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jueves, 7 de febrero de 2019

EL Misterio del Templo en la Historia de la Salvación Catequesis I


Que deseables son tus moradas Señor de los ejércitos, mi alma se consume y anhela los atrios del Señor. Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida”. (Salmo 83 ,2; 27,4).

El misterio del Templo es el misterio de los diferentes modos de presencia, de habitación, de Dios en medio de los hombres. Pues el templo es esencialmente el “lugar” en el que el hombre puede encontrar a Dios y relacionarse de manera especial con Él, para darle gracias, suplicar su perdón, pedirle su ayuda, ofrecerle su Adoración.

La idea del templo es una idea profundamente humana, que encontramos plasmada en todas las religiones y en todas las culturas. En esta catequesis queremos meditar sobre este misterio a la luz de la Revelación; queremos contemplar lo que Dios ha revelado al respecto a lo largo de la historia de la salvación, considerando los diferentes modos en que Dios nos ha propuesto su Presencia en medio de nosotros en el transcurso de esta historia. 

En este sentido, como vamos a ver, la Revelación bíblica está articulada sobre una paradoja: por un lado se contesta la posibilidad de un templo, se la declara innecesaria e incluso imposible, y sin embargo se da paso y legitimidad a la construcción del templo de Jerusalén, aunque dicha construcción va acompañada de una misteriosa promesa que acabará haciendo superflua la existencia de ese mismo templo.(cf.1R8,27) ; Pero, ¿morará verdaderamente Dios sobre la tierra? He aquí, los cielos y los cielos de los cielos no te pueden contener, cuánto menos esta casa que yo he edificado. Así dice el Señor: El cielo es mi trono y la tierra el estrado de mis pies. ¿Dónde, pues, está la casa que podríais edificarme? ¿Dónde está el lugar de mi reposo? Todo esto lo hizo mi mano, y así todas estas cosas llegaron a ser—declara el Señor. Pero a éste miraré: al que es humilde y contrito de espíritu, y que tiembla ante mi palabra. (Isa 66:1-2)

¿Es entonces posible que Dios habite en un lugar?

La dedicación del Templo en una iglesia es la consagración de un lugar como lugar de la presencia de Dios, como lugar en el que Dios, de algún modo, habita, mora. Es, por lo tanto, reconocer y constituir ese lugar como “templo”. Al reflexionar sobre ello, la primera cuestión que se nos plantea es la de preguntarnos si tiene sentido creer que Dios, que ha creado el universo entero, que es su Señor absoluto y que es soberanamente libre, se va a comprometer a estar especialmente presente en un lugar.

En todas las religiones el templo representa el lugar en el que Dios se hace presente de modo especial, para recibir el culto de sus fieles y dispensar sus favores. Es un lugar que se convierte en sagrado por la presencia de la divinidad. El templo es el lugar de la presencia invisible de Dios, es la casa de Dios, el lugar en el que habita para siempre. Tal es la pretensión que el creyente tiene en relación al templo: que sea siempre un lugar en el que mora la divinidad y se hace alcanzable para el hombre.

La Biblia, sin embargo, matiza esta pretensión humana enseñando que Dios no puede estar “encerrado” en el templo –“porque los cielos y los cielos de los cielos no te pueden contener” (1Re 8,27)- y que cuando el creyente ora en el templo Dios lo escucha desde el cielo, que es el lugar donde Él reside (1Re 8,30). El Deuteronomio precisa que sólo el Nombre de Dios habita en el templo, el Nombre que expresa y representa la persona (Dt 12, 5.11). 

Por lo tanto, la presencia de Dios en el templo es un don que no se ejerce de manera mágica y que Dios puede retirar si el pueblo es infiel. De hecho, los profetas lucharon mucho para que la adhesión de los israelitas al templo no se transformara en una creencia supersticiosa en la eficacia casi mágica de la presencia de Dios, como si Dios estuviese obligado a defender el templo a cualquier precio (Jr 7,4), incluso si el pueblo no practica la ley, o si el culto que se celebra en él es superficial (Is 1,11-17) o incluso idolátrico (Ez 8,7-18). Como las advertencias de los profetas no consiguieron evitar esos graves defectos, Dios, para salvar el sentido auténtico del culto, permitió la destrucción del templo por manos de Nabucodonosor (2Re 25,8-17).

Al contemplar la historia de la salvación observamos que, ya desde los tiempos de los Patriarcas, Dios se hace presente en la vida de los hombres cuando Él quiere y cómo Él quiere, casi siempre de un modo inesperado y desconcertante, como cuando Abraham estaba sentado a la puerta de su tienda, en el encinar de Mambré, en el momento más caluroso del día (Gn 18,1ss), o cuando Jacob, que iba huyendo de la cólera de su hermano Esaú, se echó a dormir en un descampado, tomando una piedra como cabezal, y tuvo un sueño en el que vio una escalera que unía el cielo y la tierra, por la que subían y bajaban los ángeles de Dios y en cuya cima estaba el Señor que le hablaba (Gn 28,10-22). Jacob ante este Sueño al despertar de su sueño dijo: Así pues, esta Yahvé en este lugar y no lo Sabía, se levanta de madrugada y tomando la piedra que se había puesto como cabezal la erigió como una estela y derramo aceite sobre ella y la llamo Betel Ciudad de la Luz (cf Gn 28 1,6 17,18,19).

En todos estos casos siempre la iniciativa de hacerse presente es exclusiva de Dios: nada ni nadie puede “obligar a Dios” a hacerse presente, sino que es siempre Él, con su libertad soberana, quien decide hacerse presente de una determinada manera y en un determinado lugar. Sin embargo, el Dios que es soberanamente libre, se muestra también abierto y receptivo hacia las iniciativas de los hombres con los que Él ha hecho alianza. Es de ese modo como aparecen, en la historia del pueblo de Israel, realidades tan importantes como la monarquía o el templo, a pesar de que la primera reacción de Dios ante ellas es de rechazo o de crítica severa, o por lo menos de expresión de serias reservas al respecto. Así, por ejemplo, cuando Abimelec fue proclamado rey, su hermano Jotan, desde la cumbre del monte Garizim, proclamó un apólogo en el que se criticaba terriblemente la realeza (Jc 9,7-21).

Más adelante, el pueblo le pide a Samuel que les dé un rey, el Señor, sorprendentemente, le dice a Samuel que les haga caso “porque no te han rechazado a ti, me han rechazado a mí, para que no reine sobre ellos” (1S 8,7). cuando el rey David concibe el proyecto de construir el templo, la primera palabra que le dirige Dios a través del profeta Natán es como de reserva: “¿Me vas a edificar tú una casa para que yo habite? (…) ¿he dicho acaso a uno de los jueces de Israel (…): ¿por qué no me edificáis una casa de cedro?” (2S 7,1-17), aunque después acepta que sea Salomón, el hijo y sucesor de David, quien le construya el templo. De modo que, en la relación de Dios con su pueblo, Dios lleva siempre la iniciativa, pero se muestra receptivo hacia las iniciativas de los hombres, hacia sus deseos de poder encontrarle y estar con Él.

El Templo Cósmico:


El primer Templo Cósmico consiste en la creación, es decir, en la presencia de Dios en las cosas a fin de que, simplemente, sean. Pues las cosas, por el simple hecho de existir, de ser y de ser tales o cuales, representan un reflejo lejano de una u otra perfección de Dios, quien las realiza todas en forma eminente y con una absoluta simplicidad.

Para que existan los seres distintos de Dios es necesaria la intervención de la potencia creadora de Dios. De suerte que Dios está presente en todas las cosas por su potencia y según una semejanza, un parentesco, lejanos, aunque reales. Podríamos decir que se trata de una “presencia distante”. sin embargo, la causalidad de Dios, que hace existir todas las cosas, al ser Dios mismo, entraña la presencia de la Esencia divina que no puede dejar de henchir con su Presencia, desde que existe su creación, ese mundo al que ha dado el ser y con respecto al cual continúa siendo transcendente.

Todo el cosmos es, por consiguiente, un templo de Dios, aunque lo ignora. Dios le está presente por su potencia y su Esencia sin habitarlo personalmente, valga la expresión: algo así como un artista está en su obra, y sin embargo no habita en ella ni está en ella; como puede habitar en su hogar y estar en él con su esposa y sus hijos.

De modo que el universo es, en efecto, el primer “templo” que Dios ha ofrecido a los hombres para que le puedan encontrar. Pues el universo ha sido creado por Dios, y refleja la sabiduría, la belleza y la verdad divina. La Iglesia, en efecto, ha comprendido siempre que la creación del mundo es la primera manifestación ad extra del amor divino. Por eso dice la Sagrada Escritura que “de la grandeza y de la hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor” (Sb 13,5). Afirmación que hace propia san Pablo al inicio de la carta a los Romanos: “Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad (Rm 1, 20).

El mundo no es, por lo tanto, un objeto neutro, sino que incorpora la palabra del Creador, del mismo modo que una obra de arte “da cuerpo” a la palabra interior del artista. Las cosas llevan el sello de la Sabiduría divina: son “palabras de Dios” que invitan al hombre a entablar un diálogo con Él. La belleza misma de la creación es un don de Dios, su éxtasis hacia nosotros, el ofrecimiento de una relación. Hay que mirar el universo con respeto, con un temor reverencial semejante al que tenemos al acercarnos a la obra de un gran artista, pues sabemos que en ella se ha impreso el genio de una persona. Esta actitud reverencial es el inicio del verdadero conocimiento.

En el origen de la humanidad, la creación entera, saliendo de las manos de Dios, es santa; el paraíso terrestre es la naturaleza en estado de gracia. La casa de Dios es todo el cosmos y así lo percibían Adán y Eva antes del pecado. En el estado paradisíaco todo era percibido en la mirada de Dios y en ella el universo es una realidad “sacramental”, un “soporte de la Presencia” (de Dios); posee un carácter de dote nupcial que Dios regala a la humanidad; las cosas son, así, transparencia del Amor.

Este modo de presencia de Dios, este templo que es el cosmos, no es un elemento específicamente cristiano sino común a toda la humanidad de todos los tiempos. Es verdad que la Biblia no habla excesivamente o, en todo caso, no habla nunca como de cosa aparte, de la Presencia de Dios en su creación en cuanto tal, o del templo de la naturaleza. No obstante, hace de ello frecuentes alusiones y esta certeza permanece como el presupuesto de todas las libres iniciativas mediante las cuales realiza Dios una presencia verdaderamente personal entre los hombres. De tales iniciativas nos habla la Biblia y nos va descubriendo sus etapas hasta un final que aguardamos todavía en la esperanza.

Pero todo ello no es obstáculo para que la creación entera siga constituyendo para todos los hombres –también para nosotros, los cristianos- la presencia de lo sagrado en su forma elemental, que es la intuición oscura de una presencia divina en el silencio de la noche, en la oscuridad de los bosques, en la inmensidad del desierto, en la chispa del genio, en la pureza del amor. Todos estos elementos sagrados no tienen sentido más que remitidos a una Presencia personal, escondida y a la vez revelada por ellos, que despierta en nosotros el temor religioso, la conciencia de que, estando en la creación, no estamos en primer lugar en nuestra casa, sino en la casa de Otro, en la casa de Dios.

El pecado de Adán alterará la mirada del hombre sobre las cosas, ocultando la modalidad paradisíaca del universo, su ser-templo de Dios. No la destruirá, pero al salirse el hombre de la mirada de Dios, ya no será capaz de ver la secreta Presencia que habita el ser del mundo; la mirada del hombre, degradada por el pecado, ya no será capaz de percibir los seres en su transparencia y los “cosificará” haciéndolos “opacos”, a su mirada olvidando que, en su realidad más profunda, son “palabras de la Palabra de Dios.

¿Cómo reencontrar la armonía perdida? ¿Cómo reconciliarnos con los seres? 

La creación es inocente, no tiene culpa de nada. Las criaturas son santas. Es la mirada del hombre la que ha cambiado a causa del pecado. Es necesario que yo reencuentre la pureza de mi mirada: entonces las criaturas volverán a ser mensajes luminosos. “Dios es Luz sin tiniebla alguna. Si decimos que estamos en comunión con él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos la verdad” (1Jn 1,6). Cristo es la luz de Dios que ha venido al mundo, tal como él mismo dijo: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12). La Iglesia, que es el lugar donde resplandece Cristo, tiene que ser, por lo tanto, el lugar donde se proclama la verdad en toda su plenitud. Por eso el obispo, al iluminar la iglesia en su Dedicacion y Consagracion, suplica: “Brille en la Iglesia la luz de Cristo para que todos los hombres lleguen a la plenitud de la verdad”.

El templo en su materialidad, es decir, el edificio, es una imagen del misterio de la Iglesia: “Este edificio hace vislumbrar el misterio de la Iglesia (…) Es la Iglesia feliz, la morada de Dios con los hombres (…) Es la Iglesia excelsa (…) en la cual brilla perenne la antorcha del Cordero”. Con estas palabras la Iglesia se describe a sí misma como el lugar en el cual resplandece la luz de Cristo.

La Iglesia es, como dice san Pablo, “la casa de Dios, que es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad” (1 Tm 3,15). Ella no es Dios, ni es la Verdad, pero sí que es la “casa”, la “columna” sobre la que resplandece la luz de la Verdad, y por eso ella es “feliz” y “excelsa”. “Feliz”, porque Cristo, que está presente en ella, es el único que sacia por completo los anhelos (de Verdad, de Bien y de Belleza) que hay en el corazón humano. “Excelsa” porque con la luz de la presencia de Cristo, descubrimos y entramos en un nivel ontológico superior, en algo que es mucho más de lo que, analizando nuestras expectativas, podríamos esperar, algo que Pablo enuncia hablando de “lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que lo aman” y que a nosotros nos lo ha revelado por medio del Espíritu que “lo sondea todo, hasta las profundidades de Dios” (1Co 2,9-10). La “excelsitud” que nos revela la iglesia es el hecho de que, en Cristo, estamos llamados a ser “partícipes de la naturaleza divina” (2P 1,4), es decir, el misterio de la divinización del hombre.


+++Bendiciones

miércoles, 16 de enero de 2019

Tratado Sobre La Gracia y la Justificación


Que la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo, sean con todos vosotros. (Cf 2Co 13:13).

Para comprender los frutos de la gracia y la Justificación y los efectos que imprimen en el Alma en el hombre interior; en primer lugar, vamos a reflexionar sobre los escritos de San Buenaventura en su magnífica obra del Doctor de la Iglesia que nos habla en sus tratados de << La Unión entre lo Divino y lo Humano>>. 

A partir de la de la Obra trinitaria según la Concepción del Reino de Dios y su Justicia dada por San Buenaventura, las tres cualidades del Reino de Dios son: La Gloria, La Belleza y la Felicidad. De las tres divinas personas dimanan el Esplendor de la Gloria del Padre, La Pureza y Sabiduría del Hijo y la Benevolencia y dulzura del Espíritu Santo. 

El espíritu Santo es el vínculo de Caridad perfectísima del Padre y del Hijo que, por su obra y Gracia, proviene el Don infundido por Dios que Finalmente purifica a el Alma la perfecciona, la vivifica, la Transforma, Eleva y la une con Dios en un solo Acto puro de Amor. 

La Gracia, antes de la Caída de Adán y Eva: 

Ningún hombre es digno de acceder al sumo Bien que es Dios; si no es movido por la gracia que trasciende los limites propios de su naturaleza a menos que Dios en su condescendía y bondad infinita lo eleve a la beatitud Eterna y gloriosa de su Reino. 

Adán y Eva fueron creados sin debilidad, por tanto, fueron creados para ser capaces de contemplar y adorar a Dios, en el principio en ellos no existía La ignorancia, la malicia, la enfermedad y la muerte. Adán y Eva creados por Dios a su imagen y semejanza, reflejaban la Luz que es comparada con la gracia en el Alma de nuestros primeros Padres; sus facultades y potencias del Alma: (La Razón, la Voluntad y la memoria), estaban iluminadas en una perfecta Armonía y orden por el Influjo divino de la Gracia que era la Luz misma. 

La Gracia, después de la caída la Caída de Adán y Eva: 

Antes de la caída el hombre poseía una naturaleza perfecta revestida de la gracia Divina por esto resulta claro que, Adan en un acto libre y voluntario se precipito y se replegó sobre sí mismo y prefirió satisfacer los deseos y apetitos de su voluntad tomando el “Fruto prohibido” para sí mismo, privándose de la gracia con la que fue creado rompiendo el orden y la armonía establecida por Dios, deseo más a las creaturas que a su Creador. 

La desnudez del Cuerpo refleja también la Desnudez del Alma, es por esta razón que Adán y Eva se “les abrieron los Ojos” (Gen 3,7) y perdieron el dominio sobre las todas las creaturas y sobre si mismos la armonía entre Adán y Eva, se vio fracturada y las tensiones por la pérdida de la gracia se hicieron manifiestos. 

En realidad, la falta y pecado cometido por la desobediencia, según San buenaventura no les agrego nada a Adán y Eva, si no que los los privo corrompió su Alma de la gracia Santificante; porque todo aquello que ocupa el lugar donde mora Dios es idolatría. Por este principio San Agustín al definir el origen y la naturaleza del Mal define que el <<Mal es la Ausencia del Bien. 

Hermanos,” la luz y las Tinieblas no coexisten, donde Brilla la Luz no hay oscuridad y donde no hay luz todo es oscuridad”. Podríamos deducir razonablemente que lo Santo y lo profano no se pueden mezclar. Mas solo Dios en su soberanía infinita puede <<crear de un mal un bien mayor>>. (Confesiones San Agustín). 

El Amor Divino que procede del Padre y del Hijo imprime un carácter en el Alma de donación y promesa hecha por Jesús antes de su pasión y que ha de ser cumplida a plenitud después de su Resurrección, Según los escritos de San Buenaventura, Jesucristo promete enviar el Espíritu Santo a sus discípulos por estas tres razones fundamentales:

1- Razón de Carácter psicológico: En primer lugar, el Espíritu Santo es la presencia de Dios entre nosotros, presencia que obedece a un deseo de la voluntad y la libertad Divina, ello representa para el hombre una Consolación. 

2- Razón Cristológica: En segundo lugar, el carácter sublime de la naturaleza gloriosa de cristo su Espíritu Santo es un don triunfante, el don de la resurrección libera al hombre y lo hace capaz de recibir sus gracias, por ello la pascua de Cristo es un acontecimiento de Reconciliación que restaura la paz entre Dios y el hombre y el Testigo de este hecho es el Espíritu Santo. 

3- Razón Salvífica: En tercer lugar, por la obra y la gracia del Espíritu Santo el hombre se reconcilia con Dios, El hombre fue creado el día sexto para entrar en su reposo al día Séptimo que Dios Bendice y Santifica (Gen 1,31;2,2). Sin embargo, el hombre se aparto de la Luz verdadera para dirigirse hacia un deseo desordenado que lo enceguece y lo sumerge en las tinieblas y le impide “ver” el esplendor y la gracia con la que fue creado en su estado original. 

En resumen, por estas razones la gracia es la perfecta santidad de Jesucristo que vuelve al hombre capaz de recibir el influjo divino, por el cual la naturaleza humana entra en comunión y de plenitud con la naturaleza divina, donde brotan los dones del Espíritu Santo entre los fieles y el cuerpo místico de Jesucristo que es la Iglesia que tiene a Jesucristo por Cabeza Sumo y Eterno Sacerdote.

Tipos de Gracia: 
San buenaventura, para hablar de la perfección del alma contemplativa y los tipos de gracia recurre a la bella imagen apocalíptica de las doce puertas de la ciudad Jerusalen, (tres en cada uno de los puntos cardinales. Apoc 21,13),veamos en el cuadro siguiente la recapitulación de los tipos de gracia en la obra esencial del Espíritu Santo.

Tipos de Gracia
Efectos  en el Alma
Puerta
1-Gracia Bautismal
Donde el Alma es regenarada y nace  espititual.
 Oriente
2-Gracia Penitencial
Por ella el hombre sale del crepúsculo.
Occidente
3-Gracia de la Perseverancia
Donde el hombre se fortifica contra los males y las tribulaciones.
Norte
4-Gracia de la Sabiduría
Ilumina el hombre para que conozca el libro de la naturaleza, de las Sagradas Escrituras y la gracia.

 Sur

1-La Gracia Bautismal:La gracia Bautismal es necesaria para participar en el Reino de los Cielos, porque el mismo Señor Jesucristo lo afirmo en el evangelio de (Juan 2, 5),” Nadie que no nazca del agua y del Espíritu podrá entrar en el Reino de Dios”. El pecado de nuestros primeros padres hizo de nosotros hijos de la cólera, tal como lo confirma (Cf Ef. 2,3) y por lo tanto hijos de la indignación y de la perdición; sin embargo, el Bautismo nos devuelve la inocencia primera perdida por el pecado original.

Así pues, las puertas de los cielos cerradas por el pecado se abren y restituyen el don y la gracia perdidos por el pecado de Adán y Eva. Es en verdad justo y necesario que habiendo recibido el Sacramento del Bautismo el hombre preserve en su alma la Gracia Bautismal, por la Fe en la suprema verdad, por el amor de la suprema bondad y por la imitación de su suprema virtud. Porque sin la Fe es imposible agradar a Dios (Hb 11,6). En efecto aquel que no puede ver y contemplar la verdad no podrá tampoco ver el Reino de Dios que es Gozo y Verdad. Para entra en la verdad hay que creer en ella (Is 7,9). 

El amor a la suprema bondad, es Jesucristo que es el poder y la sabiduría de Dios donde se hayan escondidos los tesoros de la Sabiduría y de la ciencia; a fin de que unidos a Él y fortalecidos los corazones alcancemos las riquezas de la plena inteligencia. 

La imitación de la suprema Virtud, la alcanzamos al hacer la voluntad de Dios, al cumplir sus santos mandamientos por los sagrados méritos y virtudes de nuestro Señor Jesucristo en: Su Nacimiento, Pasión, Muerte, Resurrección y Ascención a los cielos; que son la fuente del amor, el medio y el fin y principio de todas las cosas, así en cielo como en la tierra. 

2-La Gracia Penitencial: La gracia penitencial es necesaria para entrar en el Reino de los Cielos y solo en la contrición y arrepentimiento justo y necesario de la pena por haber desobedecido los mandamientos dados por Dios. Alcanzamos La gracia penitencial por medio de la negación de sí mismos; haciéndonos violencia así mismos. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el Reino de los cielos es forzado, y los violentos se hacen con él. (Cf Mat 11:12); es decir la Santa violencia de la que enseña Jesús es la que conquistan el Reino de Dios al precio de las mas duras renuncias; en contraposición de la equivocada violencia de los que querían establecer el Reino por las armas (los Celotas) y de la tiranía de las potencias demoniacas y sus secuaces que intentan imponer por la fuerza el imperio de este mundo y obstaculizar el establecimiento del Reino de Dios y su Justicia. 

La gracia penitencial ayuda al hombre para alzarse sobre su propio orgullo y soberbia que engendra, la envidia y la envidia la muerte. El Soberbio no obedece, ni reconoce a Dios, ni maestro, no quiere someterse a nadie. El orgulloso es vanidoso y envidioso lleno de diversos apetitos inmoderados que inevitablemente lo dejan insatisfecho y triste. 

Jesucristo obedeció hasta la muerte en la cruz y Dios lo exalto y le dio un Nombre sobre todo nombre (Fil 2,8,9); Seguir y vivir la obediencia de nuestro señor Jesucristo al Padre, es la actitud que debe guiar al hombre en su camino para buscar el Reino de Dios; como decía el profeta (Isaías 55,6). <<Buscad al Señor porque él se deja encontrar>>. 

El Apóstol Santiago nos enseña y exhorta con la Sabiduría que viene de Dios que solo los humildes alcanzan la Gracia penitencial, Dando cumplimiento a lo dichos por Jesucristo (Cf Mt 5,3) << Bienaventurados los humildes porque ellos heredaran el Reino de los Cielos>>; (Cf Lc 14,11) <<Porque todo aquel que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado>>: 

¡Adúlteros!, ¿no sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Cualquiera, pues, que desee ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios. ¿Pensáis que la Escritura dice en vano: ¿Tiene deseos ardientes el espíritu que él ha hecho habitar en nosotros? Más aún, da una gracia mayor; por eso dice: Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo y él huirá de vosotros. Acercaos a Dios y él se acercará a vosotros. Limpiad, pecadores, las manos; purificad los corazones, hombres irresolutos. Lamentad vuestra miseria, entristeceos y llorad. Que vuestra risa se cambie en llanto y vuestra alegría en tristeza. Humillaos ante el Señor y él os ensalzará. (Stg 4:4-10). 

3-Gracia de la Perseverancia: Esta gracia dada por Dios a los hombres, entraña la practica asidua de las virtudes de la paciencia y la esperanza, frutos del Espíritu Santo en las pruebas y en las tribulaciones. San pablo nos ilustra doctrina segura y eficaz en la Carta a los Romanos veamos: 

Más aún; nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado(Rm 5:3-5). 

La paciencia y esperanza en las tribulaciones y pruebas son pasos obligados para ejercitar estas virtudes. La paciencia le permite al hombre resistir las tentaciones del Maligno que lo seducen para alcanzar la victoria y la Gracia de la perseverancia Final. 

Para tener parte en el Reino de Dios es necesaria la perseverancia y esperanza indefectibles, << porque si Sufrimos con El, con El viviremos, si sufrimos con El, con el Reinaremos. (Cf 2Tim 2, 11,12). Sufrir con cristo es aceptar nuestras propias Cruces y Seguirlo y perseverar en la práctica del bien. Es conveniente pues perseverar en el bien ante toda prueba y sufrimiento. Es la voluntad de Dios que nos adhiramos hacer el bien y no en la obstinación en el mal que lleva a la condenación eterna.

4-Gracia de la Sabiduría : En Jesucristo nuestro Señor habita toda la plenitud de la sabiduría que Ilumina a el hombre para que conozca el libro de la naturaleza, de las Sagradas Escrituras y la gracia. La eternidad del Reino del Padre es un fruto de la obra redentora del Hijo; Jesucristo es el Libro de la vida, El es libro de la Sabiduría puesto que el verbo encarnado irradia la inteligencia de los ángeles y los Bienaventurados. 

La fuente de vida y de la luz inspirada por Dios es Jesucristo<< el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, llevada a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas. >> (Heb 1:3). Sin esta la luz fundamental que nace de lo alto e ilumina toda oscuridad, el hombre viviría en sombras y en tinieblas de muerte. 

San buenaventura, en el parágrafo 13 del Sermón Regno Dei; nos ilustra en su tratado las Cualidades del Reino de Dios: Así el Reino de Dios es grande por la magnificencia de la gloria del Padre, bello por la Sabiduría del Hijo y delicioso por la dulzura, la benevolencia y gracia del Espíritu Santo. El Don de la Sabiduría Divina es una gracia que actúa e ilumina la Razón, nos mueve a la Contemplación, purifica nuestro entendimiento y nuestro corazón, para Adorar a Dios en Espíritu y Verdad.


+++ Bendiciones

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Jesucristo Rey, El Príncipe de la Paz


Porque un Niño nos ha nacido, un Hijo nos ha sido dado, que lleva el imperio sobre sus hombros. Se llamará Maravilloso, consejero, Dios poderoso, Padre de la eternidad, Príncipe de la paz (Isaías, 9,6).

La Navidad es la salida de Dios de su trono de los Cielos; Navidad es la llegada de Dios a la tierra a buscarnos y traernos la Paz. Para comprender el significado profundo de la Paz en el sentido espiritual, es necesario estudiar la raíz de esta palabra en sus diferentes transliteraciones en el lenguaje: hebreo, griego y el latín.

La "Paz" y Su Terminología en la Biblia

El tema bíblico de la paz es muy rico y muy complejo, mientras que la terminología que lo expresa es más bien pobre, aunque cubre un área semántica muy vasta y diferenciada. El mismo nombre hebreo shalom asume en los textos un alcance que trasciende en varios aspectos, sobre todo en los aspectos religiosos, el de los nombres correspondientes en las literaturas clásicas. Las versiones bíblicas, al asumir estos otros vocablos, cargan la noción de "paz" de nuevos matices, ampliamente presentes en nuestras lenguas; veamos pues a continuación sus significados:

En Hebrero: שָׁלוים shalóm: seguro, (figurativamente), bien, feliz, amistoso; también significa bienestar, salud, prosperidad, paz: amigo, bien, bueno, completo, dichoso, pacíficamente, pacífico, pasto delicado, paz, propicio, prosperidad, salvo, victorioso.

En griego (airén,). εἰρηνεύω (eirēneuō): Vivir en paz, comportarse de una manera que promueva la armonía, tiempo en que no hay guerra.

En latín pax, pacís: Paz; gracia, benevolencia (implorada de los dioses); pace tea, con tu permiso; pacificar, someter.

La Paz, Felicidad Perfecta:
La primera observación que se ha de hacer en este sentido, que está basado en tres aspectos de la paz, es que los tres nombres y significados de shalóm, airén y pax, considerados en su sentido etimológico original, ponen de relieve tres aspectos de la realidad "paz", que, ya presentes en el AT hebreo, explicitados sucesivamente en la versión griega y en el NT y recogidos luego por la reflexión eclesial cristiana, iluminan desde tres puntos de vista característicos, connaturales, respectivamente, a la mentalidad hebrea, griega y latina, de acuerdo a la realidad a la que se refieren y la totalidad íntegra del bienestar objetivo y subjetivo (shalóm), la condición propia del estado y del tiempo en que no hay guerra (eiréné) y la certeza basada en los acuerdos estipulados y aceptados (pax).

Se trata de una observación que, en el estudio comparativo de las versiones bíblicas antiguas, se demuestra que puede aplicarse con fruto a la profundización de numerosos temas pensemos en: [ / "ley", / "justicia", / "santidad", "penitencia" /Reconciliación]. El hombre ansía la paz desde lo más profundo de su ser. Pero a veces ignora la naturaleza del bien que tan ansiosamente anhela, y los caminos que sigue para alcanzarlo no son siempre los caminos de Dios. Por eso debe aprender de la historia sagrada en qué consiste la búsqueda de la verdadera paz y oír proclamar por Dios en Jesucristo el don de esta verdadera paz.

 Para apreciar en su pleno valor la realidad designada por la palabra paz, hay que percibir el significado latente en la expresión semítica de paz y aún en su concepción más espiritual, contenida en la Biblia desde el Libro del Génesis hasta el Apocalipsis.

En el AT. La alianza antes de referirse a las relaciones de los hombres con Dios, pertenece a la experiencia social de los hombres. Éstos se ligan entre sí con pactos y contratos. Acuerdos entre grupos o individuos iguales que quieren prestarse ayuda: son las alianzas de paz (Gen 14,13; 21,22ss; 26,28; 31,43ss; 1Re 5,26; 15,19).  las alianzas de hermanos (Am 1,9), los pactos de amistad (1 Sa 23,18), e incluso el matrimonio (Mal 2,14). Tratados desiguales, en que el poderoso promete su protección al débil, mientras que éste se compromete a servirle: el antiguo Oriente practicaba corrientemente estos pactos de vasallaje, y la historia bíblica ofrece diversos ejemplos de ellos (Jos 9,11-15; 1Sa 11,1; 2Sa 3,12 ss.).

 En estos casos el inferior puede solicitar la alianza; pero el poderoso la otorga según su beneplácito y dicta sus condiciones (cf. Ez 17,13s). “La conclusión del pacto se hace según un ritual consagrado por el uso. Las partes se comprometen con juramento. Se cortan animales en dos y se pasa por entre los trozos pronunciando imprecaciones contra los eventuales transgresores” (cf. Gen 34,18). Finalmente, se establece un memorial: se planta un árbol o se erige una piedra, que en adelante serán los testigos del pacto. (Gen 21,33; 31,48ss). Tal es la experiencia fundamental, a partir de la cual Israel se representó sus relaciones con Dios.

1. Paz y bienestar. La palabra hebrea shalóm se deriva de una raíz que, según sus empleos, designa el hecho de hallarse intacto, completo (Job 9,4), por ejemplo, acabar una casa (1Re 9,25), o el acto de restablecer las cosas en su prístino estado, en su integridad, por ejemplo, "apaciguar" a un acreedor (Éx 21,34), cumplir un voto (Sal 50,14). Por tanto, la paz bíblica no es sólo el "pacto" que permite una vida tranquila, ni el "tiempo de paz" por oposición al "tiempo de guerra" (Ecl 3,8; Ap 6,4); designa el bienestar de la existencia cotidiana, el estado del hombre que vive en armonía con la naturaleza, consigo mismo, con Dios; concretamente, es: *bendición, *reposo, *gloria, *riqueza, *salvación, *vida.

2. Paz y felicidad. "Tener buena salud" y "estar en paz" son dos expresiones paralelas (Sal 38,4); para preguntar cómo está uno, si se halla bien, se dice: "¿Está en paz?" (2Sa 18,32; Gén 43,27); Abraham, que murió en una vejez dichosa y saciado de días (Gén 25,8), partió en paz (Gén 15,15; cf. Lc 2,29). En sentido más alto la paz es la seguridad. Israel no tiene ya que temer a enemigos gracias a Josué, el vencedor (Jos 21,44; 23,1), a David (2Sa 7,1), a Salomón (1Re 5, 4; Eclo 47,13).  Finalmente, la paz es concordia en una vida fraterna: mi familia, mi amigo, es "el hombre de mi paz" (Sal 41,10; Jer 20,10); es confianza mutua, con frecuencia sancionada por una alianza (Núm 25,12; Eclo 45,24) o por un tratado de buena vecindad (Jos 9,15; Jue 4,17; 1Re 5,26; Lc 14,32; Hch 12,20).

3. Paz y "salud". Todos estos bienes, materiales y espirituales, están comprendidos en el saludo, en el deseo de paz (el salamalec de los árabes) con el que en el AT y en el NT se saluda, se dice "buenos días" o "adiós) ya en la conversación (Gén 26,29; 2Sa 18,29), ya por carta (Dan 3, 98; Flm 3). Ahora bien, si se debe desear la paz o informarse sobre las disposiciones pacíficas del visitante (2Re 9,18), es que la paz es un estado que se ha de conquistar o defender; es victoria sobre algún enemigo. Gedeón o Ajab esperan regresar en paz, es decir, vencedores de la guerra (Jue 8,9; 1Re 22,27s); asimismo se desea el éxito de una exploración (Jue 18,5s), el triunfo sobre la esterilidad de Ana (1Sa 1,17), la curación de las heridas (Jer 6.14; Is 57,18s); finalmente, se ofrecen "sacrificios pacíficos" (salutaris hostia), que significan la comunión entre Dios y el hombre (Lev 3,1).

 El Príncipe de la paz: Dios prometió la salvación eterna, la bienaventuranza y la compañía de los ángeles sin fin, la herencia imperecedera, la gloria y la Paz eterna, y como la consecuencia de Resurrección, la ausencia total del miedo a la muerte.

Pero no bastó a Dios indicarnos el camino. Por medio de su Hijo quiso que Él mismo fuera el camino, para que, bajo su dirección, tú caminaras por él, por tanto, el Hijo de Dios tenía que venir a los hombres, tenía que hacerse hombre, y en su condición de hombre tenía que morir, resucitar, subir al Cielo, sentarse a la derecha del Padre, y cumplir todas las promesas en favor de las naciones.

Bajo las apariencias de Jesús como un niño cualquiera, oculta los destellos de su Divinidad, pero es el mismo Dios que creó cielos y tierra con su poder, el mismo que entre truenos y relámpagos dio su Ley a Moisés en el Monte Sinaí, el mismo Dios que castigó con las formidables plagas al faraón de Egipto y a su pueblo, el mismo Dios que partió en dos el Mar Rojo y luego lo unió para aplastar en sus aguas a los perseguidores de Israel.

Este Dios sublime de majestad increíble es el mismo Niño de Belén, y en Navidad comienza su aventura de buscarme por los caminos del mal por los que me he extraviado hasta hallarme, cargarme sobre sus hombros y llevarme al seguro redil o aprisco del Reino de los Cielos, por eso la Navidad es la primera y más bella página de mi historia particular en el camino de la salvación.

El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los habitantes de la tierra de sombras de muerte resplandeció una luz. De este modo ha querido Dios hacer brillar a los ojos de los hombres la gloria del real Niño que ha nacido hoy; así ha dispuesto de cuando en cuando, a través de los siglos, esos ilustres aniversarios de la Natividad que da gloria a Dios y paz a los hombres. Los siglos venideros podrán decir cómo se reserva aún el Altísimo derecho de glorificar en este día su nombre y el de su Emmanuel.

Nombres magníficos, que designan al Mesías a la par que encierran la más alta Teología. Él es la irradiación de su gloria y la impronta de su substancia, y quien sostiene todas las cosas con la palabra de su poder. Dios poderoso: Cf. el nombre de Cristo en el Apocalipsis: Rey de los reyes y Señor de los señores. (Apo 19,26) Príncipe de la paz, puesto que Cristo ha establecido una nueva Alianza entre Dios y los hombres. (Col 2,13 ss.).

 El profeta Miqueas (5, 5), contemporáneo de Isaías, dice del Mesías:  «Éste será la paz», es decir, la paz encarnada y personificada, no solamente un príncipe pacífico que se abstiene de la guerra. Paz es sinónimo de seguridad y tranquilidad, y, por decirlo así, el conjunto de todo lo que la humanidad caída necesita para librarse de los males. Para los profetas la paz es la característica del Reinado de Cristo.

La Paz, es un Don de Dios: El don de la paz requiere la supresión del pecado y por tanto un castigo previo. Jeremías acusa: "Curan superficialmente la llaga de mi pueblo diciendo: ¡Paz! ¡Paz! Y, sin embargo, no hay paz" (Jer 6,14). en pleno estado de pecado osan proclamar una paz durable (Jer 14,13). Ezequiel clama: ¡Basta de revoques! La pared tiene que caer (Ez 13,15s).

Si la paz es fruto y signo de la justicia, ¿cómo, pues, están en paz los impíos (Sal 73,3)? La respuesta a esta pregunta acuciante se dará a lo largo de la historia sagrada: “Para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos.” (Mat 5:45). La paz, concebida en primer lugar como felicidad terrenal, aparece como un bien cada vez más espiritual por razón de su fuente celestial.

La esperanza de los profetas y de los sabios se hace realidad concedida en Jesucristo, pues el pecado es vencido en él y por él; pero en tanto que no muera el pecado en todo hombre, en tanto que no venga el Señor el último día, la paz sigue siendo un bien venidero; el mensaje profético conserva, pues, su valor: "el fruto de la justicia se siembra en la paz por los que practican la paz" (Sant 3,18; cf. Is 32,17). Tal es el mensaje que proclama el NT, de Lucas a Juan, pasando por Pablo.

En la boca del Rey pacífico los votos de paz terrena se convierten en un anuncio de salvación: como buen judío, dice Jesús: "¡Vete en paz!", pero con esta palabra devuelve la salud a la hemorroísa (Lc 8,48 p), perdona los pecados a la pecadora arrepentida (Lc 7,50), marcando así su victoria sobre el poder de la enfermedad y del pecado. Como él, los discípulos ofrecen a las ciudades, junto con su saludo de paz, la salvación en Jesús (Lc 10,5-9).

Sin embargo, Aquel que vino a establecer la paz entre Dios y la humanidad caída, dijo más tarde: No creáis que he venido a traer la paz sobre la tierra. No he venido a traer paz, sino espada. Pero esta salvación viene a trastornar la paz de este mundo: "¿Pensáis que he venido a traer la paz a la tierra? No, sino la división" (Lc 12.51).

La verdad es como una espada. No puede transigir con las conveniencias del mundo. Por eso los verdaderos discípulos de Jesucristo serán siempre perseguidos. El Señor no envía a sus elegidos para las glorias del mundo sino para las persecuciones, tal como Él mismo ha sido enviado por su Padre.

Al venir Jesucristo sobre la tierra y confiarle Dios su misión, la finalidad era la salvación de los Pueblos de todos los siglos. El Divino Maestro lo dijo: Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos. ¿Qué era el mundo al momento de nacer Jesucristo? Todas las naciones y pueblos, eran víctimas del error, la impiedad y la inmoralidad del paganismo. En una palabra: el género humano era víctima del pecado y por él se hallaba perdido.

Esta capacidad y este poder, único entre las creaturas, Jesús-Hombre lo posee en sí mismo. Toma en sí mismo la totalidad del pecado del género humano y lo repara; y le da al hombre la capacidad de adorar dignamente, de reparar dignamente, de dar gracias y pedir dignamente. La justicia queda satisfecha y el mundo salvo. Los pueblos se prosternan ante el Rey de los Pueblos Y de la gran luz sobrenatural que comenzó a resplandecer en Belén muy pocos rayos brillan aún sobre las leyes, las costumbres, las instituciones y la cultura. Mientras tanto crece sorprendentemente el número de los que se rehúsan con obstinación a oír la palabra de Dios.

La liturgia tradicional de la Iglesia está llena de referencias a la paz:

En el Supremo Discurso de Nuestro Señor Jesucristo, la noche del Jueves Santo, Él les dijo a sus apóstoles: Os dejo la paz, mi paz os doy ;no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde (Jan 14,127). A la tarde de ese mismo día, el primero de la semana, y estando, por miedo a los judíos, cerradas las puertas donde se encontraban los discípulos, vino Jesús y, de pie en medio de ellos, les dijo: ¡Paz a vosotros!

 En el Rito Romano tradicional, justo antes del Agnus Dei, el celebrante dice, mientras cruza tres veces el cáliz con la Hostia (quebrantada), «Que la paz + del Señor + esté siempre + contigo». Luego, deja caer un pequeño pedazo de la Hostia en el Cáliz, que une las dos especies, como en una especie de resurrección mística, ora por la paz en el Agnus Dei (Cordero de Dios … concédenos la paz), ofreciendo inmediatamente esta oración como una de las tres oraciones preparatorias de la Santa Comunión: Señor Jesucristo, que dijiste a los apóstoles «Mi paz os dejo, mi paz os doy no mires nuestros pecados sino la fe de tu Iglesia y conforme a tu Palabra concédenos paz y la unidad Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos, amén».

Ese Niño, que adoramos reverentes y causa la admiración misteriosa a los que no lo conocen sino de nombre, es, sí, el Príncipe de la Paz, que trajo a la tierra, en la suavidad de su persona, todo el bien, todo el amor capaz de tornar felices al universo entero.

Pero esa Paz está condicionada a una sola cosa: los hombres y las naciones deben someterse a su Ley y a su Evangelio. He ahí la Paz que el Señor Niño vino a traer a la Tierra. Paz para cuya implantación deben abrazar todos naciones e individuos con su docilidad a la Ley Divina. Sólo estos –los hombres de real buena voluntad– gozarán de la Paz que la Navidad trajo a los hombres en la Tierra. Fuera de esto, toda admiración por el Niño Dios, no pasa de ser una impiedad, más o menos consciente, más o menos inconsciente. Y para los impíos no existe la paz; porque ellos no entran en el descanso que Dios concede a los Justos. Ojalá que las desgracias que los años acumulan sobre pueblos y naciones los conviertan al Dios único y verdadero y la unidad de la Fe torne perenne realidad las alegrías de la Santa Navidad.

¿Quién podrá pues salvar al mundo de los males actuales? Solamente Jesucristo, por la aplicación de los méritos de su Nacimiento, Pasión y Muerte y resurrección; tanto a las naciones como a los individuos. Sólo cuando se haya quitado la causa de todo mal que es el pecado. Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos.(1Co 15:28) ; podremos vivir la paz estable, perfecta y duradera: paz en la familia que es la primera célula de la sociedad: paz en la patria, entre las naciones, en el mundo entero: paz en la sociedad civil y paz en la Iglesia para que los dos poderes, el civil y el religioso, conduzcan a los hombres a la prosperidad temporal y a la felicidad eterna.

Que la Reina de la Paz, a quien invocamos en las letanías lauretanas, inspire pensamientos de paz a los que gobiernan, y haga que la justicia y la caridad florezcan en las almas, en las familias y en la sociedad, según la alabanza al Niño de la multitud del ejército del Cielo.

¡Gloria Dios en las alturas, y en la tierra paz entre hombres de la buena voluntad!!


+++ Bendiciones

sábado, 22 de diciembre de 2018

Meditación del Adviento y La Natividad


En cuanto a ti, Belén Efratá,la menor entre los clanes de Judá, de ti sacaré al que ha de ser el gobernador de Israel; sus orígenes son antiguos, desde tiempos remotos.(Miq 5:1). 

Los cristianos no celebramos fechas, celebramos hechos. Nosotros nos alegramos y celebramos el hecho de Aquel que no cabe en el universo quiso nacer de una virgen en este pequeño planeta del inmenso universo para reconciliar al hombre con su Creador. 

Tengamos presente siempre que lo importante de una celebración fijada por la Iglesia no es la fecha en sí misma, lo relevante es el acontecimiento que celebramos en esa fecha. En el caso de las celebraciones tradicionales del nacimiento de Jesús, estas comienzan entre la noche del 24 y la madrugada del 25 de diciembre (Nochebuena y Navidad). Los enemigos de Jesús y de la Iglesia critican estas celebraciones y hay quienes quisieran desaparecerlas del mapa mundial de festividades. Quieren borrar a Jesús de cualquier manera sustituyéndolo en muchos lugares del mundo por la figura de “Santa Claus”, prohibiendo además la celebración de su nacimiento en muchas partes del mundo, obligando a muchos creyentes a hacer solo alusiones “neutras” a dichas fiestas para evitar ser penalizados. 

Vivir el tiempo de adviento y la Navidad es un hecho que trasciende más allá del bullicio y de las “Luces”, que deslumbran a muchos y confunden y embotan sus mentes con el afán de comprar los regalos la Navidad la han convertido en una fiesta mundana que está bajo el poder y ataque tremendo del Maligno en estos últimos tiempos. Santa Claus ha tomado el lugar del Niño Jesús y el centro comercial ha tomado el lugar del templo. 

El Maravilloso tiempo de adviento y navidad es el momento indicado para encontrar el camino de una verdadera conversión, Celebrar la Navidad es realmente nacer de nuevo en la Fe, la Esperanza y la Caridad, en Espíritu y en Verdad. Para que toda Colina de nuestro orgullo sea abajada y todos los valles de sombra, muerte y soberbia de nuestra Alma se han colmados de gracia y humildad. 

La Voz que grita en el desierto árido y seco del corazón de cada hombre, que está sumergido en el odio y la desesperanza, sin amor e indiferencia absoluta por Dios y por su prójimo; se alza y contrapone la Voz de Dios que es la Palabra misma, en boca de sus Santos Profetas que anunciaron, proclamaron la promesa de la venida del Mecías. En la Plenitud de los tiempos la promesa de este sagrado Misterio preparado durante siglos tuvo su cumplimiento en la encarnación de la Bienaventurada Virgen María y en el nacimiento de su adorado Niño Jesús, el Hijo de Dios, Altísimo por quien se Vive. 

El Enmanuel, el Dios con nosotros, que mora y habita en medio de nosotros y en nosotros, El Eterno Yhave, El Santo de los Santos, que no podía ser ni siquiera pronunciado y nombrado se hizo hombre y su Palabra que existía desde el principio y era la luz verdadera de la vida, brilló en las tinieblas e Ilumina hoy al mundo, pero los hijos e hijas del hombre no la reconocen y no la reciben (Cf Jn 1, 9,11). Más el que recibe y adora la palabra hecha luz y profesia, será llamado Hijo de Dios; en su caminar errante en este mundo, lampara es su Palabra que guía el Sendero, al encuentro para adorar y contemplar el Dios encarnado. Del esplendor de su alumbramiento estalla la gloria, el Gozo, la alabanza y alegría en el cielo y en la tierra. <<Nos ha nacido un Salvador>>. 

En La fuente de la Vida que es Jesús, nace una nueva creación, una nueva alianza y eterna: << Lo digo y lo hago, Oráculo del Señor>>. El verbo, la palabra hecha carne inaugura un tiempo nuevo, el tiempo de las promesas ya llego ya está aquí, la esperanza y fidelidad de los Justos durante Siglos, la Gracia el Don, en se unen en un solo Acto de amor, que es consumado en el Vientre de la Virgen María, Es La unión sin confusión entre lo Divino y lo Humano sin separación, sin mancha, sin defecto. 

El Nacimiento del Hijo de Dios y su resplandor brilla y colma de gracia y verdad a todos los desterrados hijos de Eva, Por que el Sol que no conoce ocaso es Verdadero Dios y Verdadero Hombre. El hombre que yacía en sombras de muerte que ocultaba y escondía su rostro ante Dios viene a adorar y a contemplar al que ha venido a Salvar y Visitar a su Pueblo. La promesa hecha por Dios a Abraham y a la Casa de David, nos recuerda la Santa Alianza y la misericordia, la Paz y la Justicia que Jesús Vino a traer al Mundo por los Méritos de sus sufrimientos de su encarnación, pasión, muerte y resurrección y ascensión a los Cielos. 

San Buenaventura, Doctor de la Iglesia nos enseña que en los sagrados Misterios de la encarnación de Jesús; El Hijo de Dios, Vino de los estados Superiores a los estados inferiores para llevarnos a los estados Superiores, es decir bajo del Cielo, se abajo, se anonado y se “Vacío” de sí mismo, no hizo alarde de su categoría de Dios paso, como un hombre cualquiera, entrego su vida por el perdón de nuestros pecados para llevarnos al Cielo.


La adoración de los sagrados Misterios de la Encarnación de acuerdo al magnifico tratado de San Buenaventura, lo podemos conocer por los Frutos de la Vida pasión y muerte de nuestro señor Jesucristo para la salvación de los Hombres; se revelan al Contemplarlos en en las Sagradas escrituras o en un humilde pesebre.

Los misterios de su origen y el esplendor su condición humana y Divinidad, se manifiestan en la sublimidad de su poder escondido en la plenitud de su bondad y humanidad, Jesús es engendrado por Dios y no es creado y toda la escritura del Antiguo y Nuevo testamento nos hablan de la Venida del Mecías, enviado del cielo y nacido de María. La humildad de Jesús se revela y manifiesta en su (Kenosis) que traducido del griego significa<< se vacío de sí mismo>>; se despojó de su Gloria y Majestad y se sometió a la Ley.

Ahora bien, con la venida de Jesús y el reino de Dios y su justicia, todo lo visible e invisible es recreado de nuevo . Jesús es la fuente de la vida y la fuente de la sabiduría que ilumina a los ángeles y bienaventurados, la fuente de la vida, es la fuente de todo bien así en el cielo, como en la tierra. todo existe por El, con y El y en El. Nada subsiste si no por el hijo porque todo fue sometido sobre sus pies. porque Dios Padre es por quien son creadas todas las cosas, El Hijo es por el cual fueron creadas todas las cosas y en el Espíritu santo es por quien existen todas las cosas.

La obra de la Santísima Trinidad Padre, Hijo y Espíritu Santo se revela y manifiesta a los hombres de buena voluntad que aman y glorifican al Señor su Dios. Toda la verdad bondad belleza, Radianza y Armonía dimanan al contemplar la vida oculta de nuestro señor Jesucristo desde su nacimiento, en la desnudez en un pesebre Belén; hasta su muerte desnudo en la Cruz en las afueras de Jerusalén, estos hechos  revelan que solo en la simplicidad suprema y sacrificio perfecto; se alcanza en la mayor pobreza y humildad; El Rey del universo sea hace pobre, para que por su pobreza los “pobres lleguen a ser Ricos” y alcancen la vida eterna.

Todos los caminos que conducen para contemplar la gloria de Dios son Misericordia y verdad, la Misericordia al enviarnos su hijo como al Salvador para la remisión de nuestros pecados y la Justicia en el juicio Final. ¿A que se parece el Reino de los Cielos? (Mateo 18,23,35), “El Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso hacer rendir cuentas a sus Servidores “. La misericordia y la justicia no se contradicen, van de la mano, estos atributos de Dios se cumplen en la misericordia, al perdonar nuestras deudas y pecados y en su Justicia al castigar al ingrato en su segunda Venida. .! Maranatha! , Sí, vengo pronto.» ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! .(Cf.Apo 22,20).

Hermanos, los invito a meditar este bello Salmo y a ofrendar a nuestro Salvador: El oro de nuestra Fe, el Incienso de nuestra oración y adoración y la mirra de nuestro arrepentimiento más profundo por haberle ofendido.

Salmo 84 ,10,14

Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos
y a los que se convierten de corazón».

La salvación está ya cerca de sus fieles,
y la gloria habitará en nuestra tierra;
la misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;

la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo;
el Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.

La justicia marchará ante él,
la salvación seguirá sus pasos.


+++ Bendiciones, Feliz Navidad….


miércoles, 28 de noviembre de 2018

EL Verdadero Sentido del Sufrimiento


Si aceptamos de Dios el bien, ¿no aceptaremos el mal? (Job 2, 10).

“Quaerebam unde malum et non erat exitus" ("Buscaba el Origen del mal y no encontraba solución") dice San Agustín (Confesiones. 7,7.11).
San Agustín en su propia búsqueda dolorosa sólo encontró la salida en su conversión al Dios vivo y verdadero. Porque "el misterio de la iniquidad" (2Ts 2:7) sólo se esclarece a la luz del "misterio de la piedad" (1Ti 3:16). 

A la luz de las Sagradas Escrituras y el tesoro guardado por el Magisterio y la Doctrina de la iglesia católica; trataremos de profundizar cuál es el verdadero sentido del sufrimiento del mal moral y físico de la Humanidad a través de los tiempos. Dios es infinitamente bueno y todas sus obras son buenas. Sin embargo, nadie escapa a la experiencia del sufrimiento, de los males en la naturaleza que aparecen como ligados a los límites propios de las criaturas, y sobre todo a la cuestión del mal moral y físico. Entonces ¿de dónde viene el mal?

Para comprender este misterio, debemos recordar que, como consecuencia del pecado original, la naturaleza humana quedó debilitada en sus fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la muerte, e inclinada al pecado (inclinación llamada "concupiscencia"). En efecto, el bautismo, dando la vida a la gracia de Cristo, borra el pecado original y devuelve el hombre a Dios, pero las consecuencias para la naturaleza, debilitada e inclinada al mal, persisten en el hombre y lo llaman al combate espiritual.

El hombre del Antiguo Testamento, vive la enfermedad de cara a Dios. Ante Dios se lamenta, por su enfermedad (cf. Sal 38) y de él, que es el Señor de la vida y de la muerte, implora la curación (cf. Sal_6:3; Is 38). 

La enfermedad se convierte en camino de conversión (cf Sal_38:5; Sal_39:9.12) y el perdón de Dios inaugura la curación (cf Sal_32:5; Sal_107:20; Mar 2:5-12). Israel experimenta que la enfermedad, de una manera misteriosa, se vincula al pecado y al mal; y  la fidelidad a Dios, según su Ley, devuelve la vida: "Yo, el Señor, soy el que te sana" (Éxo15:26).

El profeta Isaías comprende que el sufrimiento puede tener también un sentido redentor por los pecados de los demás (cf Isa_53:11). Finalmente, Isaías anuncia que Dios hará venir un tiempo para Sion en que perdonará toda falta y curará toda enfermedad (cf Isa_33:24).

Sin embargo, "caminamos en la fe y no en la visión" (2Co_5:7), y conocemos a Dios "como en un espejo, de una manera confusa, e imperfecta" (1Co_13:12). Nuestra fe es vivida con frecuencia en la oscuridad y la fe puede ser puesta a prueba. El mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos asegura; las experiencias del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de la muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación.

Volvernos y seguir el camino hacia los testigos de la fe: como nuestro Padre Abraham, que creyó, "esperando contra toda esperanza" (Rom_4:18); la Virgen María que, en "la peregrinación de la fe", llegó hasta la "noche de la fe", participando en el sufrimiento de su Hijo y en la noche de su sepulcro; y en tantos otros testigos de la fe: también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con Fortaleza a la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, quien es el que inicia y consuma la fe" (Heb_12:1-2).

La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud. Toda enfermedad puede enseñarnos a comprender la muerte.

Nuestro Papa Emérito Benedicto XVI, En su Mensaje urbi et orbi, 8 de abril de 2007. Hoy nos exhorta: << Sólo un Dios que nos ama hasta cargar con nuestras heridas y nuestro dolor, sobre todo el dolor inocente, es digno de fe.>>

El dolor, el mal, las injusticias, la muerte, especialmente cuando afectan a los inocentes —por ejemplo, los niños víctimas de la guerra y del terrorismo, de las enfermedades y del hambre—, ¿no someten quizás nuestra fe a dura prueba? No obstante, justo en estos casos, la incredulidad de Santo Tomás apóstol nos resulta paradójicamente útil y preciosa, porque nos ayuda a purificar toda concepción falsa de Dios y nos lleva a descubrir su rostro auténtico: el rostro de un Dios que, en Cristo, ha cargado con las llagas de la humanidad herida.

Tomás ha recibido del Señor y, a su vez, ha transmitido a la Iglesia el don de una fe probada por la pasión y muerte de Jesús, y confirmada por el encuentro con el resucitado. Una fe que estaba casi muerta y ha renacido gracias al contacto con las llagas de Cristo, con las heridas que el Resucitado no ha escondido, sino que ha mostrado y sigue indicándonos en las penas y los sufrimientos de cada ser humano. […] Estas llagas que Cristo ha contraído por nuestro amor nos ayudan a entender quién es Dios y a repetir también: “Señor mío y Dios mío”.

Igualmente, para el presente Estudio y reflexión en cuestión, San Juan Pablo II. Magistralmente enseña:
<<Los inocentes encuentran consuelo en la cruz de Cristo Desde que Cristo escogió la cruz y murió en el Gólgota>>, todos los que sufren, particularmente los que sufren sin culpa, pueden encontrarse con el rostro del “Santo que sufre”, y hallar en su pasión la verdad total sobre el sufrimiento, su sentido pleno, su importancia. A la luz de esta verdad, todos los que sufren pueden sentirse llamados a participar en la obra de la redención realizada por medio de la cruz.

Participar en la cruz de Cristo quiere decir creer en la potencia salvífica del sacrificio que todo creyente puede ofrecer junto al Redentor. Entonces el sufrimiento se libera de la sombra del absurdo, que parece recubrirlo, y adquiere una dimensión profunda (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 6-7, 9 de noviembre de 1988).

<<Podemos tratar de limitar el sufrimiento, luchar contra él, pero no podemos suprimirlo>>: Benedicto XVI. afirma en su (Encíclica Spe salvi, n. 26, 30 de noviembre de 2007). El sufrimiento forma parte de la existencia humana. Es cierto que debemos hacer todo lo posible para superar el sufrimiento, pero extirparlo del mundo por completo no está en nuestras manos, simplemente porque no podemos desprendernos de nuestra limitación, y porque ninguno de nosotros es capaz de eliminar el poder del mal, de la culpa, que —lo vemos— es una fuente continua de sufrimiento. Esto sólo podría hacerlo Dios: y sólo un Dios que, haciéndose hombre, entrase personalmente en la historia y sufriese en ella. 

Nosotros sabemos que Dios existe y que, por tanto, su Hijo, el cordero de Dios, es el que “quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29). Está presente en el mundo y es el único capaz de vencer el mal. Las llagas de Cristo nos hacen ver los males con esperanza, los enfermos y personas que sufren, a través de las llagas de Cristo es como nosotros podemos ver, con ojos de esperanza, todos los males que afligen a la humanidad. Al resucitar, el Señor no eliminó el sufrimiento ni el mal del mundo, sino que los venció de raíz. […] San Bernardo afirma: “Dios no puede padecer, pero puede compadecer”. Dios, es la Verdad y el Amor en persona, quiso sufrir por nosotros y con nosotros; se hizo hombre para poder compadecer con el hombre, de modo real, en carne y sangre.

+ ¿No es pues lógico aceptar los sufrimientos? :
<<Si aceptamos de Dios el bien, ¿no aceptaremos el mal? (Job 2, 10)>>. Tomar la cruz es obligación de quien quiere seguir a Jesús: <<Si alguno quiere venir en los de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. (Mc 8, 34.).

San Pedro en su primera Carta dice: <<los sufrimientos de Cristo son fuente de alegría, no os extrañéis del fuego que ha prendido en medio de vosotros para probaros, como si os sucediera algo extraño, sino alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria>>. (1 Pd 4, 12-13).

San Pablo también lo confirma en la Carta a los Romanos: <<la gloria futura compensará todo dolor Estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros>>. (Rm 8, 18).



La redención realizada por Cristo al precio de la pasión y muerte de cruz es un acontecimiento decisivo y determinante en la historia de la humanidad, no sólo porque cumple el supremo designio divino de justicia y misericordia, sino también porque revela a la conciencia del hombre un nuevo significado del sufrimiento […].

La cruz de Cristo ―la pasión― arroja una luz completamente nueva sobre este problema, dando otro sentido al sufrimiento humano en general. […] Todo sufrimiento humano, unido al de Cristo, completa “lo que falta a las tribulaciones de Cristo en la persona que sufre, en favor de su Cuerpo” (cf. Col 1, 24): el Cuerpo es la Iglesia como comunidad salvífica universal. (Juan Pablo II. Audiencia general, n. 1-2, 9 de noviembre de 1988).

+ Una Respuesta personal del hombre a Dios en el Sufrimiento:

A medida que el hombre toma su cruz, uniéndose espiritualmente a la cruz de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del sufrimiento. 

San Juan Pablo II. En su carta apostólica (Salvifici doloris); nos confirma en el verdadero Sentido del Sufrimiento como doctrina Segura e ilumina la oscuridad en que vivimos; los padecimientos y sufrimientos en este mundo. Reflexionemos algunos apartes de su Carta en mención:

<<El hombre no descubre este sentido a nivel humano, sino a nivel del sufrimiento de Cristo. Pero al mismo tiempo, de este nivel de Cristo aquel sentido salvífico del sufrimiento desciende al nivel humano y se hace, en cierto modo, su respuesta personal. Entonces el hombre encuentra en su sufrimiento la paz interior e incluso la alegría espiritual. (Juan Pablo II. Carta Apostólica Salvifici doloris, n. 26, 11 de febrero de 1984).>>.

De la Patrística como Fuente inagotable de Sabiduría que viene de Dios; San Juan Crisóstomo nos ilustra, que en el Sufrimiento encontramos el verdadero remedio contra el orgullo, fuerza de Dios en los hombres débiles. El sufrimiento en la vida presente es un remedio contra el orgullo y contra la vanagloria y la ambición. Gracias a el sufrimiento resplandece la fuerza de Dios en hombres débiles, que sin la gracia de Dios no podrían soportar sus aflicciones. Por él se manifiesta la paciencia de los justos perseguidos. Por él se ve impulsado el justo a desear la vida eterna. (San Juan Crisóstomo. Consolaciones ad Stagir, L. III, citado por Réginald Garrigou-Lagrange, La vida eterna y la profundidad del alma, cap. VI).

+No hay santidad sin cruz: Como Doctrina Segura en el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2015). Agrega una enseñanza Solida en cuestión: El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cf. 2 Tm 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas. 

Hermanos en cristo. La Cruz es el único sacrificio de Cristo "único mediador entre Dios y los hombres" (1Ti_2:5). Pero, porque en su Persona divina encarnada, "se ha unido en cierto modo con todo hombre él "ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual"(Gaudium Spes 22, 2,5). 

Jesús llama a sus discípulos a "tomar su cruz y a seguirle" ( Mat 16:24) porque él "sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas"(1P 2, 21). Él quiere en efecto asociar a su sacrificio redentor a aquéllos mismos que son sus primeros beneficiarios (cf. Mar_10:39; Jua_21:18-19). Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor (cf. Luc2:35).

Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo (Sta. Rosa de Lima).



+++ Bendiciones.