». Es la prudencia quien nos ha de señalar el modo de conciliar esos dos extremos.

c) Para la práctica del apostolado. — Tanto El sacerdote como el Laico en su vida comunitaria, sobre todo el Sacerdote, no puede dar un paso sin la virtud de la prudencia. En el pulpito, para saber lo que tiene que decir o callar y en qué forma para no molestar a los oyentes o para ponerse al alcance de todos. En el catecismo, para formar convenientemente el alma de los niños, imprimiéndoles huellas de virtud y santidad que no se borrarán en toda la vida.

En el confesonario, para la recta administración de ese imponente sacramento, que tanta discreción y prudencia requiere por parte del confesor en sus delicadísimos oficios de juez, padre, médico y maestro. En la práctica parroquial (bautizos, bodas, entierros...), donde tan fácilmente se puede suscitar conflictos entre los intereses de los familiares y las leyes divinas y litúrgicas. En las visitas de enfermos, en las que hay que llevar hasta el máximo la delicadeza y suavidad para que no mueran sin sacramentos por falta de valentía y decisión o por sobra de imprudencia por parte del confesor.

En la administración temporal de las parroquias (colectas y peticiones, aranceles litúrgicos, estipendios de misas, etc.), que hay que llevarla con exquisita delicadeza y discreción para no molestar demasiado a los fieles, o escandalizarlos con su egoísmo, o perder la fama de caritativo y desinteresado que debe conservar a toda costa el sacerdote. ¡De cuántas formas y maneras necesita el ministro del Señor o el laico en que hacer pastoral del control y gobierno de la prudencia! Y muchas veces no bastarán las luces de esa virtud abandonada a sí misma; será menester la intervención del don de consejo, como veremos en su lugar.

Partes de la prudencia:
Las partes en que puede dividirse una virtud cardinal pue den ser integrales (elementos que la integran o la ayudan para su perfecto ejercicio), subjetivas (o diversas especies en que se subdivide) y potenciales (virtudes dependientes o anejas). Vamos a examinarlas con relación a la prudencia.

Las partes integrales de la prudencia que se requieren para su perfecto ejercicio; de las cuales, cinco pertenecen a ella en cuanto virtud intelectual o cognoscitiva (memoria de lo pasado, inteligencia de lo presente, docilidad, sagacidad y razón) y tres en cuanto práctica o preceptiva (providencia, circunspección y cautela o precaución). Vamos a enumerarlas, dando entre paréntesis la referencia de la Suma Teológica, donde se estudian ampliamente 

1) Memoria de Lo Pasado: Porque nada hay que oriente tanto para lo que conviene hacer como el recuerdo de los pasados éxitos o fracasos. La experiencia es madre de la ciencia.

2) Inteligencia de lo presente: Para saber discernir (con las luces del Espíritu Santo y de la fe para Juzgar lo que es cierto); si lo que nos proponemos hacer es bueno o malo, licito o ilícito, conveniente o inconveniente.

3) Docilidad: para pedir y aceptar el consejo de los sabios y experimentados, ya que, siendo infinito el número de casos que se pueden presentar en la práctica, nadie puede presumir de saber por sí mismo resolverlos todos.

4) Sagacidad:  Es la prontitud de espíritu para resolver por sí mismo los casos urgentes, en los que no es posible detenerse a pedir consejo.

5) Razón: que produce el mismo resultado que la anterior en los casos no urgentes, que le dan tiempo al hombre para resolver por sí mismo después de madura reflexión y examen.

6) Providencia: que consiste en fijarse bien en el fin lejano que se intenta (providencia, ver desde lejos) para ordenar a él los medios oportunos y prever las consecuencias. Principal de la prudencia, a la que presta su propio nombre (prudencia = providencia), ya que todas las demás cosas que se requieren para obrar con prudencia son necesarias para ordenar rectamente los medios al fin, que es lo propio de la providencia.

7) Circunspección: Que es la atenta consideración de las circunstancias para juzgar en vista de ellas si es o no conveniente realizar tal o cual acto. Hay cosas que, consideradas en sí mismas, son buenas y convenientes para el fin intentado, pero que, por las circunstancias especiales, acaso serían contraproducentes o perniciosas (obligar demasiado pronto a pedir perdón a u n hombre dominado por la ira).

8) Cautela o Precaución: Contra los impedimentos extrínsecos que pudieran ser obstáculo o comprometer el éxito de las empresas (evitando, el influjo pernicioso de las malas compañías). Advertencia práctica. —Aunque en cosas de poco momento pudiera prescindirse de alguna de estas condiciones, si se trata de una empresa de importancia, no habrá juicio prudente si no se tienen en cuenta todas. De ahí la gran importancia que en la práctica tiene su recuerdo y frecuente consideración. ¡Cuántas imprudencias cometemos por no habernos tomado esta pequeña molestia!.

Vicios contrarios a la prudencia:

 Los Vicios opuestos. según—Santo Tomás, siguiendo a San Agustín, distribuye los vicios opuestos a la prudencia en dos grupos distintos: los que se oponen a ella manifiestamente y los que se le parecen en algo, pero en el fondo son contrarios a ella.

a) Los vicios manifiestamente contrarios a la prudencia son dos:
1) La imprudencia: Se subdivide en tres especies:
a) La precipitación, que se opone al consejo, obrando inconsiderada y
precipitadamente, por el solo ímpetu de la pasión o capricho
. b) La inconsideración, por la cual se desprecia o descuida atender a las cosas necesarias para juzgar rectamente, contra el juicio.
c)La inconstancia, que lleva a abandonar fácilmente, por motivos fútiles, los rectos propósitos y determinaciones dictados por la prudencia, contra la que se opone directamente.

Todos estos vicios proceden principalmente de la lujuria,que es el vicio que más entenebrece el juicio de la razón por su vehemente aplicación a las cosas sensibles opuestas a las intelectuales, aunque también intervienen de algún modo la envidia y la ira.

2)La negligencia, no cualquiera, sino la que supone falta de solicitud en imperar eficazmente lo que debe hacerse y del modo que debe hacerse. Se distingue de la inconstancia en que esta última no cumple de hecho por la prudencia, pero la negligencia se abstiene incluso de imperar la búsqueda del bien. Si lo que se omite es algo necesario para la salvación, el pecado de negligencia es mortal.

Los vicios falsamente parecidos a la prudencia son cinco:

1-La prudencia de la carne: Consiste en una habilidad diabólica para encontrar los medios oportunos de satisfacer las pasiones desordenadas de la naturaleza corrompida por el pecado; (Gal. 5,16-21). << Por mi parte os digo, Si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne. Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne, como que son entre sí antagónicos, de forma que no hacéis lo que quisierais. Pero, si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Ahora bien, las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios >>.
2) La astucia, que supone una habilidad especial para conseguir un fin, bueno o malo, por vías falsas, simuladas o aparentes. Es pecado, aunque el fin sea bueno, ya que el fin no justifica los medios, y hay que obtenerlos por caminos rectos, no torcidos.
3)El dolo, que es la astucia practicada principalmente con las palabras
4) El fraude, o astucia de lo hecho.
5)La solicitud excesiva de las cosas temporales o futuras, que supone una imprudente sobreestimación del valor de las cosas terrenas y una falta de confianza en la divina “Providencia. Todos estos vicios proceden, principalmente, de la avaricia.

Medios para perfeccionarse en la prudencia:

+Reflexionando siempre antes de hacer cualquier cosa o de tomar alguna determinación importante, no dejándose llevar del ímpetu de la pasión o del capricho, sino de las luces serenas de la razón iluminada por la fe.

+ Considerando despacio el pro y el contra y las consecuencias buenas o funestas que se pueden seguir de tal o cual acción.

+Perseverando en los buenos propósitos, sin dejarse llevar de la inconstancia o negligencia, a la que tan inclinada está la naturaleza viciada por el pecado.

+ Vigilando alerta contra la prudencia de la carne, que busca pretextos y sutilezas para eximirse del cumplimiento del deber y satisfacer sus pasiones desordenadas.

+ Procediendo siempre con sencillez y transparencia, evitando toda simulación, astucia o engaño, que es indicio seguro de un alma ruin y despreciable.

+ Viviendo al día—como nos aconseja el Señor en el Evangelio—, sin preocuparnos demasiado de un mañana que no sabemos si amanecerá para nosotros, y que en todo caso estará regido y controlado por la providencia amorosísima de Dios, que viste hermosamente a los lirios del campo y alimenta a las aves del cielo (Mt. 6,25-34).

Pero no se han de contentar los creyentes con estos medios y aspecto en la búsqueda de alcanzar la virtud de la prudencia. Las almas adelantadas—que han de preocuparse ante todo de perfeccionarse más y más en la virtud de la prudencia—, sin desatender, antes, al contrario, intensificando todos los medios anteriores, procurarán elevar de plano los motivos de su prudencia., se preocuparán de la gloria de Dios, y ésta será la finalidad suprema a que orientarán todos sus esfuerzos. No se contentarán simplemente con evitar las manifestaciones de la prudencia de la carne, sino que la aplastarán definitivamente practicando con seriedad la verdadera mortificación cristiana, que le es diametralmente contraria.  Sobre todo, procurarán secundar con exquisita docilidad las inspiraciones interiores del Espíritu Santo hacia una vida más perfecta, renunciando en absoluto a todo lo que distraiga y disipe y entregándose de lleno a la magna empresa de su propia santificación como el medio más apto y oportuno de procurar la gloria de Dios y la salvación de las almas.

+++ Bendiciones.

domingo, 19 de enero de 2020

La Virtud Teologal de La Caridad


     La Parábola del Buen Samaritano.
(Lucas  10, 25,37).

La virtud teologal de la caridad, se expresa en dos direcciones: hacia Dios y hacia el prójimo. En ambos aspectos es fruto del dinamismo de la vida de la Trinidad en nuestro interior. En efecto, la caridad tiene su fuente en el Padre, se revela plenamente en la Pascua del Hijo, crucificado y resucitado, y es infundida en nosotros por el Espíritu Santo. En ella Dios nos hace participes de su mismo amor:

"Si alguno dice: "Amo a Dios", y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Jn 4, 20-21).

Quien ama de verdad con el amor de Dios, amará también al hermano como él lo ama. Aquí radica la gran novedad del cristianismo: no puede amar a Dios quien no ama a sus hermanos, creando con ellos una íntima y perseverante comunión de amor.
Hemos tratado ampliamente en otro lugar de las íntimas relaciones existentes entre la perfección cristiana y la caridad. Pero es preciso tratar—siquiera sea brevemente—de los demás aspectos de esta virtud fundamental, la más importante y excelente de todas.  Seguiremos el orden admirable de Santo Tomás en la Suma Teológica:

1-La caridad en sí misma: Comienza Santo Tomás diciendo que la caridad es una amistad entre Dios y el hombre. Como toda amistad, importa necesariamente una mutua benevolencia, fundada en la comunicación de bienes. Por eso, la caridad supone necesariamente la gracia, que nos hace hijos de Dios y herederos de la gloria. El hombre, que por naturaleza no pasa de siervo del Creador, llega a ser, , por  la por la gracia y la caridad, hijo y amigo de Dios.

2-La caridad es una realidad creada, un hábito sobrenatural infundido por Dios en el alma: Puede definírsela diciendo que es una virtud teologal infundida por Dios en la voluntad por la que amamos a Dios por sí mismo sobre todas las cosas y a nosotros y al prójimo por Dios.

a) El objeto material sobre que recae la caridad: Lo constituye primariamente Dios, y secundariamente nosotros mismos y todas las criaturas racionales que han llegado o pueden llegar a la eterna bienaventuranza; y aun, en cierto modo, todas las criaturas, en cuanto son ordenables a la gloria de Dios.

b) El objeto formal: llamado también objeto material primario. es el mismo Dios como Sumo Bien, o sea, la bondad increada de Dios en sí misma considerada, abarcando la esencia divina, todos los divinos atributos y las tres divinas personas. Es decir, el motivo del amor de caridad es Dios como amigo, o sea, el Sumo Bien como objeto de su bienaventuranza y de la nuestra.

La caridad, como hábito infuso, reside en la voluntad, ya que se trata de un movimiento de amor hacia Él, y el amor de Dios que es el Sumo bien; lo constituyen  el acto y el objeto de la voluntad de La virtud sobrenatural del amor, que Dios infunde en la medida y grado que le place, sin tener para nada en cuenta las dotes o cualidades naturales del que la recibe. Cuando nos amamos a nosotros mismos o al prójimo por algún motivo distinto de la bondad de Dios, no hacemos un acto de caridad, sino de amor natural, filantropía, etc., o acaso de puro egoísmo (por las ventajas que nos puede traer). ¡Cuántos actos que parecen de caridad heroica están muy lejos de serlo! El heroísmo puramente humano no vale nada en el orden sobrenatural; es como moneda falsa que no circula y no tiene valor alguno.

La caridad es la más excelente de todas las virtudes. No solamente por su propia bondad intrínseca (es la que más nos une con Dios), sino porque sin ella no puede ser perfecta ninguna otra virtud, ya que es la forma de todas las demás virtudes infusas.

Ya hemos explicado, en qué sentido la caridad es la forma de todas las virtudes. Su excelencia intrínseca proviene de ser la virtud que más nos une con Dios, ya que descansa en El tal como es en sí mismo, por su sola divina bondad.

La excelencia y superioridad de la caridad sobre las otras dos virtudes teologales (la Fe y la Esperanza)—y, por consiguiente, sobre todas las demás—es un dato de fe que pertenece al depósito de la revelación. Lo dice expresamente el apóstol San Pablo: «Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad; pero la más excelente de ellas es la caridad» (1 Cor. 13,13).

Hay teólogos eruditos que saben muchas cosas de Dios, pero de una manera fría, puramente intelectual; y hay almas sencillas y humildes que apenas saben nada de Teología, pero aman intensamente a Dios. Esto último es mejor. De esta sublime doctrina se desprende otra consecuencia práctica de gran importancia.

 La única manera de no envilecernos y rebajarnos con el amor por las cosas creadas inferiores a nosotros es amarlas en Dios, por Dios y para Dios; o sea, por el motivo formal perfectísimo de la caridad. De donde se sigue que la caridad que convierte en oro todo cuanto toca, incluso las mismas cosas inferiores a nosotros, que, como hemos dicho, pueden ser referidas y ordenadas al amor y gloria de Dios.

El aumento de La caridad: Puede aumentar en esta vida la caridad Porque siendo un movimiento de tendencia a Dios como su principio y último fin, mientras seamos viajeros en este mundo que pasa es posible acercarse cada vez más al término; y este mayor acercamiento se verifica precisamente por el incremento de la caridad. En este crecimiento, la caridad no puede encontrar tope en esta vida; puede crecer hasta el infinito; Lo cual no es obstáculo para que pueda llegar a ser relativamente perfecta en esta misma vida.

Los efectos de Virtud de la caridad en el Alma-—Santo Tomás somete a un análisis maravilloso los efectos que produce el acto principal de la caridad que es el amor, No podemos detenernos a examinarlos con detalle, pero vamos a recoger al menos el índice de los mismos. La lectura directa de la Suma Teológica (11-11,28-33) es de un gran valor formativo.

Los efectos de Virtud de la caridad en el Alma son de dos clases: internos y externos:

Efectos Internos:

1- El gozo espiritual de Dios: Puede compaginarse con alguna Alegría o tristeza, por cuanto no gozamos todavía de la perfecta posesión de Dios, que nos dará la visión beatífica.

2- La Paz: Que es la «tranquilidad del orden», que resulta de la concordia de nuestros deseos y apetitos unificados por la caridad y ordenados por ella a Dios.

3- La Misericordia: Es una virtud especial, fruto de la caridad, aunque distinta de ella, que nos inclina a compadecernos de las miserias y desgracias del prójimo, considerándolas en cierto modo como propias, en cuanto contristan a nuestro hermano y en cuanto que podemos, además, vernos nosotros mismos en semejante estado. Es la virtud por excelencia de cuantas se refieren al prójimo; y el mismo Dios manifiesta en grado sumo su omnipotencia compadeciéndose misericordiosamente de nuestros males y remediando nuestras necesidades.

Efectos Externos:

1- La beneficencia: Que consiste en hacer algún bien a los demás como signo externo de la benevolencia interior; y se relaciona a veces con la justicia (cuando es obligatoria o debida al prójimo), con la misericordia (cuando ésta nos impulsa a socorrerle en sus necesidades) y con otras virtudes semejantes.

2- La limosna: Que es un acto de caridad preceptuada a todos (aunque en diferentes grados y medidas), y puede ejercitarse en lo corporal y en lo espiritual (obras de misericordia), siendo estas últimas de suyo más perfectas que aquéllas.

3- La corrección fraterna: Que es una excelente obra espiritual encaminada a poner remedio a los pecados del prójimo. Requiere el concurso de la prudencia para escoger el momento oportuno y los medios más adecuados; y pueden y deben ejercitarla no sólo los superiores sobre sus súbditos, sino incluso éstos sobre aquéllos, con tal de guardar los debidos miramientos y consideraciones y en el supuesto de que se pueda esperar con fundamento la enmienda; de lo contrario, están dispensados de corregir y deben abstenerse de hecho. Lo cual no puede aplicarse a los superiores, que tienen obligación de corregir y de aplicar al que resiste las penas correspondientes para salvar el orden de la justicia y promover el bien común mediante el escarmiento de los demás.

Pecados opuestos a la caridad :

El estudio detallado de los pecados opuestos a las virtudes pertenece a la Teología moral en su aspecto negativo. Recordamos aquí únicamente que los que se oponen a la virtud de la caridad son los siguientes según   Santo tomas de Aquino:

1- El Odio: Si se refiere a Dios, es un gravísimo pecado, el mayor de cuantos se pueden cometer; y, si se refiere al prójimo, es también el que lleva consigo mayor desorden interior, aunque no sea el que perjudique más al prójimo. Este último suele proceder de la envidia.

2- La Acidia: (tedio o pereza espiritual, que se opone al gozo del bien divino procedente de la caridad), que es pecado capital, y proviene del gusto depravado de los hombres, que no encuentran placer en Dios y consideran las cosas que a Él se refieren como cosa triste, sombría y melancólica. Sus vicios derivados son la malicia, el rencor, la pusilanimidad, la desesperación, la torpeza o indolencia para observar los mandamientos y la divagación de la mente hacia las cosas ilícitas.

3- la envidia: Se opone al gozo espiritual por el bien del prójimo, es un feo pecado que contrista al alma por el bien del prójimo, no porque nos amenace con ello algún mal, sino porque disminuye nuestra propia gloria y excelencia. Es de suyo pecado mortal contra la caridad, que nos manda alegrarnos del bien del prójimo, siendo veniales únicamente los primeros movimientos indeliberados de la sensibilidad o los que recaen sobre cosas insignificantes (parvedad de materia). De ella proceden, como vicio capital que es, el odio, la murmuración (casi siempre procede de la envidia), la difamación, el gozo en las adversidades del prójimo y la tristeza en su prosperidad.

4- La Discordia: Se opone a la paz y concordia por la disensión de voluntades en lo tocante al bien de Dios o del prójimo.

5- La Contienda o Porfía: Se opone a la paz con las palabras (discusión o altercado), y es pecado cuando se hace por espíritu de contradicción, se perjudica al prójimo o a la verdad o se defiende esta última en tonos altaneros y con palabras mortificantes.

6- El Cisma, La Guerra, La Riña y La Sedición: Se oponen a la paz con las obras; el cisma, apartando de la unidad en la fe y sembrando la división en lo religioso (grandísimo pecado) ; la guerra entre naciones o pueblos, que, cuando es injusta, es, además, un gravísimo pecado contra la caridad por los innumerables daños y trastornos que lleva consigo, aunque puede ser lícita en determinadas condiciones ; la riña, especie de guerra entre particulares, que procede casi siempre de la ira, y que de suyo es falta grave en el que la provoca sin legítimo mandato de la autoridad pública.

Tiene su máximo exponente en el duelo (riña o desafío previamente pactado a base de armas mortíferas), que es castigado por la Iglesia con la pena de excomunión, que alcanza a los protagonistas y todos sus cómplices y espectadores voluntarios y la sedición, que consiste en formar bandos o partidos en el seno de una nación con objeto de conspirar o de promover algaradas o tumultos, ya sea de unos contra otros o contra la autoridad y el poder legítimo.

7-El Escándalo: Que muchas veces se opone a la justicia, pero que ante todo es un grave pecado contra la caridad (como diametralmente opuesto a la beneficencia), y que consiste en decir o hacer algo menos recto, que le da al prójimo ocasión de una ruina espiritual.

El amor al prójimo tiene una connotación cristológica, dado que debe adecuarse al don que Cristo ha hecho de su vida: "En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos" (1 Jn 3, 16).

Ese mandamiento, al tener como medida el amor de Cristo, puede llamarse "nuevo" y permite reconocer a los verdaderos discípulos: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros" (Jn 13, 34-35).

El significado cristológico del amor al prójimo resplandece en la segunda venida de Cristo. Precisamente entonces se constatará que la medida para juzgar la adhesión a Cristo es precisamente el ejercicio diario y visible de la caridad hacia los hermanos más necesitados: "Tuve hambre y me disteis de comer..." (cf. Mt 25, 31-46). Sólo quien se interesa por el prójimo y sus necesidades muestra concretamente su amor a Jesús. Si se cierra o permanece indiferente al "otro", se cierra al Espíritu Santo, se olvida de Cristo y niega el amor universal del Padre.

Para terminar, reflexionemos las palabras que San juan de la Cruz nos enseña: 
<<En el Ocaso de nuestras Vidas seremos Juzgados por el Amor>>.

+++ Bendiciones

miércoles, 8 de enero de 2020

La Virtud Teologal de la Esperanza

Los Bienaventurados y la Comunión de los Santos.

La esperanza es una virtud teologal infundida por Dios en la voluntad por la cual confiamos con plena certeza alcanzar la vida eterna y los medios necesarios para llegar a ella apoyados en el auxilio omnipotente de Dios.

El objeto material primario de la esperanza es la bienaventuranza eterna, y el secundario, todos los medios que a ella conducen. El objeto formal es el mismo Dios, en cuanto bienaventuranza objetiva del hombre, connotando la bienaventuranza formal o visión beatífica. Y el motivo formal de esperar (objeto formal) es la omnipotencia auxiliadora de Dios, connotando la misericordia y la fidelidad de Dios a sus promesas.

La esperanza reside en la voluntad, ya que su acto propio es cierto movimiento del apetito racional hacia el bien, que es el objeto de la voluntad. 

La caridad y la fe son más perfectas que la esperanza. en absoluto, la fe y la esperanza pueden subsistir sin la caridad; pero ninguna virtud infusa puede subsistir sin la fe.

La esperanza tiende con absoluta certeza a su objeto , Ello quiere decir que, aunque no podamos estar ciertos de que conseguiremos de hecho nuestra eterna salvación a menos de una revelación especial , podemos y debemos tener la certeza absoluta de que, apoyados en la omnipotencia auxiliadora de Dios que es (motivo formal de la esperanza), no hay ningun obstáculo insuperable para la salvación; o sea, que por parte de Dios no quedará frustrada nuestra esperanza; aunque si puede quedar frustrada por parte de nosotros. Entonces podemos afirmar que, la Virtud de la esperanza Se trata, pues, de una certeza de inclinación y de motivo, no de previo conocimiento infalible, ni de evento o ejecución infrustrables.

Los bienes de este mundo caen también bajo el objeto secundario de la esperanza, pero únicamente en cuanto puedan ser útiles para la salvación. Por eso dice Santo Tomás que, fuera de la salvación del alma, no debemos pedir a Dios ningún otro bien a no ser en orden a la misma salvación.

La esperanza teologal es imposible en los infieles y herejes formales, porque ninguna virtud infusa subsiste sin la fe. Pueden tenerla los fieles pecadores que no hayan pecado directamente contra ella. Se encuentra propiamente en los justos de la tierra y en las almas del purgatorio. No la tienen los condenados del infierno (nada pueden esperar) ni los bienaventurados en el cielo (ya están gozando del Bien infinito que esperaban). Por esta última razón, tampoco la tuvo Cristo acá en la tierra (era bienaventurado al mismo tiempo que viador). 

El acto de esperanza es de suyo honesto y virtuoso, cualquier acto de virtud realizado por la esperanza del premio eterno es egoísta e inmoral). Consta expresamente en la Sagrada Escritura:( Mt. 19,21 y 29: 1 Cor. 9,24; 2 Cor. 4,1) y puede demostrarlo la razón teológica, ya que la vida eterna es el fin último sobrenatural del hombre: luego obrar con la mirada puesta en este fin no sólo es honesto, sino necesario.  La doctrina  y hererjia Jansenista contraria fue condenada por la Iglesia. Por lo mismo, no hay en esta vida ningún estado de perfección que excluya habitualmente los motivos de la esperanza. Tal fué el error de los Jansenitas, condenados respectivamente por la Iglesia; al afirmar que el obrar por la esperanza es inmoral o imperfecto estriba en imaginarse que con ello deseamos a Dios como un bien para nosotros, subordinando a Dios a nuestra propia felicidad. 

Deseamos a Dios para nosotros, pero no a causa o por razón de nosotros, sino por El mismo. Dios sigue siendo el fin del acto de esperanza, no nosotros. En cambio, cuando deseamos una cosa inferior (el alimento material), la deseamos para nosotros y por nosotros:(nobis et propter nos). Es completamente distinto.

Pecados contra la esperanza:


Santo Tomás explica que a la esperanza se oponen dos vicios: uno, por defecto, la desesperación, que considera imposible la salvación eterna, y proviene principalmente de la acidia (pereza espiritual) y de la lujuria; y otro por exceso, la presunción, que reviste dos formas principales: la que considera la bienaventuranza eterna como asequible por las propias fuerzas, sin ayuda de la gracia (presunción herética), y la que espera salvarse sin arrepentimiento de los pecados u obtener lagloria sin mérito alguno (pecado contra el Espíritu Santo). La presunción suele provenir de la vanagloria y de la soberbia.

El crecimiento de la Virtud de la esperanza en los Principiantes:

La esperanza, como toda otra virtud, puede crecer y desarrollarse cada vez más. Veamos las principales fases de su desarrollo a través de las diferentes etapas de la vida espiritual he aquí algunos principios a seguir:

1-Ante todo evitaran tropezar en alguno de los dos escollos contrarios a la esperanza: la presunción y la desesperación: Para evitar la presunción, primero se ha de considerar que sin la gracia de Dios no podemos absolutamente nada en el orden sobrenatural:<< Yo soy la vid; vosotros los sarmientos.El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada>> .(Jn 15:5).

Ni siquiera tener un buen pensamiento o pronunciar fructuosamente el nombre de Jesús. <<Por eso os hago saber que nadie, hablando con el Espíritu de Dios, puede decir: «¡Anatema es Jesús!»; y nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!» sino con el Espíritu Santo. (1 Cor. 12,3). 

Tengan en cuenta que Dios es infinitamente bueno y misericordioso, pero también infinitamente justo, y nadie puede reírse de Él (Gal. 6,7). Está dispuesto a salvarnos, pero a condición de que cooperemos voluntariamente a su gracia (1 Cor. 15,10) y obremos nuestra salvación con temor y temblor (Filp. 2,12). Contra la desesperación y el desaliento recordarán que la misericordia de Dios es incansable en perdonar al pecador arrepentido, que la violencia de nuestros enemigos jamás podrá superar al auxilio omnipotente de Dios y que, si es cierto que por nosotros mismos nada podemos, con la gracia de Dios seremos capaces de todo (Filp . 4,13).

Hay que levantarse animosamente de las recaídas y reemprender la marcha con mayores bríos, tomando ocasión de la misma falta para redoblar la vigilancia y el esfuerzo: «Todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios», dice el apóstol San Pablo (Rom. 8,28); y San Agustín se atreve a añadir: netiam peccata: hasta los mismos pecados», en cuanto que son ocasión de que el alma se torne más vigilante y precavida.

2 -Procurarán Levantar sus Miradas al Cielo: Para despreciar las cosas de la tierra. —Todo lo de acá es sombra, vanidad y engaño. Ninguna criatura puede llenar plenamente el corazón del hombre, en el que ha puesto Dios una capacidad infinita. Y aun en el caso de que pudieran satisfacerle del todo, sería una dicha fugaz y transitoria, como la vida misma del hombre sobre la tierra. Placeres, dinero, honores, aplausos; todo pasa y se desvanece como el humo. Tenía razón San Francisco de Borja: «No más servir al señor que se me pueda morir». En fin, de cuentas: «¿Qué le aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma para toda la eternidad?» (Mt. 16,26).

Para consolarse en los trabajos y amarguras de la vida. —La tierra es un lugar de destierro, un valle de lágrimas y de miserias. El dolor nos acompaña inevitablemente desde la cuna hasta el sepulcro; nadie se escapa de esta ley inexorable. Pero la esperanza cristiana nos recuerda que todos los sufrimientos de esta vida no son nada en comparación de la gloria que ha de manifestarse en nosotros (Rom. 8,13) y que, si sabemos soportarlas santamente, estas momentáneas y ligeras tribulaciones nos preparan el peso eterno de una sublime e incomparable gloria (2 Cor. 4,17). ¡Qué consuelo tan inefable experimenta el alma atribulada al contemplar el cielo a través del cristal de sus lágrimas!

Para animarse a ser Santo. —Cuesta mucho la práctica de la virtud. Hay que dejarlo todo, hay que renunciar a los propios gustos y caprichos y hay que rechazar los continuos asaltos del mundo, demonio y carne. A medida que el alma va progresando en los caminos de la perfección, procurará cultivar la virtud de la esperanza intensificando hasta el máximo su confianza en Dios y en su divino auxilio. Para ello:

3-No se preocupará con solicitud angustiosa del día de mañana. — Estamos colgados de la divina y amorosísima providencia de nuestro buen Dios. Nada nos faltará si confiamos en El y lo esperamos todo de El: Ni en el orden temporal: «Ved los lirios del campo...; ved las aves del cielo...; ¿cuánto más vosotros, hombres de poca fe?» (Mt. 6,25-34). Ni en el orden de /a gracia: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn. 10,10). «Según las riquezas de su gracia que superabundantemente derramó sobre nosotros» (Efe. 1,7-8).

4-Simplificará cada vez más su oración. —«Cuando orareis no habléis mucho..., que ya sabe vuestro Padre celestial las cosas que necesitáis antes de que se las pidáis» (Mt. 6,7-13). La fórmula del Padre nuestro, plegaria incomparable, que brotó de los labios del divino Maestro, será su predilecta, junto con aquellas otras del Evangelio tan breves y llenas de confianza en la bondad y misericordia del Señor: «Señor, el que amas está enfermo...; si tú quieres, puedes limpiarme...; haced que vea...; enséñanos a orar...; auméntanos la fe...; no tienen vino...; muéstranos al Padre, y esto nos basta». ¡Cuánta sencillez y sublimidad en el Evangelio y cuánta complicación y amaneramiento en nosotros! El alma ha de esforzarse en conseguir  aquella confianza ingenua, sencilla e infantil que arrancaba milagros al corazón del divino Maestro. 

5- Llevará más lejos que los principiantes su desprendimiento de todas las cosas de la tierra. — ¿Qué valen todas ellas ante una sonrisa de Dios? «Desde que he conocido a Jesucristo, ninguna cosa creada me ha parecido bastante bella para mirarla con codicia» (Pbro. Lacordaire). Ante el pensamiento de la soberana hermosura de Dios, cuya contemplación nos embriagará de felicidad en la vida eterna, el alma renunciará de buen grado a todo lo terreno: cosas exteriores (desprendimiento total, amor a la pobreza), placeres y diversiones (hermosuras falaces, goces transitorios), aplausos y honores (ruido que pasa, incienso que se disipa), venciendo con ello ¡a triple concupiscencia, que a tantas almas tiene sujetas a la tierra impidiéndolas volar al cielo. << No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Puesto que todo lo que hay en el mundo - la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas - no viene del Padre, sino del mundo. (1 Jn 2:15-16)

6- Avanzará con gran confianza por las vías de la unión con Dios.Nada podrá detenerla, si ella quiere seguir adelante a toda costa. Dios, que la llama a una vida de Intima unión con El, le tiende su mano divina con la garantía absoluta de su omnipotencia, misericordia y fidelidad a sus promesas.

El mundo, el demonio y la carne le declararán guerra sin cuartel, pero «los que confían en el Señor renuevan sus fuerzas, y echan alas como de águila, y vuelan velozmente sin cansarse, y corren sin fatigarse» (Is. 40,31). Con razón decía San Juan de la Cruz que: Que con verdad la y libre esperanza «se agrada tanto al Amado del alma, que es verdad decir que tanto alcanza de él cuanto ella de él espera». El alma que, a pesar de todas las contrariedades y obstáculos, siga animosamente su camino con toda su confianza puesta en Dios, llegará, sin duda alguna, a la cumbre de la perfección.

El crecimiento de la Virtud de la esperanza las almas perfectas: 

Es en ellas donde la virtud de la esperanza, reforzada por los dones del Espíritu Santo, alcanza su máxima intensidad y perfección. He aquí las principales características que en ellos reviste:

1- Omnímoda confianza en dios: Nada es capaz de desanimar a un siervo de Dios cuando se lanza a una empresa en la que está interesada la gloria divina. porque ni las contradicciones y obstáculos, lejos de disminuirla, intensifican y aumentan su confianza en Dios, que llega con frecuencia hasta la audacia. 

Recuérdese, por ejemplo, los obstáculos que tuvo que vencer Santa Teresa de Jesús para la reforma carmelitana y la seguridad firmísima del éxito con que emprendió aquella obra superior a las fuerzas humanas, confiando únicamente en Dios. Llegan, como de Abraham dice San Pablo, «a esperar contra toda esperanza» (Rom. 4,18). Y están dispuestos en todo momento a repetir la frase heroica de Job: «aunque me matare, esperaré en El» (Job 13,15). Esta confianza heroica glorifica inmensamente a Dios y es de grandísimo merecimiento para el alma.

2-Paz y serenidad inconmovibles. Es una consecuencia natural de su omnímoda confianza en Dios. Nada es capaz de perturbar el sosiego de su espíritu. Burlas, persecuciones, calumnias, injurias, enfermedades, fracasos..., todo resbala sobre su alma como el agua sobre el mármol, sin dejar la menor huella ni alterar en lo más mínimo la serenidad de su espíritu. Al Santo Cura de Ars le dan de improviso una tremenda bofetada y se limita a decir sonriendo: «Amigo: la otra mejilla tendrá celos». San Luis Beltrán; bebió inadvertidamente una bebida envenenada y permaneció completamente tranquilo al enterarse.

Tambien San Carlos Borromeo continúa imperturbable el rezo del santo rosario al recibir la descarga de un arcabuz, cuyas balas pasaron rozándole el rostro. San Jacinto de Polonia no se defiende al verse objeto de horrenda calumnia, esperando que Dios aclarará el misterio. ¡Qué paz, qué serenidad, qué confianza en Dios suponen estos ejemplos heroicos de los santos! Diríase que sus almas han perdido el contacto de las cosas de este mundo y permanecen «inmóviles y tranquilas como si estuvieran ya en la eternidad» (Sor Isabel de la Trinidad).

3-Deseo de morir para trocar el destierro por la patria. —Es una de las más claras señales de la perfección de la esperanza. La naturaleza siente horror instintivo a la muerte; nadie quiere morir. Sólo cuando la gracia se apodera profundamente de un alma comienza a darle una visión más exacta y real de las cosas y empieza a desear la muerte terrena para comenzar a vivir la vida verdadera. Es entonces cuando lanzan el «morior quia non morior», de San Agustín, que repetirán después Santa Teresa y San Juan de la Cruz—«que muero porque no muero»—, y que constituye uno de los más ardientes deseos de todos los santos. El alma que continúa apegada a la vida de la tierra, que mira con horror a la muerte que se acerca, muestra con ello bien a las claras que su visión de la realidad de las cosas y su esperanza cristiana es todavía muy imperfecta. Los santos—todos los santos—desean morir cuanto antes para volar al cielo.

4-El cielo, comenzado en la tierra. —Los santos desean morir para volar al cielo; pero, en realidad, su vida de cielo comienza ya en la tierra. ¿Qué les importan las cosas de este mundo? Como dice un precioso responsorio de la liturgia dominicana, los siervos de Dios viven en la tierra nada más que con el cuerpo; pero su alma, su anhelo, su ilusión, está ya fija en y cielo. Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, (Filp 3:20) Es, sencillamente, es la vida misma de San Pablo que nosotros debemos seguir…... 


+++Bendiciones

sábado, 4 de enero de 2020

La Virtud Teologal de la Fe


El Sacrificio Abraham de su Hijo Isaac, Padre de nuestra Fe.

La práctica y búsqueda de las virtudes Teologales: la Fe, la esperanza y la caridad; son las más importantes de la vida cristiana, base y fundamento de todas las demás. Su oficio es unirnos íntimamente a Dios por su gracia como Verdad infinita, como Bienaventuranza suprema y como sumo Bien en sí mismo. Son las únicas que dicen relación inmediata a Dios; todas las demás se refieren inmediatamente a cosas distintas de Dios. De ahí la suprema excelencia de las virtudes teologales. Vamos a examinarlas en este estudio por separado.

La Virtud Teologal de la Fe: 

Recordemos en primer lugar algunos puntos fundamentales de la teología de la fe: La fe es una virtud teologal infundida por Dios en el entendimiento, por la cual asentimos firmemente a las verdades divinamente reveladas por la autoridad o testimonio del mismo Dios que se revela. Al revelarnos su vida íntima y los grandes misterios de la gracia y la gloria, Dios nos hace ver las cosas, por decirlo así, desde su punto de vista divino, tal como las ve El. Nos hace percibir armonías del todo sobrenaturales y divinas que jamás hubiera podido llegar a percibir naturalmente ninguna inteligencia humana ni angélica. 

San Juan de la Cruz, nos enseña que El asentimiento a las verdades de la fe son firmes y ciertas, fundadas en la autoridad de Dios que se revela. Pero como las verdades reveladas permanecen para nosotros obscuras e invidentes, de intervenir por la voluntad, movida por la gracia, para imponer al entendimiento aquel asentimiento firme; no por la evidencia intrínseca de que carecen para nosotros aquellas verdades, sino únicamente por la autoridad infalible de Dios, que no puede engañarse ni engañarnos. En este sentido, el acto de fe es libre, sobrenatural y meritorio.

La fe es incompatible con la visión intelectual o sensible. Por eso en el cielo desaparecerá la fe, al ser substituida por la visión beatifica de Dios. La fe es la primera virtud cristiana, en cuanto fundamento positivo de todas las demás (sin ella no puede existir ninguna, como sin fundamento no puede haber edificio).

Si bien la caridad, es la Virtud más excelente que la fe y que todas las demás virtudes infusas, en cuanto que es la relación con Dios de modo más perfecto y en cuanto es la forma de todas las Virtudes. Sin la caridad, ninguna virtud puede ser perfecta; El concilio de Trento dice que la fe es el comienzo, fundamento y raíz de la justificación, y que sin ella es imposible agradar a Dios y llegar a formar parte del número de sus hijos.

La Fe es el comienzo de la vida sobrenatural, porque establece el primer contacto entre nosotros y Dios, en cuanto autor del orden sobrenatural; lo primero es creer en El. Es el fundamento, en cuanto que todas las demás virtudes—incluso la caridad—presuponen la fe y en ella estriban como el edificio sobre sus cimientos positivos: sin la fe es imposible esperar o amar. Y es la raíz, porque de ella, formada por la caridad, arrancan y viven todas las demás.

La fe formada por la caridad produce, entre otros, dos grandes efectos en el alma: le da un temor filial hacia Dios que le ayuda mucho a apartarse del pecado, suma desgracia que le privaría de aquel inmenso bien, y le purifica el corazón, elevándolo hacia las alturas y limpiándole del afecto a las cosas terrenales.

Conviene tener ideas claras sobre las distintas formas de fe que suelen distinguirse en Teología. La fe puede considerarse, en primer lugar, por parte del sujeto que cree (fe subjetiva) o por el objeto creído (fe objetiva). La subjetiva admite las siguientes subdivisiones:

a) Fe divina, por la que creemos todo cuanto ha sido revelado por Dios, y fe católica, por la que creemos todo lo que la Iglesia nos propone como divinamente revelado.

b) Fe habitual, que es un hábito sobrenatural infundido por Dios en el bautismo o justificación del fiel, y fe actual, que es el acto sobrenatural procedente de aquel hábito infuso (el acto sobrenatural por el que creemos que Dios es uno y trino).

c) Fe formada (o viva), que es la que va unida a la caridad (estado de gracia) y es perfeccionada por ella como forma extrínseca de todas las virtudes, y fe informe (o muerta), que es la que está separada de la caridad en un alma creyente en pecado mortal.

d) Fe explícita, por la que se cree tal o cual misterio concreto revelado por Dios, y fe implícita, por la que se cree todo cuanto ha sido revelado por Dios, aunque lo ignoremos detalladamente (fe del carbonero). 

c) Fe interna, si permanece en el interior de nuestra alma, y fe externa, si la manifestamos al exterior con palabras o signos

A su vez, la fe objetiva se subdivide de la siguiente forma: 


+Fe católica, que está constituida por las verdades reveladas y propuestas por Dios a todos los hombres para obtener la vida eterna (o sea todo lo contenido en la Sagrada Escritura o en la Tradición explícita o implícitamente).

+Fe privada, que está constituida por las verdades que Dios manifiesta, a veces, sobrenaturalmente a una persona determinada. Santa Teresa afirma: La primera (Fe católica), obliga a todos; la segunda (Fe privada), sólo a la persona que la recibe directamente de Dios. 

+Fe definida, que afecta a aquellas verdades que la Iglesia propone explícitamente a la fe de los fieles bajo pecado de herejía y pena de excomunión; ejemplo: (el dogma de la Inmaculada Concepción), y fe definible, que se refiere a aquellas verdades que todavía no han sido definidas por la Iglesia. 

El crecimiento en la fe.

La fe, tanto objetiva como subjetiva, puede crecer y desarrollarse en nuestras alma hasta alcanzar una intensidad extraordinaria. El Justo llega a vivir de la fe: «iustus ex fide vivit» (Rom. 1,17). Pero es preciso entender rectamente esta doctrina. Nadie la ha explicado mejor que Santo Tomás en un artículo maravilloso de la Suma Teológica aquí sus palabras, a las que añadimos entre paréntesis algunas pequeñas explicaciones para ponerlas al alcance de los no versados en Teología: 

«La cantidad de un hábito puede considerarse de dos modos: por parte del objeto o de su participación en el sujeto. (En nuestro caso, la fe objetiva y la subjetiva.) Ahora bien: el objeto de la fe (las verdades reveladas, fe objetiva) puede considerarse de dos modos: según su razón o motivo formal (la autoridad de Dios que revela) o según las cosas que se nos proponen materialmente para ser creídas (todas las verdades de la fe). 

El objeto formal de la fe (la autoridad de Dios) es uno y simple, a saber, la Verdad primera. De donde por esta parte la fe no se diversifica en los creyentes, sino que es una específicamente en todos (o se acepta la autoridad de Dios o no; no hay término medio para nadie). Pero las cosas que se nos proponen materialmente para creer son muchas (todas las verdades de la fe) y pueden conocerse más o menos explícitamente.

Un teólogo puede”conocer” mucho más y mejor que el simple fiel. Y según esto puede un hombre conocer y creer explícitamente más cosas que otros. Y así puede haber en uno mayor fe según la mayor explicitación de esa fe. Pero si se considera la fe según su participación en el sujeto (fe subjetiva), puede acontecer de dos modos. Porque el acto de fe procede del entendimiento (es el que asiente a las verdades reveladas) y de la voluntad (que es la que, movida por Dios y por la libertad del hombre, impone ese asentimiento a la inteligencia).

En este sentido puede la fe puede ser mayor en uno que en otro; por parte del entendimiento, por la mayor certeza y firmeza (en ese asentimiento), y por parte de la voluntad, por la mayor prontitud, devoción o confianza (con que impera a la inteligencia aquel asentimiento). 

Nada se puede añadir substancialmente a esta magnífica doctrina. Pero es conveniente señalar el modo con que las almas deben intensificar su fe a todo lo largo del proceso de la vida cristiana.

La Fe de los Principiantes: 

A semejanza de lo que ocurre con la caridad incipiente, el principal cuidado de los principiantes con relación a su fe ha de ser nutrirla y fomentarla para que no se pierda o corrompa. Para ello:

a) Convencidos, ante todo, de que la fe es un don de Dios completamente gratuito que nadie puede merecer, pedirán al Señor en oración ferviente que les conserve siempre en sus almas esa divina luz que nos enseña el camino del cielo en medio de las tinieblas de nuestra ignorancia. Su jaculatoria favorita, repetida con fervor muchas veces al día, ha de ser aquella del Evangelio: «Creo, Señor; pero ayuda tú a mi poca fe» (Mc. 9,23).

b) Rechazarán con energía, mediante la divina gracia, todo cuanto pueda representar un peligro para su fe a :(las sugestiones diabólicas (dudas, tentaciones contra la fe, etc.), que combatirán indirectamente—distrayéndose, pensando en otra cosa, etc.—, nunca directamente, o sea, enfrentándose con la tentación y discutiendo con ella, buscando razones, etc., que más bien aumentarían la turbación del alma y la violencia del ataque enemigo; las lecturas peligrosas o imprudentes, en las que se enjuician con criterio anticristiano o mundano las cosas de la fe o de la religión en general.

c)La soberbia intelectual, que es el obstáculo más radical e insuperable que puede oponer el desgraciado incrédulo a la misericordia de Dios, para que le conceda el don divino de la fe, o el camino más expedito para su pérdida en los que ya la poseen, según aquello de la Escritura: «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes» (1 Pe. 5,5).

d) Procurarán extender y aumentar el conocimiento de las verdades de la fe, estudiando los dogmas católicos con todos los medios a su alcance (catecismo explicados, obras de formación religiosa, vida de los Santos, conferencias y sermones, etc.), aumentando con ello su cultura religiosa y extendiendo sus conocimientos a mayor número de verdades reveladas (crecimiento extensivo de la fe objetiva).

d) En cuanto al crecimiento de la fe subjetiva, procurarán fomentarlo con la repetición enérgica y frecuente de los actos de fe y con la práctica de las sapientísimas reglas para «sentir con la Iglesia» que da San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales. Repetirán con fervor la súplica de los apóstoles al divino Maestro: «Señor, auméntanos la fe» (Lc. 17,5).

La fe de las almas adelantadas:

Se preocuparán del incremento de esta virtud fundamental hasta conseguir que toda su vida esté conformada por un auténtico espíritu de fe, que las coloque en un plano estrictamente sobrenatural desde el que vean y juzguen todas las cosas: «iustus ex fide vivit» (Rom. 1,17). Para ello:

a) Hemos de ver a Dios a través del prisma de la fe, sin tener para nada en cuenta los vaivenes de nuestro sentimiento o de nuestras ideas. Dios es siempre el mismo, infinitamente bueno y misericordioso, sin que cambien su naturaleza los consuelos o arideces que experimentemos en la oración, las alabanzas o persecuciones de los que nos rodean, los sucesos prósperos o adversos de que se componga nuestra vida.

b) Hemos de procurar que nuestras ideas sobre los verdaderos valores de las cosas coincidan totalmente con las enseñanzas de la fe, a despecho de lo que el mundo pueda pensar o sentir. Y así hemos de estar íntimamente convencidos de que en orden a la vida eterna es mejor la pobreza, la mansedumbre, las lágrimas del arrepentimiento, el hambre y sed de perfección, la misericordia, la limpieza de corazón, la paz y el padecer persecución (Mt. 5,3-10), que las riquezas, la violencia, las risas, la venganza, los placeres de la carne y el dominio e imperio sobre todo el mundo.

Hemos de ver en el dolor cristiano una auténtica bendición de Dios, aunque el mundo no acierte a comprender estas cosas. debemos estar convencidos de que es mayor desgracia cometer a sabiendas un pecado venial que la pérdida de la salud y de la misma vida. Que vale más el bien sobrenatural de un solo individuo, la más insignificante participación de la gracia santificante, que el bien natural de todo el universo. Que la vida larga importa mucho menos que la vida santa; y que, por lo mismo, no hemos de renunciar a nuestra vida de mortificación y de penitencia, aunque estas austeridades acorten un poco el tiempo de nuestro destierro en este valle de lágrimas y miserias.

En fin: de ver y enjuiciar todas las cosas desde el punto de vista de Dios, a través del prisma de la fe, renunciando en absoluto a los criterios mundanos e incluso a los puntos de vista pura y simplemente humanos.

Sólo con la fe venceremos definitivamente al mundo:«Haec est victoria quaevincit mundum, fides nostra» (1 Jn. 5,4).

c) Este espíritu de fe intensamente vivido, será para nosotros una fuente de consuelos en los dolores y enfermedades corporales, en las amarguras y pruebas del alma, en la ingratitud o malquerencia de los hombres, en las pérdidas dolorosas de familiares y amigos. Nos hará ver que el sufrir pasa, pero el premio de haber sufrido bien no pasará jamás; que las cosas son tal como las ve Dios y no como se empeñan en verlas los hombres con su criterio mundano; que los que nos han precedido con el signo de la fe nos esperan en una vida mejor y que después de las incomodidades ¿y molestias de esta «noche en una mala posada»— ¿que eso es la vida del hombre sobre la tierra?

En la pregunta genial anteriormente citada por Santa Teresa —nos aguardan para siempre los resplandores eternos de la ciudad de los bienaventurados: «(prefacio de la misa de difuntos). ¡Cuánta fortaleza ponen en el alma estas luces divinas de la fe para soportar el dolor y hasta abrazarlo con alegría, sabiendo que las tribulaciones momentáneas y leves de esta vida nos preparan el peso abrumador de una sublime e incomparable gloria para toda la eternidad! (cf. 2 Cor. 4,17). 

Nada tiene de extraño que los apóstoles de Cristo—y en pos de ellos todos los mártires y fieles —, encendida en su alma la antorcha de la fe, caminaran impertérritos a las cárceles, suplicios y muertes afrentosas, gozosos de padecer aquellos ultrajes: por el nombre de Jesús (Hch 5,41). Esta es la verdadera Fe, escuchar la Palabra de Dios guardarla en la mente y en nuestro corazón, vivirla y ponerla por obra. 


+++ Bendiciones.


miércoles, 18 de diciembre de 2019

Catequesis II EL Verdadero Discernimiento de Espíritus

Jesus es tentado en el desierto

Continuando con el estudio del Verdadero Discernimiento de Espíritus, es necesario advertir que, Todo lo que procede de Dios en nuestra Alma y espíritu, nos deja paz Gozo y consolación. Todo lo que proviene del Maligno, nos deja angustia, e intranquilidad y no hay sosiego alguno. Por esto, cuando en alguna moción o consolación se advierten claramente las características del espíritu de Dios, no se puede concluir, sin más, que todos los demás movimientos antecedentes o subsiguientes son también divinos; puede ocurrir que antes o después de la iluminación divina se hayan introducido inconscientemente muchos movimientos puramente naturales o humanos que hayan difuminado no poco sus contornos divinos, haciéndoles perder su primitiva pureza.
                                          
De todas formas, para un atento examen y cuidadosa comparación recordemos las características generales y el origen de cada uno de los tres espíritus (divino, -humano o diabólico), en la mayoría de los casos nos proporcionara datos suficientes para poder hacer el discernimiento con garantías de acierto con una humildad y la fervorosa e invocación de las luces divinas del Espíritu Santo.

Veamos ahora cuáles son esas características y Señales de cada uno de los espíritus:

Señales de cada uno de los espíritus: Las principales características generales de cada uno de los tres espíritus mencionados con anterioridad. Al estudiar estos fenómenos místicos extraordinarios en los que el discernimiento se hace más difícil e indispensable, precisaremos con detalle las normas particulares que hayan de emplearse en cada caso.

Señales Del Espíritu de Dios: Siendo las potencias de nuestra alma (entendimiento y voluntad y la memoria); vamos a señalar separadamente las características que afectan al entendimiento y voluntad.

Señales Del Espíritu de Dios (Acerca del entendimiento): 


 Jesus  Consolado en el Getsemaní

1-La Verdad: Dios es la verdad infinita y no puede inspirar a un alma sino ideas verdaderas. Por consiguiente, si una persona que se dice o cree inspirada por Dios sostiene afirmaciones manifiestamente contrarias a la doctrina de la Iglesia o a verdades filosóficas indiscutibles, hay que concluir, sin más, que es una pobre víctima del demonio o de su propia imaginación. Dios no puede jamás inspirar el error. 

2- Gravedad y Certeza: Dios no inspira jamás cosas inútiles, infructuosas, impertinentes o frívolas. Cuando Él impulsa o mueve a un alma es siempre para asuntos serios e importantes. Tampoco suele dirimir con su autoridad divina las controversias y disputas teológicas entre las diversas escuelas católicas. 

3. Luz: Dios es luz y en El no hay tiniebla alguna (1 Juan 1,5). Sus inspiraciones traen siempre luz al alma. Aun en las pruebas tenebrosas (noche del sentido y del espíritu), impulsa a las almas a obrar con perfección aun desconociendo ellas mismas los motivos que tienen para ello. 

4.Docilidad:Reconociendo humildemente su ignorancia, las almas movidas por Dios aceptan con gozo y facilidad las instrucciones y consejos de su director o de otras personas espirituales. Esta obediencia, flexibilidad y sumisión es una de las más claras señales del espíritu de Dios; sobre todo si se la encuentra en un alma culta e instruida, por el mayor peligro que tienen estos tales de apegarse a su propio parecer. 

5- Discreción: El espíritu de Dios hace al alma discreta, juiciosa, prudente, recta y ponderada en todas sus acciones. Nada de precipitación, de ligereza, de exageraciones. Todo es serio, religioso, equilibrado, edificante, lleno de suavidad y de paz. 

6.-Pensamientos humildes: Es una de las notas más inconfundibles del espíritu de Dios. El Espíritu Santo llena siempre al alma de sentimientos de humildad y anonadamiento. Cuanto más sublimes son las comunicaciones de lo alto, más profundamente se inclina el alma hacia el abismo de su nada: «He aquí la esclava del Señor hágase en mi según tu palabra (Lc. 1,38).

Señales Del Espíritu de Dios (Acerca de La Voluntad):

1-La Paz: San Pablo habla varias veces del «Dios de la paz» (cf. Rom. 15,33; Filp. 4,9). Y Jesucristo la ofrece a sus apóstoles como marca inconfundible de su espíritu (Juan. 14,27). La Sagrada Escritura está llena de semejantes expresiones. Es ella uno de los frutos del Espíritu Santo (Gal. 5,22) y no falta nunca en las comunicaciones divinas. Después de recibidas en la oración, queda impresa en el alma una paz íntima, serena, sincera, profunda y estable. Gran señal del espíritu de Dios.

2. Humildad profunda y sincera: La humildad afecta al entendimiento dándole al hombre un juicio bajo de sí mismo, y a la voluntad, dándole la gozosa aceptación de su nada delante de Dios e impulsándole a tratarse en consecuencia. Es una de las más claras e inconfundibles señales del espíritu de Dios. El mismo Cristo nos asegura en el Evangelio que Dios oculta sus secretos a los que se estiman sabios y prudentes y los comunica amorosamente a los pequeños y humildes (Mt. 11,25).

Si falta la humildad, no es menester seguir examinando al alma para poder fallar, sin miedo a equivocarse, que no hay allí espíritu de Dios. Y tiene que tratarse de una humildad profunda y sincera; no afectada ni exterior, que tan fácilmente se presta a falsificaciones. Someta el director, si permanece en duda, a desprecios y humillaciones al alma que se cree iluminada por Dios y observe atentamente cómo reacciona ante ellas. Pero proceda siempre al mismo tiempo con suavidad y caridad para humillar sin abatir.

3. Confianza en Dios y desconfianza en sí mismo: Es la contrapartida de la humildad y su consecuencia obligada. No pudiendo contar consigo misma, el alma se lanza en brazos de Dios sabiendo que nada puede por sus propias fuerzas, pero todo lo puede con la ayuda divina: «todo lo puedo en aquel que me conforta» (Filp. 4,13).

4. Voluntad dócil y fácil en doblegarse y ceder: Esta flexibilidad explica el Padre Scaramelli consiste primeramente en cierta prontitud de la voluntad a rendirse a las inspiraciones y llamamientos de Dios: «Está escrito en los profetas: Serán todos enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. (Juan 6:45). Secundariamente consiste en una cierta facilidad en seguir los consejos de otros, sobre todo cuando son de los superiores, que están en lugar de Dios y le representan en su persona. De esta santa flexibilidad resulta en el alma cierta propensión a descubrir a los superiores espirituales todos los secretos de su corazón y una humilde sumisión para ejecutar prontamente sus órdenes, acompañada de repugnancia y temor a emprender ninguna cosa importante sin su consejo y aprobación. 

5-Rectitud de intención en el obrar: El alma busca en todas sus acciones únicamente la gloria de Dios y el cumplimiento perfecto de su divina voluntad, sin ningún interés humano ni mezcla de motivos de amor propio.

6- Paciencia en los dolores de alma y cuerpo: Llevar con paz y sosiego los dolores, penas y enfermedades; las persecuciones, calumnias y desprecios; la pérdida de la hacienda, de los parientes y amigos y otras cosas semejantes es gran señal del espíritu de Dios. Pero tiene que obedecer a motivos sobrenaturales para que sea señal inconfundible; que a veces se dan naturales fríos y estoicos, que nada les afecta ni impresiona por complexión e índole puramente natural.

7-Abnegación de sí mismo y mortificación de las inclinaciones internas: Es señal inconfundible dada por el mismo Cristo: «si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt. 16,24). El demonio y la propia naturaleza inspiran siempre comodidades y regalos.

8- Sinceridad, veracidad y sencillez en la conducta.: Son virtudes evangélicas que van siempre juntas y nunca faltan en las personas movidas por el espíritu de Dios.

9-Libertad de espíritu: Sin apego a nada, ni siquiera a los dones mismos de Dios. Aceptan con agradecimiento las consolaciones sensibles cuando el Señor se las da, aprovechándose de ellas para incrementar su fervor y abnegación; pero quedan tranquilas y en paz cuando el Señor se las retira, dejándolas en la aridez y sequedad. En este estado se esfuerzan en seguir adelante, cumpliendo puntualmente, a pesar de todas las repugnancias, todas las obligaciones y deberes de su estado con plácida calma y serenidad. Hacen sus oraciones, sus comuniones y penitencias y todos los demás ejercicios espirituales con gran puntualidad y fervor, pero los dejan con la misma facilidad cuando la caridad, la necesidad o la obediencia lo piden, sin el menor gesto de displicencia o mal humor. 

Gran deseo de imitar a Cristo en todo. Esta es la señal más clara, porque, como afirma San Pablo, no se puede tener el espíritu de Dios sin tener el espíritu de Jesucristo (Rom. 8,9), su divino Hijo, en el cual tiene puestas todas sus complacencias (Mt. 17,5). Por eso dice San Juan de la Cruz que el alma que aspire a santificarse ha de tener «un ordinario apetito de imitar a Cristo en todas sus cosas, conformándose con su vida, la cual debe considerar para saberla imitar y haberse en todas las cosas como nuestro Señor Jesucristo.» 

8.Una caridad mansa, benigna, desinteresada: Tal como la describe el Apóstol San Pablo (1 Cor. 13,4-7). San Agustín; la tenía por señal tan clara del espíritu de Dios, que llegó a escribir sin vacilar: «Ama con amor de caridad y haz lo que quieras; no errarás. Ya hables, ya calles, ya corrijas, hazlo todo con interno amor; no puede ser sino bueno lo que nace de la raíz de una íntima caridad».

Señales del Espíritu Diabólico:

Examinadas las características del espíritu de Dios, es fácil determinar las del espíritu de las tinieblas. Son, como es obvio, diametralmente opuestas y contrarias.  Por eso es fácil distinguirlas cuando se presentan de una manera descarada y manifiesta.  Pero es preciso tener en cuenta que el enemigo infernal se disfraza a veces de ángel de luz, y sugiere al principio buenas cosas para disimular por cierto tiempo sus arteras intenciones y asestar mejor la puñalada en el momento oportuno cuando el alma esté más desprevenida. Por eso hay que proceder con cautela, examinando los movimientos del alma en sus orígenes y derivaciones y no perdiendo nunca de vista que lo que empezó aparentemente bien puede acabar mal, sí no se corrigen y enderezan en el acto las desviaciones que empiecen a manifestarse. 

He aquí las señales manifiestas del espíritu diabólico:
Señales del Espíritu Diabólico (Acerca del entendimiento:" 

1-Espíritu de falsedad. A veces sugiere la mentira envuelta en otras verdades para ser más fácilmente creído.

2.Sugiere cosas inútiles, curiosas e impertinentes: Para hacer perder el tiempo en bagatelas, distrayendo y apartando de la devoción sólida y fructuosa. 

3. Tinieblas, angustias, inquietudes: Falsa luz en la sola imaginación, sin frutos espirituales. 

4.Espíritu protervo: “Obstinado en la maldad”, pertinaz. No da nunca el brazo a torcer. Gran señal. 

5.Indiscreciones continuas: Excita, por ejemplo, a los excesos de penitencia para provocar la soberbia o arruinar la salud ; no guarda el debido tiempo (sugiere alegrías el Viernes Santo o tristezas el día de Navidad), ni el debido lugar (grandes arrobamientos en público, jamás en secreto), ni las circunstancias de la persona (impulsando a los solitarios al apostolado, y a los apóstoles al retiro y soledad, etc.). Todo lo que vaya contra los deberes del propio estado viene del demonio o de la propia imaginación, jamás de Dios. 

 Señales del Espíritu Diabólico Acerca de la voluntad

1.La inquietud,turbación: Alboroto,Iracibilidad y zozobra en el alma. 

2.Soberbia o falsa humildad: en las palabras y no en las obras, o llenando al alma de turbación y alboroto, incapacitándola para el ejercicio de la virtud. Abatimiento de espíritu; Vanidad, y preferencia sobre sí mismo, antes que los demás, etc. 

3.Desesperación, desconfianza  y desaliento: Presunción, vana seguridad y optimismo irracional, atolondrado e irreflexivo. 

4.Desobediencia, obstinación: En no abrirse al director, penitencias de propio capricho dejando las obligatorias, dureza de corazón.

5.Fines torcidos: vanidad, complacencia propia, ganas de ser apreciado y tenido en mucho. 

6.Impaciencia en los trabajos y sufrimiento: Resentimiento pertinaz.

7.Desconcierto rebelión de las pasiones: Por motivos fútiles y causas desproporcionadas; ofuscación violenta de la razón; impulsos pertinaces de voluntad hacia el mal. 

8.Hipocresía, doblez, simulación: El demonio es el padre de la mentira, por tanto, el Alma presa presenta una falsa bondad escondida en ropajes de maldad. Falsa caridad, celo amargo, indiscreto, farisaico, que perturba la paz. Son los eternos reformistas, que ven siempre la paja en el ojo ajeno y nunca la viga en el suyo (Mt. 7,3). 

9. Apego a lo terreno: a los consuelos espirituales, buscándose siempre a sí mismo. Olvido de Cristo y de su imitación. 

La labor del director para con todas estas almas desgraciadas ha de consistir principalmente en tres cosas: 

+ Hacerles entender que son juguete del demonio y que es menester que se armen prontamente para defenderse contra él. 

+Sugerirles que se encomienden mucho a Dios y le pidan continuamente y de corazón la gracia eficaz para vencer los asaltos del espíritu de las tinieblas. 

+Que al sentir el asalto diabólico le rechacen rápidamente y con desprecio, haciendo actos contrarios a los que trataba de impulsarles. 

Señales del espíritu humano: 

Las señales del espíritu humano han sido maravillosamente expuestas por Tomás de Kempis en su incomparable Imitación de Cristo (Pag -111,54). Es preciso meditar despacio aquellas páginas admirables, en las que se establecen las diferencias entre los movimientos de la gracia y los de la naturaleza humana. vulnerada por el pecado. Esta última se inclina siempre a su propia comodidad, es amiga del placer y del regalo, tiene horror instintivo al sufrimiento en cualquiera de sus manifestaciones, se inclina siempre a las cosas que responden a su temperamento, a sus gustos y caprichos, a las satisfacciones del amor propio. No quiere oír hablar de humillaciones, de desprecio de sí mismo, de renunciamiento y mortificación. Juzga de ineptos e incomprensivos a los directores que traten de oponerse a sus caprichos y salta fácilmente por encima de sus consejos. 

La Naturaleza humana se inclina al placer. Busca la alegría, el éxito, los honores y aplausos. Quiere ser la protagonista de todo cuanto excite admiración, de lo exterior y espectacular, de lo que deleita y halaga. En una palabra: no entiende ni sabe de otra cosa que de las satisfacciones multiformes de su propio egoísmo.

En la práctica, muchas veces es difícil poder discernir con seguridad si alguno de estos movimientos torcidos proviene de la sugestión diabólica o del simple impulso de nuestra propia naturaleza, mal inclinada por el pecado. Pero es siempre relativamente fácil distinguir los movimientos de la gracia de cualquiera de estos otros dos, pues la distancia entre ellos es grandísima. En todo caso bastará poder determinar con precisión que aquel movimiento no puede ser de Dios para que se le combata y reprima, aunque no se sepa si viene de la propia naturaleza depravada o del impulso del espíritu de las tinieblas; para el caso es exactamente igual. 

Finalmente, los principales remedios contra el espíritu humano son la oración, la abnegación de sí mismo y la constante rectitud de intención en todas nuestras obras; no haciendo nada por satisfacer nuestros gustos y caprichos, sino únicamente por cumplir la voluntad de Dios y glorificarle con todas nuestras fuerzas. 

Señales de espíritu de Procrastinación: El Padre. Scaramelli dedica un capítulo muy interesante a examinar algunos indicios de espíritus de procrastinación, dudosos o inciertos . He aquí los principales: 

1.Aspirar a otro estado: Después de haber hecho la debida elección (cf. 1 Cor. 7,20). << Que permanezca cada cual tal como le halló la llamada de Dios>>. 

2. Tener afición a cosas raras: Las excentricidades, en el comer el beber y vestir desacostumbradas y singulares, que no son propias de su estado. Cuando Dios pide excepcionalmente estas cosas, deja sentir de manera inequívoca su divina voluntad por el conjunto de especialísimas circunstancias;
( ponerle a prueba en la obediencia, desapego y humildad). 

3. Anhelar Dones y cosas extraordinarias y Milagros:En el ejercicio de las virtudes, tales como ciertas «locuras santas» que realizaron algunos siervos de Dios por especial instinto del Espíritu Santo. 

4. Espíritu de grandes penitencias exteriores: Puede ser muy dudoso si Dios las ha pedido a algunos santos, pero no es ése el camino normal de su providencia. Hay que examinar muy despacio todo el conjunto de circunstancias. 

5. Espíritu de consolaciones espirituales sensibles: Es dudoso. Pueden ser de Dios, pero también del demonio o de la simple naturaleza. Por los frutos se las conocerá. 

6.Espíritu de consolaciones y deleites espirituales​ continuos:  Jamás interrumpidos, es mucho más dudoso. Los Santos Padres afirman que el espíritu de Dios va y viene; ya se manifiesta, ya se esconde y no obra siempre en el alma con un mismo tenor. 

7. Las lágrimas Frecuentes: Son también sospechosas, porque pueden provenir de Dios, del demonio o de la propia naturaleza. Hay que examinar los frutos que producen.

8. Grandes favores extraordinarios: (revelaciones, visiones, llagas, etc.) Junto con poca santidad interior son fuertemente dudosos. Porque, aunque esas gracias dadas no suponen necesariamente la santidad en el alma (ni siquiera el estado de gracia, como veremos en su lugar correspondiente). sin embargo, de ordinario no suele Dios concederlas sino a sus grandes siervos y amigos. 

Advertencias y consideraciones Finales: 

Como ya hemos dicho, a veces el espíritu bueno se junta con el malo o con el simplemente natural. Es menester obrar con gran cautela, separando lo precioso de lo vil. Hay que aplicar en cada caso las reglas del discernimiento y pedirle luces a Dios. 

+ En materia de visiones y revelaciones: El espíritu de Dios suele causar al principio temor y después consuelo y paz. El demonio, al revés: al principio produce consuelo sensible y después turbación y desasosiego. La razón es porque Dios obra directamente en nuestras facultades intelectuales (cosa que resulta extraña a nuestra manera habitual de conocer, a base de los fantasmas de la imaginación), y por eso causa temor, pero después se deja sentir el buen efecto de la acción divina. El demonio, al contrario: como no puede obrar directamente en el entendimiento—como explicamos en su lugar—, actúa sobre el apetito sensitivo, produciendo en él consuelo sensible; pero bien pronto se echan de ver sus efectos perniciosos. A veces también las sugestiones del demonio empiezan con turbación; pero entonces se conoce en que esa inquietud se prolonga hasta el medio y el fin. 

+ Muchas veces Dios inspira deseos cuya realización efectiva no quiere de nosotros, como cuando pidió al patriarca Abraham la inmolación de su hijo Isaac. Busca con ello la sumisión interior del alma, pero no su ejecución externa. Y así., los deseos de soledad y de aislarse por completo del mundo que pueda sentir un sacerdote entregado a la vida apostólica es posible que provengan de Dios; pero de esto no se sigue que deba abandonar sus actividades de apostolado e ingresar en Comunidad de Monjes Cartujos, por Ejemplo. Puede ser que, lo único que pretenda Dios sea empujarle al recogimiento interior y a una vida de ferviente oración en medio de sus ocupaciones actuales. 

+Debemos pues velar con Santo temor y temblor nuestros actos y las mociones de nuestro espíritu. Examinar nuestras conciencias y estados habituales de nuestra Potencias del Alma: como son la Voluntad la Razón y la Memoria. Nuestro espíritu y Naturaleza Humana debe estar gobernado por Las Luces del Espíritu Santo en nuestros racionamientos, la recta intención de nuestro corazón y la Razón deben tener total dominio de nuestras pasiones e inclinaciones desordenadas. En un espíritu dócil y humilde es Dios el que actúa por obra y gracia del Espíritu Santo y en total abandono y desapego de todo lo terreno y mundano; Exclama: 

<<Ya no soy yo es Cristo que vive en mi >> (Gal 2,20). 

+++ Bendiciones.